Hombres De Sport

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Un distinguido deportista francés que visitó la América del Sur el año pasado, dijo, en correspondencia a un diario local, que los deportes nunca prosperarían como es debido en Sud América, por el excesivo amor propio nacional puesto en juego. Recordaba los viejos incidentes de hipódromo en ésta y en Montevideo cuando se corrían premios internacionales, y los más recientes de Río de Janeiro, durante los juegos olímpicos del centenario.

Y los fresquísimos del campeonato mundial de box —hubiera agregado hoy.

Admitida como evidente esta hipertensión patriótica en el deporte sudamericano, cabe preguntarse a qué razones obedece. Obedece, sin género de dudas, a la circunstancia de haberse limitado y transmutado la higiénica utilidad del ejercicio físico, a un simple espectáculo de combate internacional. Tal footballer, tal boxeador nuestros, no son una u otra cosa, aunque por su nombre lo parezcan; son exclusivamente "argentinos", como los atletas de la otra orilla o de la nación tramontana, no son fuertes muchachos de aclamable energía, sino "uruguayos" y "chilenos", nada más.

Un combate por la supremacía del pabellón (bien ajeno, como se comprenderá, a los rencores que cobija): esto y no otra cosa son los tantos premios, matchs y campeonatos del deporte sudamericano. No existe en ellos el más leve asomo de un torneo de emulación, donde los enérgicos, los madrugadores, los sobrios, los serios, van a demostrar los beneficios de su régimen de vida. No importan ni la bizarría, ni la ejemplar respiración, ni el esplendor vital de los jóvenes en lucha. Sólo se aguarda el triunfo de los compatriotas; sólo se procura atisbar, por bajo de las camisetas, la forma y el color del escudo nacional.

De tal modo son esos torneos espectáculos de combate que, conforme van decreciendo en violencia simuladora de guerra, decrece a la par el agresivo entusiasmo despertado. Y así tenemos, en progresión decreciente, el box, el rugby, el football, las regatas, el footing —que apenas despierta interés.

La "cultura física", de que tanto se habla hoy día en las escuelas y las cartillas patrióticas, muy poco tiene que ver con esas exhibiciones netamente chauvinistas, de las que apenas participa una ínfima minoría. No pretendemos hijos simplemente sanos y fuertes, de sólidos músculos y corazón modesto, cuyo equilibrio de cuerpo y alma realiza el verdadero atleta. No. Queremos a toda costa campeones de corazón ya viciado a los diecisiete años, que educamos todos con la ardiente esperanza de que lleguen un día a conquistar para nosotros un premio internacional.

Atletas de espectáculo: tal es la sola finalidad de esta cultura física. El ejercicio muscular, practicado por su sola necesidad y armonía higiénica, no nos interesa. Del mismo modo que los abstemios de vino en la mesa enferman de alcoholismo en el bar, nosotros los sudamericanos, incapaces de correr treinta metros tras el tranvía sin sofocarnos, estamos enfermos de atletismo.

No es la media hora de insano desgaste por un diploma lo que va a salvar a nuestra raza, sino la actividad muscular de todos y de todos los días, pues ella sola dará y devolverá a nuestro organismo el equilibrio robado por largos siglos de vida unilateral. La marcha diaria, la gimnasia, las vacaciones al aire libre, habituales en otros países, son desconocidas entre nosotros. Resolvemos toda la cultura física en un espectáculo teatral, entre cuatro barreras o cuatro cuerdas, y al que asistimos con la única esperanza de que sea un compatriota nuestro quien obtenga el triunfo.

Durante el reciente match por el campeonato mundial de box, y mientras los teatros y cines rebosaban de un público entusiasta a la espera del resultado del match, no hubo un solo hombre bastante desinteresado para aplaudir el triunfo de un pugilista de la talla de Dempsey.

El señor Mario Estrada, agrónomo distinguido y deportista de nota, contaba una vez las peripecias de sus luchas de box en Estados Unidos, cuyas universidades había visitado por asuntos de su profesión.

—Pues bien —concluyó con entusiasmo—. En todas ellas, en todas las luchas de box que sostuve con los alumnos de las universidades, fui puesto knock-out!

El señor Estrada ignoraba totalmente la nacionalidad de sus contrincantes, no le interesaba saberlo, como tampoco le afectaba el haber perdido sus matchs. Lo que le entusiasmaba era la excelente educación física de aquellos establecimientos, al punto de haber hecho de cada alumno un vencedor suyo. Esto es lo que se llama un hombre de sport.


Publicado el 23 de julio de 2026 por Brian.
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