Para salvar al cine de la bancarrota a que lo llevaba el film mudo, las empresas cinematográficas crearon la industria del film parlante, sin pensar que la antigua industria caía por ser precisamente lo que se acababa de inventar para su salvación: una industria.
Entendámonos. La expresión antes citada no implica un cargo fundamental contra la fabricación en serie de películas, medianas desde luego, y al alcance de los gustos más modestos, por ser en serie. Toda producción copiosa, en mecánica como en arte, acaba por industrializarse, y en boca de todos está el grito levantado desde hace más de una década ante la derivación del teatro hacia un género que por estar cortado con un solo patrón, excluye la individualidad anárquica, alma de todo arte.
La superproducción del cine, forzando a los autores a repetirse, y al público a aceptar historietas estilizadas, sosas y cursis, no hubiera bastado, sin embargo, a determinar la agonía del cine mudo, si otros factores de orden más elevado no precipitan aquélla.
Dos entre ellos merecen singular atención. Y en ambos debe buscarse el disgusto, el desgano y la vaciedad que dejan la inmensa mayoría de las cintas de hoy.
El primero de estos factores es de orden exclusivamente artístico, y toma su origen en un noble triunfo del cine, cuando creó, por primera vez en el arte de representación, el perfecto ajuste del actor al personaje. Mientras el teatro confiaba el papel de una virgen locuela de diecisiete años a cualquier madurísima primera actriz, de alma y rostro maltratados por los años, el cine escogía escrupulosamente, entre cien estrellas de aquella edad, la damisela que por su físico y su modalidad mental podía encarnar triunfalmente el personaje creado. Desaparecieron del estudio cinematográfico pelucas y postizos. Buscóse por todo el ámbito del mundo tipos de carácter para los héroes, y sujetos de sonrisa fisgona, para los villanos.
Constituyó esta la obra fundamental del cine, en punto a caracterización. El peligro, sin embargo, estaba tan cercano, que se cayó en él sin que nadie casi se diera cuenta. Las historias sentimentales, tan caras al cine, exigían, a juicio de las empresas productoras, papeles de jovencitos en el primer plan. Extremóse la poca edad, la donosura y la belleza de esos héroes del amor, y en menos de lo que se tarda en decirlo, traspasóse el límite artístico que deslinda al personaje de su intérprete. No se tuvo más en cuenta al actor de carácter, sino al hombre o a la mujer que, disimulados tras el personaje que interpretaban, guiñaban amorosamente los ojos ante la cámara. Del día a la noche desaparecieron el admirable primer actor, aunque tosco, y la ardiente primera actriz, aunque fea, para ceder el paso a hermosos jovencitos de ambos sexos, pintados ellos como mujeres, y ellas como hombres, y cuya actuación no tenía otro objeto que arrancar a las salas suspiros de admiración. A esto se llegó con el film mudo, y persiste con el musical. Mucho más que la escasez de novedades dramáticas, es esta foire de beauté la causa de la depresión actual del cine. Sólo un público muy joven o ya demasiado viejo puede hallar arte en tales efectos.
A este aspecto de decrepitud imperial —llamémosla así—, en un organismo que no cuenta sino veintitrés años de existencia, agrégase la curiosa moral sostenida en un alto porcentaje de las cintas. En miles de ellas la joven protagonista, modesta empleada, dechado de virtudes que lee a Emerson, sólo aspira, en verdad, a frecuentar los dancings de lujo. Tal nos lo hace creer, y confirma, el final del drama, pese a la psicología de la heroína esbozada en las leyendas.
En cierto film dramático, Norman Kerry y Virginia Valli, el protagonista, hombre de mundo y de generosos sentimientos, ofrece a la empleadita que ama hacerle conocer siete días de suprema felicidad. Realizan ambos la insuperable dicha... recorriendo siete distintos cabarets de tono, a uno por noche.
¿Pero no existe para una muchacha honrada, buena y pura, otra promesa de felicidad que lanzar a la una de la mañana serpentinas mojadas en champaña? ¿No conciben los autores dramáticos un destino más alto para sus heroínas de alma y voluntad templada? ¿No se abre en Estados Unidos (de donde procede aquella cinta) otro porvenir al ensueño de su vírgenes nombres, que está triste vanidad, a la que autores, decoradores, cameramen, directores y empresarios prestan sus fuerzas y millones?
Sí, existen, sin duda, aunque no lo trasunte la pantalla. No indigna la elección de jovencitos insignificantes para los dramas del film, y menos el derrotero ineludible del cabaret. Lo que duele es que se desvirtúe hasta ese punto la caracterización artística que el cine había llevado a su esplendor, y que se falsee el sentido moral de la vida hasta hacerla naufragar, con el rótulo de felicidad suprema, en los dancing de Nueva York.
