Esther no me ha conocido. He pasado a su lado, temblando de emoción. Cuatro meses que no la veía, y me ha olvidado. Ya no se acuerda de mí, ella que me hizo conocer algo hermoso, yo que la quise tanto, que llegué á dudar de su existencia, ¡oh virgen de oro!
Y no me ha conocido —Allá cuando estaba muy lejos, soñé que me adoraba, pensé que pudiera no verla jamás, pensé que me despreciaba, que sus ojos mentían; pero en medio de mis luchas y cavilaciones, nunca, nunca creí que Esther no me conociera!
¿Qué puedo esperar, cuando mi dulce Esther, como la llamaba en mis momentos de ternura, ha perdido la memoria y le soy indiferente? ¡Pobre principio!
Y ha sido de noche, á la semi-luz. Se conoce á una persona cualquiera, al amigo o al que pasa sin saludar. Se conoce al ausente que hace mucho tiempo que no se vé; pero á mi no se me conoce, envuelto en el recuerdo de una primavera; á mi que cada paso de doy, es un chispazo de sus ojos puros.
El amigo sabe cuánto la quiero. El sabe si he soñado con ella, y si en cada sueño no encontraba un estremecimiento nervioso, cuna de mil sentimientos atesorados que vendría a desparramar á sus plantas! El sabe si he sufrido, pensando en su mundanalidad caprichosa, causa de mi amargura; y el bien sabe que la creí muerta, triste profecía moral que no ha de tardar en realizarse!
¡Oh ensueños y esperanzas! Cada día que pase, latirá con más fuerza aquella idea que tuve y que conozco es cierta: Yo no estoy enamorado de Esther, sino de su recuerdo.
Quince días de placer, cuatro meses de luchas, otros tantos relámpagos y enseguida el rayo.
Su indiferencia es mortal y me doblego.
