A la forma inmortal. Las ondas curvas
Del cerebro comprimen un abismo.
Hay estrofas revueltas en su fondo
Y un monstruo: la palabra, que es el ritmo.
Lucha sin paz ni gloria ni caída
Cuyo estigma se graba en el delirio.
El pensamiento arrastra como túnica
Todos los cienos de su origen; lirios
Manchados por las heces de un perfume
Que han desflorado los pasados siglos,
Y cuyas hojas de gastada esencia
El cansancio salpica de fastidios.
Tras la pura intención, el vil pecado;
Tras las ansias de luz, el atavismo;
Y el origen sin forma de la célula
Salta audaz a la forma del camino.
¿Y el amor? Secreciones bondadosas.
En el fondo de histéricos idilios
Hay una gota amarga de fosfato
Que acusa la impureza de los filtros.
La misma vibración graba en los nervios,
La altivez de un incesto o de un martirio;
La misma crispación pone en las celdas
El germen de una infamia o de un castigo.
La novedad robando viejas túnicas
Infarta la ilusión de un nuevo ritmo,
Y anuncia la infección de viles células
Que emponzoña el endémico atavismo.
La palabra gotea por sus letras
El color impotente de su símbolo—
—Aurora sin canción y sin Oriente,
Madrugada, sin sangre, de los tísicos.
