La más fuerte impresión que ofrece el bosque tropical al pasajero que penetra en él por primera y única vez, es su ausencia de pájaros. Ni un canto, ni un pío, ni un fugaz aleteo entre las ramas inmóviles. Unos tras otros, los árboles se alzan solitarios, se enredan, despéjanse por fin allá arriba en ramillas desvanecidas de luz.
Pero esa inmensa jaula está vacía. Diríase que desde el remoto pasado en que se levantó, el bosque está aguardando, rígido y desierto, las aves que le den vida.
El turista mira a todos lados, avanza aún diez pasos, y de pronto siente el frío de esa cárcel milenaria, donde él, el turista, está absolutamente de más.
El pasajero, naturalmente, ha conocido el bosque a las diez de la mañana o a las tres de la tarde, según sean su prisa o la latitud de su siesta. No conservará recuerdo alguno agradable de la selva y sus célebres pájaros.
Los pájaros existen, sin embargo; pero no para el primer gárrulo turista que los ansía en su casa. Las aves, como los demás animales del ambiente, forman parte integral del bosque. Ellos y la vegetación, en obscura y profunda fraternidad, constituyen la selva misma, e impregnan de ausencia su inmovilidad y su penumbra.
Como las plantas, henchidas de humedad al romper el sol, y refrescadas al caer las sombras por la primer niebla de rocío, los pájaros viven la plenitud de su existencia en las primeras y últimas horas del día. En las primeras, sobre todo, la jaula está bien poblada; ¡y con qué exaltación de alas, gargantas y picos abiertos!
Los animales de tierra duermen entonces. Muy pronto las aves descansarán también, o hacen quién sabe qué en sus refugios de silencio.
Pero el turista que un bello mediodía de invierno traspase las verjas de ese bosque durmiente, puede tener la sorpresa de ver, sobre una rama que cruza la picada a la altura misma de su cabeza, inmóvil y dichoso de inocencia, un ave tan extraordinariamente hermosa, que sorprende pueda ser producto de aquella arisca naturaleza.
A la breve distancia a que el turista lo mira, el pájaro ofrece, rinde entre las alas de ardiente azul, (algo de lo que llaman bleu las damas), su garganta, pecho y vientre de púrpura. A lo largo del lomo corren, como en escalofrío, verdes ondas metálicas, cuyos cambiantes bronceados no hallan semejanza sino en los muarés del kerosene sobre el agua. Si se vuelve el ave de perfil, destácase en la cabeza un círculo de violeta mate. En el centro, bordeado de párpados de color naranja, luce su ojo como un rubí. Termina todo este esplendor un pico verde pálido y una gran cola obscura.
Tal es el surucuá. La selva sombría parece haber creado esta ave esplendente con solas miras de exposición. No se conoce del surucuá otra manifestación de vida que su inmóvil belleza de mineral, Sólo por aventura puédesele haber visto volar. Solitario sobre una rama baja, supremo de quietud, belleza e inocencia, la selva lo expone como su peregrina joya, de cuya creación no parece haber salido todavía de asombro.
Tampoco la joya, ella misma, ha adquirido conciencia vital. No hay ruido ni presencia que la arranque de su dulce hipnotismo. Si un hombre se acerca a él, el surucuá lo mira acercarse, sin inquietud alguna. Y cuando el hombre pasa bajo él, el surucuá baja la cabeza y lo sigue con los ojos.
Este animalito posee todavía otra cualidad extrema: la finura de sus plumas. Como las barbas no están soldadas, cada pluma es un plumerillo de suavidad infinita. Apenas están adheridas a la piel, y ésta es asimismo una vaga tela. Pocas dificultades mayores, por lo tanto, que la de disecar un surucuá. Y cuando en casa pudimos obtener una piel en forma, no nos atrevimos nunca a confesar el número de orden que le correspondía.
