Fulton

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


La vocación equivocada es un fenómeno bastante común en la vida. Lo que ya no lo es tanto, es gozar de la fortuna en el error, y sufrir indecibles miserias desde que se adquirió la verdad.

Si alguien parecía haber nacido con la pasión ciega, tenaz y profunda del arte, éste es Roberto Fulton. Siendo aprendiz de joyero, siente de pronto nacer su verdadera vocación; será pintor. Con una rapidez casi sin ejemplo en la historia, llega a dominar su lápiz y sus pinceles al punto de que cuatro años después de su iniciación, apenas a los 20 años, se permite el lujo de comprar para su madre viuda una casa con el producto de sus retratos.

Considérese esto: no se alcanzaba en aquella época (1785) con la pintura, los precios que se obtienen hoy por una mala oleografía. Vivir malamente, lograr subvenir con el arte a las pobres necesidades orgánicas, era ya empresa arriesgada. Fulton no sólo la realiza ampliamente, sino que logra asegurar a los veinte años la comodidad y la paz de su anciana madre.

Puédese conjeturar, pues, que la gloriosa fortuna acompañará para siempre a este joven artista, que ha hallado muy temprano el sendero de su alma.

Pero el sendero de Fulton no es éste. Un día, después de algunos años de inquietud, se convence de ello. Se creía pintor: es mecánico.

Desde esta revelación su vida no es sino una penuria y un desaliento continuos, en que van naufragando una por una sus ilusiones. Durante 19 años corre de Londres a París, y de allí nuevamente a Londres, sin que nadie, ni Bonaparte, ni el Instituto de Francia, ni las Comisiones de examen nombradas al efecto, presten crédito a sus planes de invención.

Cansado, agriado, sintiéndose ya viejo a los 39 años, regresa a Nueva York, a morir, supone él. El Congreso de su patria, apiadado del inventor, le concede cinco mil dólares para que prosiga sus estudios. Con esa bicoca Fulton logra realizar su ensueño mecánico de veinte años, y el 10 de agosto de 1807 el primer buque a vapor que haya surcado las aguas, desamarra de los muelles de Nueva York en medio de la más espantosa rechifla con qué muchedumbre alguna haya saludado a un hombre de genio. El buque de Fulton —el "Clermont"— había ya sido bautizado desde el montaje de su quilla con el nombre de "Locura-Fulton".

Poco después el "Clermont" inauguraba una línea regular entre Nueva York y Albany. Durante el viaje de ida, nadie se arriesgó a navegar en aquél. Pero en el momento en que el "Clermont" desatracaba del malecón de Albany, saltó a bordo un hombre que, buscando a un empleado para pagar su pasaje, no halló en todo el vapor sino a Fulton.

—¿No va usted a regresar a Nueva York en su barco? —preguntó el desconocido.

—Sí —respondió Fulton—. Voy a tratar de hacerlo...

—¿Puede usted darme pasaje a bordo?

—Ciertamente...

El hombre preguntó por el precio del pasaje: eran seis dólares, que aquél puso en manos del ingeniero. Fulton, inmóvil y silencioso, contemplaba las seis monedas; y tan largamente, que el viajero, temiendo haberse equivocado, preguntó:

—¿Pero no es eso lo que usted me había pedido?

Al oír la voz, Fulton levantó los ojos al pasajero, mientras dos gruesas y pesadas lágrimas rodaban por sus mejillas.

—Perdóneme —dijo Fulton—. Oyó usted perfectamente... Pero yo estaba pensando en que estos seis dólares son la primera ganancia que obtengo después de veinte años... ¡Ojalá —añadió, tomando efusivamente las manos del viajero— pudiera yo invitarlo a tomar una copa en conmemoración de este acontecimiento!... Pero soy demasiado pobre para poder ofrecérsela...

El resto no nos interesa. Lo extraño —y común, si bien se mira— es que un hombre a quien la fortuna se le entregará incondicionalmente mientras siguió una vocación errada, no haya conocido sino miserias desde el instante en que se halló en posesión de su genio.


Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.
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