Hazañas Trágicas Y Ridículas De Los Pensionistas Del Zoo

Horacio Quiroga


Artículo, Cronica


Hasta ahora, ningún león de Palermo ha comido a su cuidador, ni tigre alguno se ha escapado, haciendo de las suyas en desventaja de las nuestras. Esto no obstante, nuestros buenos pensionistas del zoo tienen una que otra historia en su haber de caprichos. Dígalo sino el gnú, que en viaje a Buenos Aires tuvo la idea de arremeter contra los dos peones negros con tan terrible violencia que éstos fueron deshechos en un momento, sin tiempo para llorar una vida que les iba a cornadas. Llegó al zoo con esa grave fama, y si la cosa no fue cierta, se aseguró mucho.

Este es el único hecho mortal que hayan llevado a cabo, pero no por falta de deseos, como se verá.

Hace apenas un mes, un mono negro de la jaula circular descompuso el brazo de su cuidador de tal modo, que éste se cuida aún en su casa. Como esa tarde el animal no quería entrar en la segunda división, aquel tuvo que presentarse, instándolo. Pero el mono se precipitó sobre él, clavándole los colmillos en el brazo, y tirando a atrás como de un trapo. La carne se desgarró en una larga extensión. El desventurado atravesó el jardín hasta la puerta dejando un reguero de sangre.

Todo el mundo lo vió. Esto es doloroso, pero hay algo risible en los mismos monos.

Hace dos años, la pareja de grandes babuinos, que se hospedan en la jaula aislada, se escaparon en compañía de su hijo, "criatura" aún. Dió la casualidad que dos agentes los vieran enseguida, rodeando al terceto para detenerlo. Pero los monos, briosos por la fugitiva libertad, se lanzaron con un millón de gestos y gritos sobre aquellos, que creyeron necesario sacar los machetes para defenderse. La refriega crecía. Los monos saltaban amenazadores alrededor de los agentes, bastante inquietos por otro lado. Entre tanto un guardián corría ya al campo de batalla, con la bolsa. más apenas llegó, uno de los monos se la arrancó de las manos, en tanto que el otro erró apenas un feroz mordisco a su pie. Para colmo, el monito saltó a sus espaldas, y con dientes y uñas arrancó en un momento victorioso girones de su saco. La pronta ayuda de otros guardianes redujo por fin la fogosa familia. 

Como se comprende, los monos son los huéspedes que más dan quehacer a cuidadores y compañeros limítrofes. Un mono de la jaula oblonga, por ejemplo, pasábase todo el santo día fastidiando a su vecino, un hurón. Le arrojaba cáscaras, le tiraba del pelo, a través del enrejado. Tan bien hizo esto que un día el hurón pudo volverse rápidamente y le cogió la mano entre los dientes. Se supondrá el alboroto del mono. Pero el hurón no soltaba; al fin lo hizo. El mono, compungido, pasó el resto del día acariciándose sin cesar su mano ensangrentada.

Otra aventura grave —conyugal y fatal en un todo— fue la del wapiti, el gran ciervo de Canadá. La primavera sienta mal a estos animales, y fue en una de ellas cuando mató a su compañera en una inesperada acometida, clavándole los cuatro pitones de su corona frontal. Bramó todo el día. Hace de esto tres años. Es un animal terrible, que hace bastante prudente el aviso de su establo: "no irritar al ciervo".

En cambio fue muy grotesca la persecución de un zorro por un ñandú. El zorro se escapó y todo el mundo fue tras él. A un ñandú —entonces los había sueltos— le pareció meritorio tomar parte, y abriendo las alas se echó tras el fugitivo. Por cierto, todos quedaron distanciados. Así saltaron jaulas, zanjas, ribazos, hasta un puente en construcción. El zorrito volaba, pero el ñandú lo seguía sin perder un metro. Pocas veces se vio persecución más a conciencia. Por último la bolsa entró otra vez en funciones, y el zorro dentro.

Nuestro elefante tiene, como todos sus congéneres, excelente memoria. No hace quince días, un visitante recibió en su sombrero de copa un monstruoso chorro de agua que solapadamente y sin motivo alguno le echó el elefante. Se encontró,  sin embargo, la razón, y es esta: Hace 4 años, ese mismo visitante ofreció al paquidermo su diario arrollado, y cuando aquel fue a cogerlo, le dio un golpe en la trompa. El animal no hizo mayor caso.

—En seguida me fui a Europa —nos contaba el caballero afligido, limpiando su galera— y he vuelto la semana pasada. Y apenas me ha visto hoy, se ha acordado del diario.

Hay muchas aventuras más, pero largas de contar, a propósito de Menelik, el león vizco que está ahora en el castillo de los osos: odia a los curas. Es cosa probada: no puede ver una sotana sin ponerse hecho el diablo. En cambio, el tigre real, a quien odia, es a su cuidador.

Y las desacreditadas hienas resultan de una afabilidad tan cariñosa, que su cuidador entra en su jaula y tiene tiernos coloquios con ellas, desmintiendo así la cruel leyenda sobre el pobre animal.


Publicado el 25 de julio de 2026 por Brian.
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