Por tres veces, detrás de la alquería,
era grata a mis manos tu pereza;
el sol se hundió, dorado de tristeza,
en un rayo glacial de hipocondría.
La campana sonó el Ave María,
llenóse de balidos la dehesa,
y los bueyes volvieron la cabeza
lentamente, a aquel cielo de agonía.
La tarde descendió, con luces raras,
á tu triple collar de perlas claras.
Bajo los rumorosos naranjales
miramos sin pensar el dios de yeso,
y en el leño sonámbulo de un beso
grabamos nuestras mutuas iniciales.