Dios llamó a San Pedro y le dijo:
—No sé lo que pasa en el infierno. Deben de haberse vuelto locos allá. En todos los sectores no se habla ni se discute de otra cosa que de la chusma. Es un clamor que no cesa noche y día; el mismo Luzbel no sabe ya qué hacerse. Haz un rincón donde puedas y ubícame en él a todos los individuos de esa categoría. Así quedaremos tranquilos.
Buscando bien San Pedro halló el rincón deseado y abrió su recinto a la chusma de todas las especies y edades. La algarabía que se levantó allí fue espantosa, pues al fin se hallaba toda la chusma junta. Pero la nota llegó al verdadero escándalo cuando hizo su entrada en tropel la chusma democrática.
Ustedes la conocen bien. Es la chusma de la demagogía y el electorado. Componían esa chusma los analfabetos disimulados, los mentecatos de primeras letras, los arrivistas sin decencia que a la hora del éxito no lograron limpiar sus monedas y sus sueños del fango natal. Los desvalijadores de las bibliotecas al aire libre, los matones y los compadres. Los aduladores de las más tristes lacras nacionales. La chusma de las manifestaciones, de los tranvías, de los deportes y los picnics.
Esta era la chusma democrática. Elevóse entonces fuera de la puerta cerrada del recinto otra espantosa algarabía de gentes que pedían entrar. San Pedro entreabrió prudentemente el cerrojo.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó.
—¡Somos la chusma aristocrática! —le respondieron.
—No —murmuró San Pedro corriendo nuevamente el cerrojo. —Esto es ya demasiado.
