Jazmines Y Langostas

Horacio Quiroga


Cuento


Mi ausencia había durado quince años. No es así de extrañar que a mi regreso hallara la meseta en que se levanta mi casa convertida en capuera por la invasión de pajas y arbustos, allí donde era dogma que el vasto círculo comprendido entre las palmeras debía lucir sin un solo yuyo.

La varita de bambú que plantada en 1910 había arrastrado una miserable vida hasta 1917 sin alzarse un milímetro más, había logrado al fin adaptarse a la estéril arena, y cuando regresé, se había apoderado ya de media hectárea, asfixiando y aniquilando entre sus inexplicables rizomas, damascos, chirimoyas, higueras, nísperos y bastantes cosas más. Lo que dejé quinta en tierra árida se había convertido en selva de Java. El bambú había avanzado hasta la meseta invadiéndola en gran parte, no obstante el mineral de hierro del subsuelo. Afuera del macizo, largas filas de cañas denunciaban la marcha recta y obstinada de los rizomas de vanguardia.

¿A dónde iban? No sé; pero hubieran alcanzado el Paraná, de dejárseles la marcha libre.

De los mandarinos y naranjos apenas quedaban rastros. Huelga para explicar esto el abandono de quince años al verdadero y legítimo propietario de Misiones: la hormiga minera.

A la mañana siguiente de mi llegada hice inventario de mis bienes. Quedábanme 40 palmeras, 6 eucaliptos, 2 guayabos, 2 parras, 12 bananos, y muy particularmente un jazmín del país y una bignonia, de cuya existencia corresponde hablar luego con mayores detalles.

Tocábame, pues, rehacer mi quinta y mi jardín, que es lo que estoy haciendo.

Pero en el desastre había ganado algo de valor imponderable, según pude apreciarlo esa misma siesta de fuego: el bambuzal invasor y amenazante, que con sus cañas de veinte metros de altura y la densidad umbría de su follaje había trasformado mi árida meseta en una selva malaya.

Java; ésa es la impresión que sugiere y que yo gocé hondamente ese atardecer al renovar mi balance ante su lóbrega silueta crepuscular.

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Tenía que luchar de nuevo, rehacer, plantar, vigilar y carpidear todas las mañanas al único gran enemigo: la hormiga minera.

Dos esencias, sin embargo, salvadas por milagro de la hecatombe, atraían mi solicitud. Ellas son dos enredaderas: el jazmín del país y la bignonia indígena a que he hecho referencia, y que revisten las paredes Norte y Oeste de nuestra casita de piedra.

¿Cómo y por qué aquellas dos plantas abandonadas a la mano de Dios durante quince años habían logrado resistir a la devastación de la hormiga y del diente de los caballos? Hasta hoy lo ignoro. Más aún: ambas habían crecido en razón de los quince años transcurridos, al punto de que todo su vasto follaje era una constelación de estrellas blancas y soles anaranjados.

Tal era mi bien preciado que yo debía en adelante defender a toda costa de alimañas, hormigas y sequía. Mas esta hidra de tres cabezas, capaz de poner frío en el corazón de un plantador, convirtióse en un dulce ensueño cuando en el horizonte del país apareció la CALAMIDAD con todas sus mayúsculas, en forma de langosta.

* * * * * * *

En Misiones desconócese casi la existencia de este ser. Cada quince o veinte años se han visto algunas, a guisa de mera curiosidad. Mas en 1933 invadió el cielo, se asentó, desovó, crió y devoró la región. Y a mí me tocó por primera vez en mi vida ver el demonio.

Nadie que no haya tenido necesidad de luchar contra la langosta con sus pies, sus manos y todos los recursos de la inteligencia, puede apreciar hasta qué punto ese animal constituye un ejército enemigo que nos trae la guerra.

Como en una humana guerra, al principio no prestamos crédito a las graves noticias que nos llegaban de la frontera (para nosotros, Santo Pipó y Gisela). Días después, como aquéllas persistían, despachamos algunas avanzadas con lanzallamas y palas, las que tuvieron que replegarse, desbordadas por el enemigo. Corrimos todos entonces a la línea de fuego —con fuego, puede creerse— en un país de monte. Pero a nuestra vez debimos retroceder, zaheridos, lastimados, arrollados por el triunfante invasor. Sus alas nos desbordaban de tal modo que la retirada de nuestras tropas se convirtió en un simple desastre. Cada cual se replegó a su posesión, no ya a defender sus propias plantaciones (tarea absurda), sino su propia casa.

A mí me tocó así defender la meseta, tras la derrota que nos infligió el enemigo en el naranjal, después de tres días de incesante lucha en que nos turnábamos para ir a comer a la carrera y regresar en igual forma, con un pedazo de pan aún en la mano.

* * * * * * *

En un principio se nos había asegurado que la langosta no camina a la sombra ni entra en el monte. Doble mentira que nos hizo perder un tiempo precioso cuando pretendimos detenerla cerrando picadas y abriendo otras de derivación, con tanto éxito como las trincheras de fuego encendidas en el bosque y con bosques enteros. Una vez que las langostas caminaron de noche, entraron en el monte, pasaron las líneas de fuego por arriba, por abajo y por todos lados, y retomaron finalmente el obstinado rumbo al Sur de que las habíamos apartado momentáneamente. Entonces lo abandonamos todo para ir a librar, si esto era aún posible, nuestras propias casas.

De esa manga, la más terrible que haya cruzado el país, habíamos tenido noticias siete días antes de entrar en contacto con ella.

—Está a cuatro kilómetros —nos habían dicho—. La cabeza pasó ya el Pesiguero.

—¿De modo que estará aquí?...

—De aquí a siete días.

Era exactamente lo que yo había calculado: 600 metros de marcha por día. Punto por punto, pude localizar el avance diario de las tropas. Llegaron por fin al naranjal del monte, con las consecuencias apuntadas. Y horas después de nuestra retirada surgían de la picada que conduce al camino al Puerto Nuevo, frente a la meseta.

En el intervalo, yo había dispuesto mi plan estratégico, pues me permito llamar de nuevo la atención sobre esto: la langosta, en estado de saltona adulta y decidida a avanzar, constituye una entidad guerrera a la que es preciso combatir como lo que en realidad es: un ejército y no una horda voraz de estúpidas bestias. Necesitaba yo contenerlo frente al camino mismo, pues su rumbo lo llevaba irremisiblemente a escalar la meseta. Para ello, esa madrugada despejé de piedras la carretera en una extensión de 300 metros, y cuando ya entrada la mañana las avanzadas llegaban al camino, yo descendía de casa con el coche, dispuesto a cerrar el paso a las tropas.

La langosta —y éste es su único punto débil como combatiente— es asustadiza. Las vi en esa campaña amontonadas a billones a la vera del camino, sin atreverse a cruzarlo ante el temor de los camiones que de largo en largo pasaban por allí.

Yo aproveché la lección. Y esa mañana me di a recorrer el frente de 300 metros a marcha lenta y con el escape libre, sin volver siquiera el coche: marcha adelante y marcha atrás, minutos tras minutos, horas tras horas.

Las gentes que me vieron en esa ocasión quedaron un poco atónitas ante mi absurdo vaivén.

Un peón, después de contemplar por diez minutos aquello, me gritó:

—Y... es que van a pasar, patrón…

—No pasarán —contesté yo, a tiempo que aceleraba la marcha para contener una de las alas que a favor del sol inundaba a brincos la carretera.

Una hora todavía continuó la maniobra, en un mediodía desesperante de calor, a cuyo fuego sudábamos con el mismo vapor yo y el radiador de mi coche.

Pero no pasaron. Fuera de la trocha de 300 metros azotada por el fragor del escape, las alas de ejército enemigo desbordaron ciertamente, pero el frente estaba roto en dos mangas oblicuas a la meseta.

Fui con todo a almorzar a escape dejando allá abajo el coche con el motor en marcha, con cuyo arbitrio tal vez tuviera tiempo de comer una mandioca asada y unas bananas sin atragantarme.

Pero no lo conseguí. Sin ver aún nada, un frémito bien conocido me lanzó al borde de la meseta; y allí, detenido bruscamente ante mi presencia, con sus grandes ojos de caballo fijos en mí, estaban las langostas tendidas en un frente de batalla de 300 metros, tal y exactamente como si allá abajo mi pobre coche no prosiguiera zumbando y agonizando entre nubes de vapor. Toda aquella gente continuaba detenida, sacudiéndose convulsivamente sobre las patas, de arriba a abajo. Sabían perfectamente que me traían la guerra y que yo estaba allí para combatirlas. Ambos lo sabíamos. Y tras los breves segundos de doble ultimátum, la batalla se inició.

Llegaba felizmente a casa en esos instantes un albañil que finalizaba ese día un pequeño trabajo. A escape (con tal ritmo se hizo todo en aquellos días), con dos largos bambúes comenzamos a recorrer el frente Norte de la meseta, barriendo su cresta a cañazo limpio que lanzaba en turbión al aire langostas y pedregullo.

Sosteníamosnos pasablemente recorriendo el frente, uno y otro en sentido contrario, y las cosas iban bien mientras las nubes cubrían el sol; pero apenas salía éste, las langostas abrasadas se lanzaban a saltos adelante, pese a las cañas, pese a todo, pues la especie de que la langosta prefiere el sol para caminar, puede ser cierta en el centro del país pero no en el Nordeste tropical. Aquí camina, se distrae y come bajo una nube protectora; pero apenas reaparece el sol y enciende la tierra, avanza a largos saltos de violencia incombatible.

El albañil y yo sosteníamosnos bien que mal en los minutos nublados, y a cada golpe de sol éramos desbordados y teníamos que retroceder para rectificar la línea, cuatro o cinco metros atrás.

De tal modo, cambiando de caña cada media hora, doblados constantemente para barrer el enemigo a ras del suelo con toda violencia, cediendo paulatinamente terreno, con un ojo en las langostas y el otro en el cielo, la tarde pasó. Exhaustos y empapados en sudor, el albañil y yo nos dejamos caer sentados a contemplar nuestra obra.

Era bien pobre. El enemigo nos había arrollado al fin, había alcanzado el jazmín y la bignonia, y el bambuzal entero estaba en su poder. A favor del crepúsculo, las langostas trepaban a dormir en las plantas en haces verduzcos que engrosaban las ramas y destellaban fríos reflejos de reptil.

El tiempo, ya muy pesado desde mediodía, se resolvió durante la noche en fuerte temporal del Sur —lluvia y viento— que enfrió la atmósfera por tres días y que inmovilizó a la langosta en los árboles.

Cuando el tiempo abrió por fin, las tropas prosiguieron su marcha; pero los rayos del nuevo sol habían entrado en mi corazón: ni una sola hoja del jazmín y la bignonia había sido tocada. El bambú estaba asimismo intacto.

Setenta y dos horas de dieta voraz no habían alcanzado a vencer la repugnancia de la langosta por dichas esencias, posiblemente venenosas para la especie.

Con el buen tiempo, el enemigo prosiguió su desfile, y nuevamente mis plantas le sirvieron de hambriento refugio nocturno. Pero yo ya dormía tranquilo.


Publicado el 4 de agosto de 2026 por Brian.
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