El Señor DeMill…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


El Señor DeMill, en Los Enredos de Anatolio. —Con estruendoso éxito se estrenó días atrás esta cinta. El anuncio de que doce estrellas habían sumado y puesto sus fuerzas al servicio de Cecil B. De Mille, director de la obra, hacía pregustar ya de antemano las bellezas del film. La comedia, pues, fue recibida con una satisfacción a la que diversos factores no son ajenos: los hombros de Wanda Hawley (excepcionalmente desnudos en esta fresca rubia); las poses habituales de Gloria Swanson, y la propaganda de su propio director, priman eficazmente entre aquellos. 

Veamos ahora la obra. El error de De Mille, esta vez, consistió en reunir a doce estrellas para la ejecución de una modesta comedia donde solo se precisaban dos. Apenas hay en Los enredos de Anatolio dos personajes en sostenida función: Gloria y Wallace Reid. Los otros diez son episódicos, con actuación reducidísima, si se exceptúa acaso a Wanda. Siendo los demás personajes episódicos, que no aparecen sino en breves escenas, el señor De Mille ha malgastado el nombre de seis o siete excelentes actores, capaces, todos y cada uno de ellos, de un magnífico papel... donde este papel existe. No es este el caso de la obra en cuestión. Agnes Ayres, Elliot Dexter, Teodoro Roberts, Monte Blue, podrían haber sido perfectamente reemplazados por cualquier mediano actor. De Mille, por razones internas de studio, prefirió poner al servicio de una ligera comedia un suntuoso conjunto de estrellas que, faltas de espacio, no han podido brillar. Solo una obra de envergadura tan vasta que exija diez o doce figuras centrales, larga y perfectamente individualizadas, puede darse el lujo de exigir de un director de la nombradía de De Mille, el desgaste de una docena de astros. 

En Macho y hembra, el mismo De Mille recurrió al procedimiento, con feliz éxito. Pero de la obra citada a la que se acaba de estrenar va larga diferencia. No podía haberse encontrado para Macho y hembra un intérprete mejor que Tomás Meighan. En Los enredos de Anatolio, en cambio, cualquier figura del cine hubiera triunfado pasablemente, donde Wallace no ha sabido qué hacer. Pero esta reserva atañe al señor De Mille, según lo veremos otro día. 

Madame X. —Una pieza concebida para el teatro puede, si el mismo autor añade las escenas complementarias y escribe él mismo las leyendas, pasar a la pantalla y ser una obra de arte. Si el autor no interviene en este traspaso de escenario, o un director poco avisado pone en él sus manos, entonces el drama, exhibido como film, es fatalmente una pobre cosa. 

No quiere esto decir que la pieza Madame X, en el caso carezca de interés, y aun que deje de apasionar a buen número de espectadores. Las obras de cierto teatro, sabido es, están edificadas sobre la garantía de grandes conflictos psicológicos. Lo que dicen los personajes cuenta muy poco en tales obras. El efecto teatral de esos conflictos lo absorbe todo: tal esa cariñosísima madre de mundo caída en los bajos fondos al serle arrebatado su tierno infante, y al cual, dieciocho años más tarde, le toca defender de oficio, en un juicio criminal, a una vieja cocainómana acusada de asesinato: su propia madre. 

Ciertamente, los efectos psicológicos son todos de buena ley en arte, aun los más forzados; y el que sirve de eje a Madame X, no es ni con mucho extraordinario. Pero no es menos cierto que el manejo de tales efectos requiere un tacto singular; y que cuanto más fuertes son, más cautela, preparación y lógica "fatal" exigen. Privada de todo esto, la pieza se convierte en simple obra de gran guiñol, o melodrama, como es el caso con Madame X.

Esta obra, como teatro, es ya cosa distinta, por cuanto la acción está encauzada, sostenida y autorizada por la palabra, o sea el alma del personaje. En la adaptación cinematográfica, en cambio, las leyendas no determinan ni empujan a cosa alguna. Queda el efecto desnudo, fuertemente sentimental, sin duda, pero no más que el espectáculo, también desnudo, de una pobre mujer vecina nuestra, a la cual el tranvía acaba de partir en dos a su hijita. Pero este espectáculo, por más terriblemente que nos conmoviera, no es una obra de arte. 

La actuación en Madame X de Paulina Frederick, actriz de gran temperamento, no es admirable porque la pieza no le ofrece juego. Los gruesos efectos, en los actores como en los escritores, suelen ser predilección de las gentes mediocres. No hace mucho se exhibió sin mayores comentarios un magnífico filme donde pudo verse todo lo de que es capaz la Frederick. Pero cintas como El latigazo no abundan por desgracia.  

El Encanto de las Exhibiciones en Privado. —Nadie ignora que estas exhibiciones en privado de las cintas no estrenadas aún se verifican en honor de los profesionales del film, de los alquiladores, de los periodistas, y de no pocos amigos de las empresas. Las tarjetas de acceso a estas exhibiciones son muy solicitadas, pues las horas matinales o super-nocturnas en que se llevan a cabo, favorece a profesionales y particulares. 

Pero la solicitud de estos particulares tiene un motivo muy distinto del de aquellos. Y consiste este motivo en que únicamente en las exhibiciones privadas se puede apreciar el valor de una cinta. No hay entonces apuros, urgencia de precipitar el filme para poder desarrollar un inmenso programa en tres o cuatro horas. No se ve caminar a la gente a escape, en breves sacudidas epilépticas que dan en el suelo con la armonía de los movimientos. Los gestos, con su medida y ritmo naturales; los ademanes; un lento andar desde el sillón, y una ojeada de los pies a la cabeza, que parece no concluir nunca: todas las cadencias de la actitud y la marcha conservan allí su valor. 

Una cinta común en seis actos pasa en estas exhibiciones privadas en una hora, por lo menos. Figurémonos entonces la velocidad de pesadilla que se debe imprimir a un filme en las salas de espectáculos, para darnos ese mismo filme en cuarenta o cuarenta y cinco minutos, en el mejor de los casos. 

Si en las cintas cómicas, y aun en las escenas de gran acción, un poco más de vértigo y ataxia en los movimientos no daña en suma sino los ojos, en todas las demás situaciones el efecto hiere nuestra normal impresión de lo que es la lentitud borrascosa, o la gracia y el abandono. Nos hemos acostumbrado a la velocidad de los filmes, porque a todo se acostumbra uno. Pero el feliz mortal que pudiendo asistir a una de estas exhibiciones privadas, ve avanzar en la pantalla a una hermosa chica con el abandono natural y cadencioso de su paso, más tarde, en el estreno público, tardará un buen rato en reconocer en esa muchacha brusca y con sacudidas de títere a aquella armoniosa criatura que vio en privado. 

Constancia Talmadge. —Lo que a propósito de Meighan, Kerry y sus irresistibles uniformes anotamos en Poderes, se vuelve en contra nuestra ante la señorita Talmadge, Doctora en Amor. El encanto de esta mujercita no requiere, felizmente, uniforme alguno para que los honrados hombres bailemos al son de su sonrisa. La pequeña Constancia no tiene en efecto otro uniforme que su sonrisa. Está, diremos, exclusivamente vestida de gracia. Haga lo que ella haga, luzca en un bueno o mal filme, nada se ve en la pantalla si no es a ella misma. De aquí que esta actriz, en mayor grado que sus congéneres, posea el don de hacernos admitir como pasables cintas que con otra protagonista nos irritarían la vista. 

De la serie de filmes dedicados a Constancia en los últimos tiempos, uno solo dejó el recuerdo de una bella comedia: La señorita Vampiro. Las demás, aunque en verdad no tenían pretensiones, apenas lograron pasar de modestos escaparates para un brillante maniquí: la estrella aludida. 

Pero así y todo el espectador no pierde su tiempo; como no lo pierde el hombre juicioso a quien se le concede poder contemplar muy, muy de cerca, y por media hora seguida, con exclusión total de lo que pueda decir o hacer, a una adorable criatura toda llena de gracia —en este caso Constancia Talmadge.


Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.
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