Había Llovido…

Horacio Quiroga


Poema


Había llovido toda la mañana; y aunque ya el cie-

lo estuviera despejado, permanecí hasta el anochecer

rondando el cementerio.


Hacía muchos gestos, mis pasos me llevaban siem-

pre a deslizarme contra las tapias, a lentas zancadas,

en un exceso de atención que estaba muy lejos de ser

verdadera.


Torpes gotas de sudor caían de mis dedos; y apa-

reciendo bruscamente en un recodo, alcancé a distin-

guir un entierro que se acercaba con premura. Sus-

piré con satisfacción, como si yo, en realidad, hubie-

ra estado esperando aquello. El acompañamiento era

grandísimo. Y cuando el ataúd fue bajado a ocho bra-

zos, noté en los ojos de todos algo que no era natu-

ral: ¿ironía? no, más bien apresuramiento. No me

pude contener. Salí de mi rincón y observé a uno de

frente, en seguida a otro, después a otro. Estoy se-

guro de que en diez minutos me paré delante de todos.

Y aquella sonrisa de extravío que era su caracterís-

tica, quedaba para mi en el misterio, tanto casi como

su apresuramiento.


Llevaron el cajón y yo le seguía dando saltos te-

rribles que me costaban inauditos esfuerzos. Colocá-

ronle sobre el tablado, y el sepulturero comenzó a ase-

gurar los tornillos. Sentí de pronto, detrás mío, una

risa tan momentánea que estiré la cabeza con terror:

tal vez hubiera distinguido a la persona, si una ines-

perada pérdida de memoria no me hubiera distraído.

Cogieron de nuevo el cajón para encerrarlo en el

sepulcro. Ya no caminaban, corrían casi.


Entonces, el sepulturero, llamándome aparte, co-

menzó a hablarme en voz baja. No sé por qué, pero

tuve la seguridad de que me iba a decir que dentro

del cajón no había nadie.


Publicado el 21 de septiembre de 2026 por Brian.
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