La Avispa Colorada

Horacio Quiroga


Cuento, Artículo, Crónica


Mortal por mortal, el veneno de la avispa colorada lo es en mayor grado que el de la víbora. Si no lo parece, es por la insignificante cantidad de que aquélla dispone. Pero si en vez de una gotita microscópica, la avispa inyectara con su aguijón cuatro o cinco gruesas gotas, como las víboras comunes, o veinte y más, como las grandes yararás, otro sería el porvenir de sus víctimas.

Pocos animales, por lo demás, tan bien dotados para la batalla como la avispa colorada. Ni el león ni el tigre dan, en su recogimiento de resorte al saltar, la impresión de ataque de la avispa cuando, presta a disparar desde el borde de su nido, clava los ojos inmóviles en su agresor.

Fuera de su avispero, donde sus funciones de familia la exasperan hasta la ferocidad, la avispa que nos ocupa es más bien un manso insecto.

En las grandes épocas de sequía, nuestra casa en Misiones se veía asaltada por todas las avispas del contorno, en procura de agua.

Los baldes al lado de la cocina zumbaban por fuera y dentro; y en la mesa, a la hora de comer, los vasos parecían rayados por las avispas que ascendían por sus paredes y bajaban cabeza abajo a beber en ellos.

No nos molestaban, acostumbrados como estábamos en el trato con los animales a no hacer con ellos movimientos bruscos. Alguna vez, sin embargo, al tender nuestro dedo salvavidas a una avispa que sobrenadaba girando sobre sí misma, fuimos picados por la avispa, que se aprovechó ansiosa de nuestro dedo, y nos clavó el aguijón, —todo en uno.

Como las condiciones de nuestro bungalow nos mantenían al principio gran parte del día en las escaleras, para concluirlo a martillazos, y las avispas colgaban del corredor sus nidos chatos, cribados y resecos, como torrejas de cartón, nos vimos obligados a llegar con ellas a un modus vivendi que trajo paz a casa.

El secreto consistió en hablar a las avispas, explicándoles de cerca y con manso tono, la necesidad de martillar en tal clavo, de desviar tal alfajía pesada de avisperos, todo con el tono persuasivo y sereno con que puede uno dirigirse a un ser superior.

Las avispas, abalanzadas todas sobre el borde del panal y prestas a lanzarse, no comprendían una palabra de nuestro discurso, —cualquiera lo cree;— pero comprendían el tono de la voz; y este tono tranquilo, sin agresión ni temor alguno, era el que las mantenía vibrando sin atacar, mientras nosotros continuábamos aproximando la mano hacia ellas, a compás de expresiones de este valor:

—No sean zonzas... No les queremos hacer nada... Esténse quietas... ¡Cómo si el mundo se fuera a venir abajo por tocar sus ridículas alas!...

Sin más que esto, lentitud de movimientos y llamados a la persuasión, llegamos a pasar la mano a las avispas coloradas en su propio panal.

Un joven inspector de estaciones meteorológicas que asistía un día a nuestro manejo, expuso con serena confianza que él haría lo mismo, sin conocer mucho ni poco el país. Llegó, en efecto, hasta el nido de avispas; pero fue cruelmente picado.

El joven meteorólogo era criollo, y fumaba grave y científicamente una pipa de inglés. Esto sin duda explica la irritabilidad de las avispas, que no comprendieron ni el tabaco ni a su fumador.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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