Un recuerdo para tí ¡oh niña purísima!
Un beso a tu recuerdo ¡oh santa criatura! Y á tus ojos y á tus brazos, y á frente y á tu garganta, tan pura y delicada, el más fervoroso de los cantos, ¡oh mi niña queridísima!
Todo se ha ido; las músicas, los besos, las flores y las lágrimas. El alma reprocha dolorosamente al pasado su falta de constancia. Todos se fueron. Sólo tú no me has olvido completamente, ¡oh niña purísima; sólo tú me has querido, ¡oh adorada de mi corazón!
¡Santa memoria! ¡Una caricia a esos recuerdos! ¡Una lágrima a esa ventura perdida!
¡Virgen de mi alma! Ten un poco de cariño á esas muertas alegrías! ¡compasiòn, niña mía, para esas flores que mueren de tristeza en un rincón de la cómoda! Y á mis ramos y á mis versos, á la primera palabra que nos dijimos, á la primera pieza que bailamos, á las fechas más dulces y sentidas, á nuestra separación, un poco de ventura, niña querida! ¡un poco de piedad, niña adorada!
Lloro sobre la trémula letra de tus últimas cartas; lloro sobre la trémula miel de tus últimos besos; lloro sobre las trémulas lágrimas de tus últimos llantos; de tus llantos tan trémulos y sentidos, que, hoy al recordarlos, mi garganta se llena de sollozos.
¡Pena infinita! ¿Dónde están, dónde están las alegrías de aquellos días tan largos y complacientes?...
Y lloro siempre por tí, siempre te recuerdo, alma mía, y mi vida se va extinguiendo sin tus caricias!
Dónde estás, niña mía, que no te encuentro?
Dónde estás, alma de mi alma, para ir á buscarte y vivir juntos, juntos, juntos, para no volver á perderte jamás?...
¡Dulce y buena entre todas las mujeres! Que mi vida sea un martirio continuo, pobre, enfermo y olvidado de todos; que mi vida sea una constante desgracia, sin fuerzas para levantar la voz ni reprochar á nadie; que el sufrimiento vele todas mis ilusiones y que me vea enfermo, solo, desgraciado... ¡pero que al menos te tenga a tí, santa criatura! ¡que no me olvides niña muy amada!...
