Que sepamos, es esta la primera vez que, con la adaptación de Sin beneficio del clero, Rudyard Kipling aporta su contribución a la pantalla.
La obra lleva por nombre El nido deshecho. Para filmearla, se han incluido en el cuento original personajes accesorios, escenas complementarias y leyendas que no figuran en aquel.
Ahora bien, Kipling tiene una personalidad demasiado viva para que a un adaptador cualquiera le sea permitido crear personajes, escenas y modos de decir kiplinianos. Basta a este respecto recordar una anécdota.
Los hermanos Téraud, franceses, hicieron protagonista transparentísimo de una novela suya al mismo Kipling. La novela se titula Dungley, escritor, y fue premiada por la Academia Goncourt. Se desarrolla en Sudáfrica, durante la guerra anglo-bóer, cuya campaña siguió en efecto Kipling sobre el mismo terreno. Tuvo la obra gran éxito, y lo que menos se dijo es que, a pesar de haber calcado los autores a un personaje real, habían creado también un personaje con su arte. Este arte, por lo demás, se asemejaba mucho al del mismo autor retratado.
No insistiremos sobre esta semejanza... francesa. Cada cual es dueño de entender el arte de un escritor a su manera. Pero lo que es más evidente es la poca gracia de los señores Téraud para hacer hablar a Kipling. Todo lo que Kipling dice en la novela —y dice mucho— no da sensación alguna de que pueda haberlo dicho el escritor anglo-hindú. Tropiezan aquí los hermanos novelistas con la misma dificultad que sienten para escribir a lo Kipling, pues no es tarea liviana para dos escritores de las orillas del Sena interiorizarse con los aspectos de naturaleza y de vida de un país que no conocen y analizar impresiones de alma que ignoran en absoluto.
En El nido deshecho se incluyen ciertamente algunas leyendas tomadas textualmente del texto de Kipling; pero no bastan ellas para salvar las deficiencias de la adaptación. Solamente un gran escritor es capaz de traducir a otro gran escritor —se ha dicho más de una vez. Y mientras a estilo de los Curwood, Rex Beach y otros, Kipling no modifique él mismo la presentación de sus novelas para adaptarlas a la pantalla, los Nido deshecho no se diferenciarán en nada de las pasables historias anónimas del filme.
Las Camelias Blancas. —Cuando el señor Carlos Chaplin, recién casado con la señorita Harris, visitó Inglaterra, no hubo en los diarios londinenses comentarios bastantes para festejar la importancia que en la vieja Albión tenía en aquellos momentos la presencia del gran filósofo de la risa. La señora Milred recibió también de la prensa femenina homenajes igualmente vivos, aunque mucho menos cordiales. Cuestión de celos, tal vez, pues son del dominio de todos las simpatías que el filósofo millonario encuentra en el bello sexo.
"En aquellos momentos" a que aludían los diarios, la política inglesa pasaba por trances de amargura y desencanto. La presencia de Chaplin venía a ser así un mensajero de sana vida, un soplo de rehabilitación, la revancha, en fin, de la alegre filosofía de la vida.
Ignoramos la influencia que en la política inglesa tuvo Carlitos en aquellos días. Sí conocemos la que su matrimonio tuvo entre nosotros, en razón de que para las niñas más o menos jóvenes no había entonces héroe comparable a Chaplin, ni envidia más aguda que la despertada por Milred. Ahora tornan los mismos comentarios ante el análisis de los diarios comentarios en la prensa:
"Carlitos ha solicitado la mano de Pola Negri, la que, habríase resistido a concedérsela".
¡Alabado sea Dios! Mas al día siguiente, con ligera variante para nosotros, pero inmensa para las lectoras de cine, llega otro telegrama:
"Afírmase que Pola Negri reconsideró anoche la solicitud de Carlos Chaplin, que ha pedido su mano".
Y he aquí que a este fin de año ignoramos todavía a qué hora más o menos avanzada, en qué instante de gozo trascendental, la hermosa Pola Negri decidirá aceptar la mano del filósofo, para ir enseguida juntos a desquiciar o confortar de nuevo la salud pública inglesa.
Esta honda preocupación femenina por la mano de Carlitos tiene su origen en un error de miraje. Ante todo se le desea, claro está, por la fortuna del joven, y por la vanidad que el casarse con tal archi-célebre personaje trae aparejada. Pero las damas que sueñan con Carlitos se ríen aun soñando: es el miraje del esposo enormemente divertido, eternamente alegre, lo que dispone con tal fuerza en su favor. Joven, buen mozo, riquísimo, gracioso hasta hacer reír: nada falta al milagroso héroe... a no ser las impresiones que sobre el particular guarde la divina Milred.
Esta agitación por el caso Pola-Carlitos trae a la memoria otro instante de angustia similar. Hace algún tiempo, y hallándose Dorothy Dalton una noche que cumplía años en su palco del Strand de Nueva York, recibió como obsequio un gran ramo de camelias blancas que le enviaba su divorciado esposo, Lew Cody.
Recordamos perfectamente bien la zozobra que en la prensa del cine y en los conciliábulos de las casas de familia despertó el inesperado acontecimiento.
¿La pretenderá todavía? ¿O se trata solo de una galantería entre compañeros del oficio? ¿O le envía camelias blancas como homenaje a la eterna pureza de ella, Dorothy, y a la no menor de la propia alma de él, Cody? ¿O tal vez —quién sabe— los esposos divorciados cierran los ojos una sola vez al año ante la aturdida ley que los separó, y bajo la guarda de un gran ramo de camelias blancas sueñan por una noche entera que están recién casados?
Nunca pudo esto dilucidarse; como acaso no se decida nunca la señorita Pola Negri a conceder la extremidad de sus dedos a su adorador. Y nuestra zozobra continuará, si bien con la esperanza de que bajo la sombra de otro ramo de camelias blancas Pola y Carlos sueñen una noche que se adoran, aunque no se hayan casado...
El Lamentable Destino de un Viejo Traidor. —Durante largo tiempo Lon Chaney tuvo el buen gusto de preferir los papeles antipáticos a los de héroe sentimental, por las mismas razones que hicieron exclamar a Holt:
"Porque estoy cansado de ver constantemente en primera línea en el cine a galanes buenos mozos cuya preocupación consiste en enloquecer a los sastres para que sus smokings no tengan una sola arruga, y en ofrecerse después desde un palco, la noche del estreno, a las miradas de miel y fuego de las espectadoras".
Más o menos, estas fueron sus palabras. Y con gran placer de los hombres, Jack Holt hizo uno de los más enérgicos traidores con que hayamos contado en el cine.
Ambos, Jack y Lon, hoy han cambiado. Se les ve más a menudo en papeles de hombres buenotes, puro corazón, y este cambio constituye, respecto del primero, uno de los más grandes desaciertos de los directores de cine. Holt no vale de galán lo que vale de antipático; pero como posee el don y la expresión de la simpatía, sale muy bien librado en cualquier papel.
No es el caso de Chaney. Un hombre de su energía de facciones, de la socavada irregularidad de sus rasgos; de su capacidad de insolencia y abyección en la sonrisa, no hace bonita figura llorando de generosidad. Tras una carrera muy larga en compañía de Stowell y la Phillips, una empresa lo lanzó en El hombre milagroso, en un papel de gran efecto, que repitió luego y anuncia repetir en un próximo filme. Chaney hacía allí de tipo baldado —y a la perfección.
El hombre vale algo más sin embargo que por su facilidad para torcer las piernas, y está fresco aún el recuerdo de su actuación en Fuera de la ley, con Priscilla Dean. Es insensato disfrazar a Mefistófeles de arcángel, y encomendar a William Hart un papel de angélico pastor, como en una cinta de feliz memoria. Cada vez que se requiera un tipo de ojos atravesados, con una galerita plomo sobre un mechón de pelo, escarbándose los dientes y sonriendo con la más abyecta sonrisa que quepa en ser humano, Chaney es de los contados actores capaces de encarnarlo a perfección. Arrancado de esto, poco o nada vale. La naturaleza dotólo de un rostro cuyas más intensas expresiones son motivadas por los malos pensamientos. Puede ser el hombre bueno y noble hasta no pedir más, como puede también serlo Von Stroheim. Pero los ojos de ambos expresan mal puros sentimientos, y a maravilla los de un hombre vil. Y esta expresión es la interesante en ellos.
