La guerra, prolongándose, se exacerbaba. Como la montonera no tenía cuartel, no podía darlo, según la frase de uno de ella. Los realistas, por su lado, simplificaban la victoria de igual modo. Si el ánimo era abundante, la munición no. De aquí que el degüello reemplazara no pocas veces al fusilamiento, proceso tardo y dispendioso.
En tales odios, del degüello a la tortura no hay más que un paso, y ambos beligerantes salvábanlo con frecuencia, so pretexto de patriótica redención.
A los reveses diarios sucedían nuevas fortunas. El país, jugado a golpes de sable, cambiaba de bandera cada día o semana. El flamante dueño llevaba siempre a la población conquistada su pequeño saco de venganzas sobre las personas de estos delatores, de aquéllos pasados al enemigo. Y como las tropas realistas operaban en país hostil, sus infortunios en tal género eran mucho mayores que los de la montonera.
Así su ira viose enérgicamente solicitada en cierta ocasión por un joven patriota que hizo veinte leguas en una noche para ir a avisar a una fuerza de la patria que el enemigo, escaso, había entrado en su pueblo. El muchacho montaba mal. Cuando llegó, lívido, tuvieron que sostenerlo. Temblaba, los ojos desvariados, escupiendo sangre a cada instante, sin poder hablar.
A la noche siguiente la montonera cayó sobre el villorio oscuro y masacró a los realistas.
Los patriotas mantuviéronse diez días en el pueblo, hasta que la aproximación de un regimiento enemigo los puso sobre alerta. Recibieron orden de evacuar la posición, y, aunque de mala gana, antes de la llegada de aquél se fueron.
Durante su permanencia, el joven patriota de la carrera nocturna había ejercido las funciones de secretario general, pues su buena letra y firme decisión le encomendaban esa tarea. Era un muchacho de veintidós años, concentrado y tranquilo. Volvía de Buenos Aires, donde había vivido seis meses, no se sabe cómo. Parecía haber leído mucho allá. Tenía ojos azules y la mirada límpida, capaz de las más teológicas exaltaciones revolucionarias. El jefe de la montonera no quiso dejarlo entregado a los realistas: alguien podía denunciar su patriótico aviso. El joven se negó claramente a abandonar el pueblo, a pesar del terrible riesgo que corría. El oficial lo miró y le golpeó el hombro fuertemente, sin decirle nada. Dos horas después entró el regimiento realista.
Por más seguridad que se tuviera del alma nacional ardiendo aún en cada ladrillo, rara vez faltaban corazones débiles al triunfo o a la tortura: esa misma tarde el secretario fue delatado. Los realistas, agriados de rabia por esos eternos, ocultos e ineludibles avisos al enemigo, hallaron en la ocasión tanto más ilegítima la felonía de ese proceder, cuanto era sacramente heroica para el invadido. De modo que, apenas enterados, arrastraron al delator a la presencia de un oficial. El joven llegó en un estado miserable, la ropa deshecha, empolvado a puntapiés y la boca morada de bofetones; fue empujado violentamente dentro de la pieza.
─¿Eres tú el joven héroe que la vez pasada fue a contar que nuestras tropas estaban aquí? ─le preguntó con voz meliflua el oficial.
─Yo fui ─respondió sencillamente el secretario y prosiguió mirando tranquilo a aquél.
─¿Y sabes tú lo que te ganas con esa bonita acción?
─Sé.
─Que te fusilen en seguida, ¿verdad, hijo mío?
─Sí.
Los realistas, enfurecidos por esa provocación, se contenían apenas. El mismo oficial se levantó.
─¡Miserable! ¡Ni siquiera te defiendes! Así sois todos los viles. Con un par de onzas a tiempo hubieras jurado por nuestra bandera ─y lo midió despreciativamente de abajo a arriba, escupiendo en su dirección.
El secretario lo miró con fría calma y sonriose imperceptiblemente. Pero el otro alcanzó a notarlo y saltó sobre él, rojo de cólera:
─Grita: ¡Viva el Rey!, ¡bandido!
El joven respondió tranquilamente:
─No grito.
El oficial le descargó con todas sus fuerzas un puñetazo en la cara. El secretario trastabilló; pero diez brazos contuvieron su caída sujetándolo del cuello.
─Grita: ¡Viva el Rey!, ¡miserable! ─aulló el oficial, yendo sobre él.
─¡No grito! ─levantó la voz el joven, las mejillas empurpuradas. Y rodó en seguida a puñetazos. Lo levantaron de nuevo.
─¡Viva el Rey! ─rugieron exasperados los realistas, culatas y bayonetas en alto sobre su pecho.
─¡Viva la Patria! ─gritó él. Y se hundió de nuevo, atravesado de heridas.
Los realistas bramaban de ira.
─¡Viva el Rey!
─¡Viva la Patria!
El sargento le descargó su pistola en la boca.
─¡No grites eso! ─rugieron.
─¡Viva la Patria! ─alzó más alto aún. Y tres nuevas descargas de pólvora en la boca llegaron tarde para contener esa voz.
─¡A la calle, a la calle! ¡Acabar con él! ─Lo arrastraron hasta el medio de la calle y clavaron de un golpe la bandera real. Como ya no podía tenerse en pie, acuchillado, quemado, mutilado, le sostuvieron de los brazos, colgando casi. La boca desaparecía en una inmensa llaga negra, de la que había salido toda el alma de la patria.
─¡Viva el Rey! ─le rugieron en la cara.
─¡Viva la Patria! ─gritó aún. De un fogonazo le vaciaron un ojo. Cayó de nuevo, boca abajo.
─Podían matarme de una vez ─murmuró.
─¡Ah, por fin! ¡Estás cansado ya, bandido! ─clamaron triunfantes, doblándose sobre él.
─Sí, pero ¡Viva la Patria! ─pudo todavía decir, y juntó a la tierra en un supremo beso, la boca martirizada.
Los realistas, rugiendo de rabia, bajaron por fin sus fusiles, y bajo el pabellón enemigo lo clavaron con trece balas al suelo nacional.
