“Jazz-Band” Latina

Horacio Quiroga


Artículo


En pos de la oda con que a comienzos de la guerra mundial Rudyard Kipling cantó las esperanzas de fusión de Inglaterra y Francia ante la barbarie que representaba el imperio germánico —ha llegado por fin la hora, dijéronse los ingleses, de que esa raza decrépita asimile de nosotros fuerzas vitales. —Este es el momento, repitieron los franceses, de refrescar con una gota salvaje nuestra sangre supercivilizada.

Francia, bien se sabe, no necesitaba energías guerreras, pues el valor ha sido siempre patrimonio de las razas en decadencia. Hacíanle falta ideales más frescos, más próximos, más serios, como la vida cotidiana que marcha a nuestro lado. La ciencia gala no merecía sino elogios. La inteligencia, como el valor, permanecían incólumes.

No pasaba lo mismo con el espíritu, cuya expresión práctica, por decirlo así, se resuelve en la comprensión de la vida, y cuya parte lírica se expande en alas del arte.

Imputábase al arte latino su caducidad, manifiesta en su retorno a lo infantil, para la escultura y la pintura; en su culto por lo "épatant", para la música; y en su exotismo de cromo, para la literatura. Poseíase la obsesión del arte, y a él se ajustaban los principios de la existencia, del honor, de la felicidad, y de los siete pecados capitales. Fenómeno poco raro, en suma, si se considera que en la declinación de las razas el sentimiento de la vida al corromperse se descompone en arte.

La guerra prosiguió y concluyó. Contra lo esperado, no se asentó sobre la tierra latina la nube de fe regeneradora que amenazaba invadir desde los primeros días de lucha. El honor de los pueblos chicos no se salvó, ni la decadencia fue contenida, ni la libertad se vió libre.

Pero en medio de la orgía de la raza con que los nuevos ricos y los nuevos filósofos de la espada —ideología de cangrejo que la guerra fraguó sobre diez millones de cabezas truncas,— una sola gota de sangre regeneradora, bárbara y salvaje, persistió sin secarse sobre la senecta tierra latina. Esta gota fué la "Jazz-band".

La "Jazz-band" no es música. Por no haberlo comprendido así, se ha lanzado sobre la pobre "Jazz" los espectros vengadores de Beethoven, Wágner y aun Debussy... Pero si no es música, es algo mucho más importante: es un tónico del alma, un estimulante de la vida tal cual es, de la alegría simple de ser y estar, y a un millón de leguas, por tanto, de la excitación artística, malsana cuando se vive exclusivamente de ella, como es la excepción, y mezquina e idiota cuando se la simula, como es lo normal en el novecientos noventa y nueve por mil de los casos.

Pero, simulándola o no, la raza latina paga tal tributo al arte que ha debido recurrir a su porvenir mismo para oblarlo. Pasado un límite que en las razas como en los individuos no puede salvarse sin peligro, el arte puede vivir aun de nombre, pero a costa de la sinceridad natal. Las gentes que no pueden ya gustar de la Naturaleza sino en las decoraciones de teatro; los que sólo hallan las armonías de color en los cuadros; los que corren a arrobarse ante una quena escuchada en un salón, y los que se pasman de goce ante el estilo literario, todos los que han sobrepasado los límites de la sobriedad mental, como se sobrepasa la satisfacción de vivir por medio de un alcaloide, todas esas gentes están viciadas de arteísmo.

No sabemos si en Estados Unidos, patria de la “jazz-band”, se creyó nunca que ese gesticulante e híbrido producto de música y hombre, fuera cosa distinta de lo que es. Probablemente, no. De los negros, los yankis asimilaron a su lucha, a jornal, ese sano excitante a la risa, al salto y al olvido. Así, mientras las razas rubias y prosaicas comprendían que en las notas musicales puede haber tantos elementos de vida como de arte, las razas morenas y poéticas proseguían simulando arte en los más ligeros aires musicales, con canciones galantes y patrióticas, en el norte, y lloriqueos filosóficos en el sur.

De todo, incluso de la sencilla satisfacción de sentirse alegre, la raza morena ha sentido la obsesión de hacer arte, y desvía todas sus fuerzas en ese sentido. Tal cultura concluye por matar al arte mismo. Es sabido que en Francia no hay persona que no sepa escribir bien, con soltura y elegancia. Todas las cartas, sin embargo, provengan de un escritor o de una alumna, se parecen; todas beben en la misma fuente y tienen igual fin de expresión. Este culto a la expresión, dicho estilo, vale decir la frase falseada, ribeteada, anodina y cobarde, es el primer oficio de esa liturgia de decadencia.

Durante un instante pudo creerse que el amor al infantilismo negro en pintura y cerámica era una simple manifestación de buen humor en sangre rejuvenecida. Pero no; con la fatal manía de la raza, se observó, se analizó, se proclamó y se adoptó como arte íntimo lo que no era sino un elemento decorativo muy fresco y muy alegre; pero nada más que eso.

De acuerdo con la misma línea maníaca, se adaptó a la orquesta la máquina de escribir, por considerar que su golpeteo expresaba musicalmente toda el alma urbana.

Simulación o no de arte (y otra vez volvemos a este tic de la raza), arte negro y nueva emoción musical, prueban la debilidad de aquélla para sentir cuánto la vida actual, como las anteriores en su momento, tiene de eterno, nuevo y fresco.


Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.
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