Muchas veces he reflexionado sobre la capital importancia que para un pueblo nuevo como el nuestro deben tener los viajes. Desde la remota antigüedad considérase que el viajar proporciona al ser humano una ocasión de desarrollar su cultura que el estancamiento nativo no puede otorgar. Si ya el solo acto de vivir renueva al hombre hasta el fondo de sus entrañas, ¡con qué profundidad y pujanza no debe de acelerarse esta remoción al soplo de impresiones más extrañas, más amplias, más vitales que aquéllas a que se acomodaba perezosamente nuestro quieto existir!
Las ideas natales más arraigadas —decíame yo— no lo son tanto como parecen. Basta a veces un choque inesperado sobre esas ideas, un nuevo amanecer que las escorce, un distinto obscurecer que las enturbie, y de nuestro gran jardín mental no queda sino una glorieta lugareña; impregnada de cansancio, lugares comunes y vejez.
Tal pensaba, paseándome monótonamente por mi glorieta personal. Penoso es decirlo, pero yo no he abandonado mi lugar. Mi cultura, falta de la simbiosis vivificante que le aseguran los contrastes, sufre los efectos del agua muerta intelectual en que abrevamos parsimoniosamente nuestras ideas los que no hemos viajado nunca.
¡Otros horizontes! ¡Nadar hacia la inmensa lejanía de las grandes civilizaciones! ¡Naufragar en ellas, renacer, hundirse de nuevo, para regresar por fin depurado, la frente vigorosa y limpia del moho natal!
¡Cuán amplio debe ser —reflexionaba— el gusto de las gentes que viajan, qué profundo su juicio artístico, y cómo atormentarán sus horas los tremendos problemas morales que la filosofía de post-guerra ha puesto en actualidad! Esta inquietud debe de reflejarse en la conversación de los que regresan. Naufragaron sin duda al abandonar la playa natal, pero volvieron renovados en la comprensión de las grandes y viejas culturas. El cambio de impresiones de esas personas al hallarse juntas debe de ser, para los que giramos penosamente en el círculo de las ideas rutinarias, una invalorable fuente de educación.
La dicha me depara un día el asistir a una de esas conversaciones. Quienes la sostienen regresan del extranjero, algunos de Europa, otros de África, los menos de Asia. Ha tiempo que no se ven. Sé que los viajes a Egipto y a la India están de moda. Atraen como el imán las viejas culturas de esos países a nuestras clases adineradas. ¿Qué cátedra más sugestiva para mí, que el choque de impresiones en esta sesión cultural? Ansioso, pues, y todo ojos, bebo las palabras de los viajeros.
Pero... pasan los minutos y aguardó todavía. Muchas impresiones se exponen y cambian; mas no del orden que yo suponía. Me siento desconcertado, a modo de aquéllos que al evocar a un gran espíritu en una sesión misteriosa, comprueban que aquél omite responder a las trascendentales cuestiones sobre el más allá, para entretenerse con fidelísimos e insignificantes recuerdos de su vida terrenal.
Aprendo, en cambio, que Lausanne tiene, en la cultura del viajero, una importancia no igualada sino por la de El Cairo. Lausanne es, sin duda, el foco de la emoción cultural europea. Toda irradiación del alma del viajero —rastros y memorias de sensaciones, pequeños recuerdos de la vida de relación— surgen y tornan a concentrarse allí como a un foco de absorción.
—Si —afirma un viajero—. No tuve por mi desgracia tiempo de saludar a la familia. Habían partido todos de Lausanne cuando yo llegué.
—Y usted —inquiere otro—, ¿muy contento de su nuevo viaje? ¿Halló por fin lo que esperaba?
—¡Oh, no! Salía yo de Lausanne cuando ella llegó.
—Pero ella nos dijo..., mejor dicho, ¡le escribió a las de Z. que lo había visto a usted!
—Es cierto, pero sólo a mi regreso de Saint-Moritz... Pasamos diez días maravillosos en Lausanne.
—¡Lo creo! Es que no hay como Lausanne.
—Y siempre la misma.
—¡Ya lo creo!
Si —me digo— sin duda, Lausanne... ¿Pero no queda de todo aquel agitado vuelo cultural otra cosa que el dulce posapié de la villa suiza? —Tal me aventuró tímidamente.
—Ha de notarse, sin embargo, en la hermosa ciudad —me dirijo a mi vecino— un poco de quebranto en las ideas generales en pos de…
—¡Oh!, no crea usted. Es la misma. X también lo creía así cuando…
—¿Lo vio usted en ese mismo viaje? —interrumpen.
—Apenas un instante, al tomar el tren. Partía para…
—¡Ostende! Allí lo encontraron Z y las de Y, acompañando a la familia X…
—Que yo hallé a mi vez cuatro meses después en…
—¡Lausanne! Nos lo dijeron.
—Exacto.
Y así durante una hora más, tras la cual torno de nuevo a atreverme.
—La frecuentación de los grandes centros —insinúo con mayor timidez aún— ofrece para los dichosos como ustedes reservas de cultura que…
—¿Cuál, por ejemplo? —me preguntan.
—Pero... —respondo evasivamente— cualquiera de ellas... París…
—¡No continúe, por favor! En París no se puede vivir. Si la última vez que estuve allí no tengo la dicha de encontrar a los A, B, C, D, E y F…
—¿Los F? —inquieren—. ¿Pero no habían ido ese invierno a Oslo?
—Eso creía yo también. Figúrese que para mi fortuna doy con ellos cuando ya tenían los pasajes tomados…
—¡Para Bizerta, por el Atlántico! Nos cruzamos con ellos. Luego en Lausanne nos dijeron que habían estado a punto de…
—Sí, con X, en Aix-les-bains. Y no estaba solo... ¿Pero qué decía usted de París, señor? No se puede vivir, le repito. Carísimo todo.
—No me refería —insinúo— precisamente a la carestía de la vida en París... Quería decir solamente... que la renovación de ideas en el ambiente de los últimos años debe notarse mucho en París, Berlín, Londres…
—¿Londres? ¡Peor que París aún! Han concluido allí los grandes hoteles.
—Dice usted bien —apoyan—. Peor que París... Y a propósito de lo que decía el señor... ¿recuerdan la visita de Z el año pasado?
—¡Ya lo creo! Hoy debe estar en el Bósforo, según sospechan las de Z…
—Pues se equivocan. Ha muerto hace un mes, y bien tristemente por cierto.
—¡Qué horror! ¿Y murió en Pera misma?
—No, en Lausanne... Tres días justos antes de llegar la familia de…
—¡Figúrese usted si llegan a saberlo antes!
—¡Figúrense ustedes!
Y de nuevo el desfile sentimental-geográfico de los conocimientos familiares. Sin embargo —me excuso a mí mismo— tienen razón. Europa y su ambiente son ya también familiares a estos viajeros. De sus impresiones al contacto de Egipto y la India deben de conservar una huella más honda e ilustre.
—En fin —me atrevo por tercera vez— tal vez los centros de cultura a que me he referido... Sí, me he equivocado, sin duda... Quiero decir que la influencia asiática, su amenaza cada vez mayor sobre el Occidente…
—¿El Cairo, quiere usted decir?— me responden—. Una gran ciudad. Esta vez ha acertado usted, señor. ¡Eso sí es el Oriente! No tanto como Alejandría, sin embargo…
—¡Oh, no! —objetan—. El Cairo ante todo. Si usted hubiera visto los tejidos que compraron las de X…
—¿Entonces volvió usted a tener noticias de ellas?
—Por supuesto. Y flirteando la mayor con —¿querrán ustedes creer?— con…
—¡Z, sí, sí!... Que un mes apenas atrás se había casado…
—¿Con Y? Lo suponía. En Lausanne, sin duda.
—Naturalmente…
Triste y confuso, me he retirado de la reunión. Clases afortunadas, para quienes la vida no reserva sino alegrías: ¿cómo es posible aguardar de ellas reacciones de inquietud o dolor que sólo el alma vibrante de un artista puede sentir? Escritores, pintores, músicos: ellos son la vanguardia de la humanidad. Los nuevos horizontes mentales pueden con sus contrastes no rozar la frente del hombre cómodo en su vivir; pero hacen pedazos el alma de un artista. Oigámoslos. La cultura europea —han dicho siempre— es algo tan inmensamente superior a la nuestra, que no se concibe esto después de haber bebido aquello.
Pero lo que oigo ensalzar a los artistas que escucho no es la línea cultural, libre y severa de una mayor civilización, sino el pandemónium anónimo donde todo se permite y oculta; lo que se echa de menos es la libertad actual del goce fácil y barato.
Estos artistas, como los espectros evocados, ocultan sus grandes inquietudes tras insignificantes recuerdos. Reservan posiblemente para un médium superior a mí la entrega de sus grandes impresiones.
Vela sin duda esas inquietudes un pudoroso rubor del espíritu. Nadie abre su alma al primer llegado ni revela sus íntimos goces. Viajeros de fortuna y artistas tienen razón. Guardan celosamente sus emociones culturales, para dejar fluir con entusiasmo la categoría de las relaciones adquiridas en los viajes.
