Horacio Wells

Descubre La Anestesia General

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


La primera víctima del genio suele ser él mismo que lo alienta, No se posee tal capacidad de exaltación mental sin que se posea también, por justo equilibrio, una profunda capacidad de depresión. La divina embriaguez del genio sólo tendría por igual, como estado comparable, las tremendas desesperanzas de las horas negras.

Horacio Wells, dentista norteamericano, no era un hombre de genio; pero tuvo la iluminación, la perseverancia, las angustias y las miserias que el destino concede con tanta largueza a los animados por aquél.

Cuando Humphry Davy, y apenas de veinte años, deslumbraba a Europa con el descubrimiento del primer anestésico, escribió estas memorables palabras: “El protóxido de nitrógeno parece gozar de la propiedad de abolir el dolor. Probablemente sería útil en las operaciones quirúrgicas que no van acompañadas de gran efusión de sangre.”

La conmoción del mundo científico había sido grande, como hemos dicho; pero nadie pensó en utilizar, no ya la sugestión de un fenómeno, sino el hecho mismo, comprobado y flagrante.

En la sombra, sin embargo, estaba Horacio Wells. Subyugado por el genio de Davy, cuyos descubrimientos se sucedían día a día, el dentista americano estudió el protóxido de nitrógeno, preparólo con fines clínicos, y en un hospital de Boston, ante numerosísima concurrencia, realizó la primera experiencia que se conozca en operaciones quirúrgicas.

La operación era leve: la extracción de un diente. Pero por deficiencias de laboratorio, el gas no tenía la pureza debida; de modo que al sentir el paciente el esfuerzo de la pinza, comenzó a dar gritos, aunque nunca tan fuertes como las risas y los silbidos con que el público acogió el experimento.

Fue en vano que Wells quisiera explicar la razón del fracaso. La concurrencia, en medio de una rechifla ensordecedora, lo acompañó hasta su casa, y Wells, destrozado de cuerpo y alma, cayó gravemente enfermo. Durante meses no tuvo conciencia de su estado; y cuando recobró la salud, era apenas un pobre hombre que había cerrado con llave su laboratorio, y al cual no quedaba una sola ilusión.

Ni ilusiones, ni fortuna, ni clientela. Pasó varios años en la miseria más completa, sin otro recuerdo de su pasado que el de las insultantes risas que acogieran su fe en Humphry Davy,

Entre tanto, un médico asistente a la experiencia de Wells había comprendido toda su extensión; y en pos de ensayos más calmos, hizo públicas sus experiencias, que esta vez se vieron coronadas por el éxito más satisfactorio,

La anestesia operatoria quedaba creada, y al protóxido de nitrógeno sucedían el éter y el cloroformo. Habiendo llegado a oídos de Wells que en Europa se llenaba de gloria a Jackson y Morton, por considerárseles los innovadores del método, se trasladó como un espectro a Europa, a hacer valer sus derechos. Visitó, escribió, expuso, rogó: todo fue en vano; nadie le prestó fe. Horacio Wells, su visión profética, su entusiasmo, su experiencia, su yerro, —todo eso estaba bien y definitivamente muerto y olvidado.

Cuando la humanidad se empeña hasta ese punto en ser atroz, a la víctima no le queda sino una sola cosa: morir. Wells abrevió esa agonía abriéndose las venas mientras aspiraba éter, el anestésico que había sucedido al suyo.

Tristes cosas, en verdad. No abundan los cristos, ni sus apóstoles para negarles, al uno, su cruz, y a los otros, el creer en ella.


Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.
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