Inyecciones Mortales

Horacio Quiroga


Artículo


Desde hace algún tiempo la medicina prodiga a diario un agente terapéutico tan violento como extraño en sus efectos, y que antes reservaba para los instantes decisivos en que una enfermedad, manifiestamente grave, ponía a su víctima en peligro mortal. Tal el suero antirrábico, el antidiftérico, antiofídico, antipestoso, etc.

La economía humana, en estos casos, reaccionaba bien o mal, mejor o peor.

No es nuestro propósito, desde luego, sopesar los peligros ulteriores de una inyección endovenosa, ante el ataque a fondo de un microbio o cosa cualquiera, que está a punto de concluir con una existencia. La moral filosófica puede variar aquí de uno a ciento.

Aún más: ciertos contrastes de la vida humana —la mordedura de un perro rabioso, de una serpiente— son agentes, por decirlo así, extraños a la vida del hombre. Asaltaron a éste fortuitamente, en su camino a la vejez o a un límite vital ignorado. No deciden de su destino sino por casualidad, tal como un extranjero puede eventualmente decidir en la psicología de toda una familia.

La inyección, aquí, de suero o de lo que fuere, cumple un cometido tan legítimo cuanto injusta fuera la agresión.

Desde el punto de vista en que nos colocamos, no constituye esta inyección un agente terapéutico, como no fueron enfermedades las mordeduras de perro y de víbora.

Otras objeciones reserva el destino de la especie al uso cotidiano de inyecciones contra un simple absceso, una erupción trivial, un resfrío, una insignificante alteración humoral, que el hombre carga y viene cargando en su ser animal desde el origen de la vida y que le son tan fieles y necesarias para afianzar su especie como el aire puro.

Todo suero inyectado directamente en las venas es un acto de violencia inaudita. Cadáveres de microbios, toxinas de microbios, antitoxinas de microbios arrancadas a otro organismo que logró defenderse de ellas tras meses de dolorosísima adaptación; substancias coloidales, llanos venenos con etiqueta: de nada heterogéneo y extraño a la masa sanguínea se ha dejado de echar mano en esta insegurísima terapéutica contra el viejo equilibrio vital.

El organismo reacciona violentamente con fiebre, desórdenes cardíacos, urticaria, dolores articulares, con los que la sangre humana acusa su intolerancia. No siempre el cuerpo resiste estos choques brutales. Basta por lo demás haber visto palidecer intensamente a un enfermo inmediatamente de recibir uno de estos sueros de anodina fórmula; abrir desmesuradamente los ojos con suprema angustia; sudar verdadera agonía bajo el tumulto de su corazón enloquecido, para comprender la infinita resistencia que la vida del hombre, definida y sola tras millares de siglos, opone a esta especie de microhibridación.

La acción de algunos de estos sueros se manifiesta con violencia casi mágica. Uno de ellos, inyectado en las venas, mata en sólo veinte segundos los microbios que ataca, y que pululaban por billones en la corriente sanguínea.

Perfecta, pues, la función bactericida.

Pero lo que se ignora —porque de la ulterioridad de estos sueros recién nacidos nada en absoluto se sabe— es qué reacciones obscuras se desencadenan ante ese shock en la masa circulatoria. Ignoramos qué nobles elementos de la sangre no mueren a la par del microbio intruso, o degeneran, o sufren un desequilibrio funcional que no advertimos todavía, pero del que las generaciones futuras sentirán los efectos.

Pues este es el problema que se ofrece: ¿Qué destino aguarda a nuestros hijos, inhabilitados día a día para la lucha de selección individual; modificados, disminuídos hora tras hora en su abierta resistencia contra la enfermedad, que el organismo viene desarrollando a través de los siglos por la inmunización natural, única inmunización, único suero que ha impedido hasta hoy, al cambiar el hombre de ambiente nativo, la degeneración absoluta de la especie humana?

Si el hombre se ha afianzado y ha persistido en el medio más hostil a la vida que se conozca, que es la vida misma, es por haber actuado desnudo en ella, sin más protección que su resistencia adquirida tras los contrastes. El hombre no ha prosperado en la Tierra eludiendo la enfermedad, sino luchando con ella. El individuo de tan agotada naturaleza que no pueda reaccionar libremente contra una grippe primaveral, un panadizo o un resfrío, no es más que una célula degenerada en el organismo de la especie, y ésta nada espera de él.

Ante la especie, cuya existencia se pone en juego, estamos desviando su destino, sosteniendo con sueros endovenosos a los menos aptos, a los constantes enfermizos, por haber perdido ya las tres cuartas partes de su vida. Estamos poblando la tierra de semimoribundos, de semicadáveres, pero capaces, todavía, de descendencia.

Venimos substituyendo la selección artificial, foco de muerte de las especies, a la selección natural. La acción purificante de las grandes pestes que diezmaron a la humanidad, eliminando a los débiles y robusteciendo a los fuertes, la sentimos ahora en nuestra aumentada resistencia a esas mismas plagas. Pero si con medios artificiales nos empeñamos en perturbar, trabar y viciar hasta en lo más recóndito de nuestra vida esas defensas hereditarias, llegará un día en que la voz de la especie se levantará ante el pueblo de muertos a medias que le hemos legado. Cuanto ha hecho el hombre para abolir la propagación de su raza, ha resultado estéril. Puede que un día la especie comience a defenderse accediendo a su deseo.


Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.
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