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Este texto forma parte del libro «Artículos de Artes, Cine Y Teatro Dispersos».

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Era éste un hombre pequeño y vestido de negro, de cutis sonrosado y cabello clarísimo, que daba todo él la impresión de un ratón blanco. Su ropa, demasiado holgada, caíale por todos lados en artístico desaliño. Sonreía constantemente con extrema dulzura. Esto, agregado a su aire de no hallarse nunca en lo que se hablaba, dábale aspecto de iluminado. Y lo era, en efecto, según pudimos apreciar en el transcurso de aquella entrevista.
La impresión más nítida que daba aquella persona era la de poseer una fe inalterable y beata en su apostolado. Se nos informó de que había dirigido las mejores cintas de Leningrado, y que Hollywood le debía el descubrimiento de algunas estrellas moscovitas. Y todo ello con su dulce y vago airecillo de ratón blanco. Después de oírle hablar (en verdad, el gerente de la empresa era quien hablaba por él), podía estarse seguro de que aquel dulce lunático había nacido artista de la cabeza a los pies. De ello podíamos estar seguros.
La segunda impresión concierne a la fastuosa capacidad económica de la empresa, representada allí por su gerente-administrador. Quien más, quien menos de nosotros, todos cojeábamos fuertemente por el lado económico. Tanto como nuestra predilección por el cinematógrafo, nos llevaba a la cátedra la esperanza de ver por fin honestamente remunerado nuestro trabajo. Ya debe haberse adivinado esto. Júzguese, pues, de nuestro asombro cuando el gerente, adelantándose a nuestra inquietud al respecto, estableció de modo claro y breve las condiciones en que sería retribuida nuestra enseñanza. Cada profesor debía percibir veinticinco pesos por clase de tres cuartos de hora. Cada uno dictaría tres clases por semana, con excepción del que escribe estas líneas: yo dictaría seis, en razón del carácter básico de mi cátedra.
3 págs. / 6 minutos.
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Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.
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