El Urutaú

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Cierta vez tuvimos en casa un muchacho de doce a trece años, cuyo principal quehacer consistía en revisar todas las mañanas las trampas que la tarde anterior habíamos dispuesto en el monte. El muchacho era muy listo, nativo del mismo bosque, y escolar número uno de su grado. Estábamos entonces en vacaciones. El chico se levantaba, obscuro todavía, y volvía del monte a las ocho de la mañana con los informes del caso acerca de nuestras trampas. Cuatro o cinco horas empleadas en la inspección sobrepasaban en mucho, sin embargo, el tiempo que ésta requería. Como le preguntara por consiguiente qué le retenía tanto en el monte, el chico me respondió, con vanidad halagadísima:

—Estaba haciendo una composición sobre la Naturaleza...

Recordé entonces que el muchacho gozaba fama por sus composiciones que le prometían, —al decir de sus maestros,— gran porvenir literario. Pedíle su composición, que comenzaba más o menos en estos términos:

Aprovechando la mañana de un hermoso día de estío, nos internamos en el bosque donde quedamos maravillados ante el paisaje que Natura nos ofrecía. Magníficas enredaderas cuajadas de perfumadas flores embalsamaban el aire. Los trinos y gorjeos de infinidad de pajarillos de vistoso plumaje encantaban los oídos. Millares de mariposas a cual más bella...

Era, en fin, la composición poética del perfecto escolar.

—Bien —le dije, devolviéndosela—. Es preciosa. ¿Hay entonces isipós con flores en el monte?

El muchacho quedó muy cortado.

—No, señor —respondió.

—¿Millares de mariposas bellas, por lo menos?

—Tampoco...

—Y esos pajarillos que trinan y gorjean, ¿tampoco los viste?

—No, señor. ...

—Me alegro, —le dije entonces,— porque el hecho de que tú, nacido en el monte mismo, no hayas visto todo eso todavía, excusa el que no lo haya visto yo, en diez años apenas...

La criatura, sin embargo, embebida en una milenaria retórica tropical, vio tal vez lo que cuenta; pero para un modesto revisador de trampas, como fue desde aquel incidente mi empleo matinal, no hay en Misiones pájaro de monte que sepa cantar.

Todos son aprendices de un flauteo desentonado o de un resoplar graznado por anchos picos. Contados son los pájaros cuyo silbo alcanza a atacar dos notas en gama. Si lo logran, se quedan en la segunda nota, sosteniéndola hasta que les falta el aliento, o truncándola en seco, sin motivo alguno musical que lo explique. Algunos, más atrevidos, emprenden una escala ascendente e inarmónica, angustiosa por lo aguda, y que parece va a alzar al pájaro mismo de su rama con el chillido final.

No recuerdo haber oído gorjear a ninguno. El gorjeo es una facultad excepcional que muy pocos pájaros poseen, y que escapa a la modesta garganta de las aves de monte. Lo que podría llamarse trino no pasa de un chirrido brusco y breve de pájaro insectívoro. Y el vacío dejado entre aquéllos, lo llenan el mugido profundo y cavernoso del yacutoro, y el graznido áspero y salvaje hasta donde es posible, del tucán.

Como excepción a estos montaraces aprendices de canto, hemos mencionado una vez al yaciyateré. El urutaú, por su parte, merece también especial mención.

Un día nos enseñaron un pájaro de color de perdiz, pico hendidísimo y aspecto general de ave nocturna del tipo "dormilón". Dijéronnos que era un urutaú; no estoy seguro de ello.

El canto del urutaú puede definirse como un sollozo que concluye en carcajada convulsiva. Arranca con una desesperación sin igual desde el fondo de un alma que pareciera desahogarse por fin, y por una desviación histérica se resuelve en angustiante risa.

En las primeras horas de una noche de verano, en la soledad del ambiente que la luz de la luna demasiado cruda transforma en páramo; cuando a todos los puntos del horizonte se extiende el imperio de ese silencio nocturno formado, según la magistral expresión, por mil pequeños ruidos, arranca del monte inmediato el canto del urutaú, tan único, tan desesperado, tan violento, que el ámbito y el corazón de quien le oye por primera vez, quedan por largo rato embargados. Es demasiado fuerte ese desahogo para la sombría discreción del bosque. Vagan por él ruidos, sin duda, pero fugaces, cortados, como a hurtadillas unos de otros. No se concibe, surgiendo de esa pasiva lobreguez, un gran ruido, una gran voz que vendría a agitar excesivamente el nocturno descanso de nuestro corazón. Lo más que éste puede admitir, es el canto del yaciyateré, ese tímido y dulcísimo silbido hacia el que la selva, desconocida para sí misma durante el día, deja a esa hora fluir de todas partes la recóndita ternura que anida en sus sombras.

Y he aquí que el urutaú, salido de no sé donde, asentado quién sabe en qué rama, lanza en la calma nocturna su grande e incontenible sollozo, tan hondo, tan sin pudor, tan desgarrante, que el alma que lo emite, impotente para contener ese dolor, se desgarra a su vez en carcajada histérica.

En las picadas abiertas en monte virgen, —fosco sendero amurallado de altísimo bosque—, la luna filtra sus rayos oblicuos entre el ramaje, que van a trazar al sesgo sobre la negra tierra, duras rayas blancas. Allá arriba, a todo lo largo de los rayos de luna, la fronda se esponja en vapores de plata, Ni un soplo de aire, ni un rastro de vida, ni un ay! El viajero insomne que avanza solitario por ese paisaje, puede, si lleva su espíritu en calma, conservar ésta ante cualquier fenómeno que se proponga alterarla. Pero sí ha querido llevar consigo a ese silencio la sobrecarga de su corazón, y a su lado explota de repente el sollozo tremendo del urutaú, es posible que ese viajero conozca por fin lo que es el terror de un presagio.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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