Estabas muerta entre mis brazos, dormida como
una muerta que se hubiera dormido entre mis brazos.
Y tus rodillas estaban insensibles, ¡tus rodillas de que
ya había desprendido las ligas! En mi pecho había
una flor, una flor tan abierta que daba lástima. Y tus
manos, tus blancas manos para el placer, clavadas en
el cajón! Sólo tus ojos vivian, y tus ojos eran dos co-
pas verdes en que bebías mi locura!