Cuando en 1917 prestaba yo fe suficiente en la trascendencia y vitalidad del arte cinematográfico para dedicarle las primeras crónicas que sobre él se hayan escrito en el país, estaba lejos entonces de creer que catorce años más tarde debía volver a tomar la pluma para escribir un responso sobre su tumba. Es un hecho concreto que al adquirir palabra el cinematógrafo, como arte, ha muerto. Sírvennos en su lugar un híbrido espectáculo teatral con más elementos de opereta y variedades de music-hall que los que él mismo debió vencer en sus comienzos para salir a luz.
Pasemos. En memoria de una muerte ilustre y en celebración de las actividades cinematográficas que agitan hoy al país, voy a recordar la creación de la primera gran escuela de cinematógrafo que haya abierto su cátedra entre nosotros. Si mi actuación en ella fue muy viva, temo que la memoria no me sea fiel en el grado preciso. Lo que pueda recordar, sin embargo, tal vez alcance a dar una impresión bastante fiel de aquella fantástica escuela.
Hace ya varios años fui solicitado para cooperar a la fundación de una Academia Normal de Cinematógrafo que un ilustre director ruso, Mr. Nikitin, se empeñaba en crear aquí. Se me habló en el primer momento de cuatro o cinco profesores que debían colaborar conmigo en la magna obra, a los que en efecto conocí, y de diez o doce más, que nunca llegué a ver. Sea como fuere, fuimos citados los cuatro o cinco colegas susodichos, todos amigos míos, para cambiar ideas con el famoso director.
Era éste un hombre pequeño y vestido de negro, de cutis sonrosado y cabello clarísimo, que daba todo él la impresión de un ratón blanco. Su ropa, demasiado holgada, caíale por todos lados en artístico desaliño. Sonreía constantemente con extrema dulzura. Esto, agregado a su aire de no hallarse nunca en lo que se hablaba, dábale aspecto de iluminado. Y lo era, en efecto, según pudimos apreciar en el transcurso de aquella entrevista.
La impresión más nítida que daba aquella persona era la de poseer una fe inalterable y beata en su apostolado. Se nos informó de que había dirigido las mejores cintas de Leningrado, y que Hollywood le debía el descubrimiento de algunas estrellas moscovitas. Y todo ello con su dulce y vago airecillo de ratón blanco. Después de oírle hablar (en verdad, el gerente de la empresa era quien hablaba por él), podía estarse seguro de que aquel dulce lunático había nacido artista de la cabeza a los pies. De ello podíamos estar seguros.
La segunda impresión concierne a la fastuosa capacidad económica de la empresa, representada allí por su gerente-administrador. Quien más, quien menos de nosotros, todos cojeábamos fuertemente por el lado económico. Tanto como nuestra predilección por el cinematógrafo, nos llevaba a la cátedra la esperanza de ver por fin honestamente remunerado nuestro trabajo. Ya debe haberse adivinado esto. Júzguese, pues, de nuestro asombro cuando el gerente, adelantándose a nuestra inquietud al respecto, estableció de modo claro y breve las condiciones en que sería retribuida nuestra enseñanza. Cada profesor debía percibir veinticinco pesos por clase de tres cuartos de hora. Cada uno dictaría tres clases por semana, con excepción del que escribe estas líneas: yo dictaría seis, en razón del carácter básico de mi cátedra.
Debo anotar aquí que mi pasada actuación de cronista de cinematógrafo creaba a mi favor una especie de privilegio cuya prueba se me acababa de conceder, y del que usé y abusé, como se comprueba también en el transcurso de esta historia.
Yo hacía, entretanto, sin dejar de prestar atención a lo que se hablaba, el cálculo de lo que debía percibir por mi enseñanza. Montaba a seiscientos pesos por mes, o poco menos.
Excuso advertir que yo jamás había ganado, ni en sueños, tal fabulosa suma mensual. Creo que la mayoría de mis colegas, tampoco. No obstante, un rasgo de invalorable pudor nos hizo oponer algunas objeciones a esta fastuosa remuneración, que considerábamos excesiva para la tarea solicitada. Pero el gerente (un ex funcionario ruso del antiguo régimen) confirmó gravemente las condiciones preestablecidas, de acuerdo, según nos manifestara, con la exigencia de Mr. Nikitin quien, en ese instante y como siempre, sonreía a un vago más allá.
Hubo más todavía: se aumentaba mi tarea en dos horas más por semana, en atención a la trascendencia, etc. Esto ocasionó un nuevo y rápido cálculo mental por mi parte, cuyo resultado era llevar hasta ochocientos pesos el monto de mis emolumentos.
Habíamos concluido. Esa noche los pilares de la gran Academia Normal de Cinematógrafo quedaban firmemente asentados.
Yo estaba hecho unas pascuas. Escribí esa misma noche a un amigo:
"Le doy con ésta una gran noticia: De aquí en adelante ganaré ochocientos pesos mensuales".
* * * * * * *
La segunda reunión tuvo lugar en el mismo café del centro, y a ella se presentó Mr. Nikitin con un voluminoso pliego en que constaba la extensión y distribución de tales cátedras.
Debo advertir nuevamente que este asunto de las cátedras nos había preocupado bastante. ¿Qué se puede enseñar sobre un arte para cuya realización basta y sobra con el temperamento del intérprete y la capacidad de su director? Buscando bien, acaso, pellizcando aquí y allí, tal vez pudiera hallarse materia para unas cuantas lecciones a cargo de un solo profesor. Los más optimistas del grupo llegaban a la posibilidad de dos cátedras bastante aparatosas para cubrir la fórmula. Dos cátedras, en el mejor de los casos. Y éramos cinco los elegidos para dictar otros tantos cursos. ¿Pero los otros diez o doce profesores ya contratados, según noticias? ¿Qué misión podía ser la suya, allí donde todos sobrábamos, y yo el primero? Viva era, pues, nuestra curiosidad e inquietud cuando Mr. Nikitin, comenzando por mi nombre, me asignó la cátedra de "Psicología de la Expresión".
—Bien —pensamos—: Esta es una cosa con la cual ya contábamos.
—Mr. Arturo Mom: "Historia del Cinematógrafo".
—Pase —pensamos otra vez—. También contábamos con esto.
Mr. Nikitin, entretanto, leía con visible dificultad, y tras cada enunciación de una cátedra sonreía largamente al agraciado.
—Mr. Guillermo Estrella: "Etapas Psicológicas del Arte".
Esta vez quedamos mudos, verbal y mentalmente.
—Mr. Samuel Glusberg: "Justificación del Rol".
—¿Qué? —saltamos todos a la vez.
El ilustre director, satisfecho sin duda del efecto producido, nos sonrió esta vez a todos.
—..."Justificación del Rol".
Aquí concluyen los comentarios mentales que íbamos haciendo. La enumeración de las otras cátedras la oímos en un estado de vago desvarío.
—Mr. Alberto Gerchunoff: "Interpretación de la muchedumbre".
—Mr. Josué Quesada: "Aptitud Genética del Gesto".
Brevemente nos despedimos de nuestro director.
—¡Y pensar! —decíamos, cuando refrescábamos nuestras cabezas al frío nocturno—, ¡pensar que quedan doce cátedras más, indispensables a Mr. Nikitin para asentar con todas ellas su templo cinematográfico!
