Había llovido toda la mañana; y aunque ya el cie-
lo estuviera despejado, permanecí hasta el anochecer
rondando el cementerio.
Hacía muchos gestos, mis pasos me llevaban siem-
pre a deslizarme contra las tapias, a lentas zancadas,
en un exceso de atención que estaba muy lejos de ser
verdadera.
Torpes gotas de sudor caían de mis dedos; y apa-
reciendo bruscamente en un recodo, alcancé a distin-
guir un entierro que se acercaba con premura. Sus-
piré con satisfacción, como si yo, en realidad, hubie-
ra estado esperando aquello. El acompañamiento era
grandísimo. Y cuando el ataúd fue bajado a ocho bra-
zos, noté en los ojos de todos algo que no era natu-
ral: ¿ironía? no, más bien apresuramiento. No me
pude contener. Salí de mi rincón y observé a uno de
frente, en seguida a otro, después a otro. Estoy se-
guro de que en diez minutos me paré delante de todos.
Y aquella sonrisa de extravío que era su caracterís-
tica, quedaba para mi en el misterio, tanto casi como
su apresuramiento.
Llevaron el cajón y yo le seguía dando saltos te-
rribles que me costaban inauditos esfuerzos. Colocá-
ronle sobre el tablado, y el sepulturero comenzó a ase-
gurar los tornillos. Sentí de pronto, detrás mío, una
risa tan momentánea que estiré la cabeza con terror:
tal vez hubiera distinguido a la persona, si una ines-
perada pérdida de memoria no me hubiera distraído.
Cogieron de nuevo el cajón para encerrarlo en el
sepulcro. Ya no caminaban, corrían casi.
Entonces, el sepulturero, llamándome aparte, co-
menzó a hablarme en voz baja. No sé por qué, pero
tuve la seguridad de que me iba a decir que dentro
del cajón no había nadie.
