La Corrección

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


En un crudo día de invierno, tras diez horas de crueles fatigas, nos acostamos, apenas anochece casi sin cenar, casi sin desvestirnos, doblados por la extenuación. De las torturas de ese día no nos queda, al caer desplomados en el limbo del sueño, sino un recuerdo lejano e impersonal, como de horrores sufridos por otro durante miles de años, y que pasaron también hace siglos. Tal es la certísima dicha de descansar por fin, y la seguridad de que vamos a dormirnos en seguida con la profundidad de la muerte. Afuera, cae una blanca helada.

Mas he aquí que en la alta noche vamos despertando con inaudita resistencia de nuestro cuerpo. La mente misma, sobrecargada de toxinas, pugna por defendernos forjando sueño tras sueño. Otro es al que despiertan; el anuncio nos llega a nosotros, pero quien debe volver, apenas dormido, a las atroces fatigas del día anterior, es otro.

No hay tal. Tenaz e invenciblemente, vamos despertando. Como en sueños aun, tan agudo punzamiento nos recorre todo el cuerpo. Tan viva es la impresión, que bruscamente nos incorporamos y encendemos luz.

La cama, las sábanas, nuestra ropa, por fuera y dentro, están cribadas de puntos negros que se desplazan velozmente, El piso hormiguea. Por las paredes de la pieza, por las patas de la cama, ascienden ríos vertiginosos de puntitos negros.

Son las hormigas llamadas "corrección" en Misiones. Estas hormigas, esencialmente carnívoras, invaden en cuerpos de ejército, que avanzan paralelos. La anchura de estos ejércitos. como ríos, alcanza a varios metros, a veces. Y todo lo que esas hormigas encuentran de vivo, o que provenga de ser vivo: pulgas, arañas, grasa, carne yerta, víboras y tigres, queda desalojado o devorado en breve tiempo.

La corrección es pequeña, muy negra, y con un brillo fúnebre que proporciona a sus ríos ondulantes aspecto de serpiente. Su característica es el vértigo de la aceleración. Sea cual fuere la hora, el camino y el tiempo, la corrección no varía la inquietud de su carrera. Á su paso ni relieve ni grieta ni agujero quedan sin ser prolijamente escudriñados, no por uno sino por cien individuos; pero todo a escape, como si el tiempo fuera siempre corto a estas enloquecidas fieras.

Su invasión es siempre denunciada por la ola de insectos y cuadrúpedos fugitivos que la corrección va desplazando ante sí. Animales que nunca se vieron en la región, aparecen entonces huyendo por entre los yuyos, o saltando de hoja en hoja con un millón de congéneres. En una madrugada de hielo, hemos visto varios lagartos que querían entrar en casa, por haber sentido a la corrección.

Deben contarse por centenares los dramas de los cubiles con cachorros de teta, cuando reciben la visita de la corrección. El ensañamiento en morder de estas hormigas, raya en locura. No hay ante ella más salvación que la fuga, trátese de una víbora soterrada por el frío o de una gran bestia del bosque.

Las substancias animales muertas parecen servirle de alimento en campaña. Con los seres vivos proceden de distinto modo.

Inmovilizan a una langosta, por ejemplo, y durante un rato no se ve sino una especie de erizo hormigueante, que se estira y se encoge sobre las sacudidas de su víctima. Ante aquella relampagueante confusión de hormigas, inclinaríase uno a creer que no cumplen otra misión que devorar a su presa en el menor tiempo posible.

No es así, sin embargo. De pronto se abren las hormigas en claro, y en el suelo queda la langosta, pero perfectamente desarticulada. Pieza por pieza, allí está todo el insecto mecánico: no le falta una sola de aquéllas.

Proceden entonces a llevarse las piezas a su nido, o quién sabe adónde; pero no cargándolas sobre el cuerpo, sino bajo el vientre, contra el cual las ciñen a favor de dos patas. A veces, un tarso entero de langosta, tres o cuatros veces más largo que la portadora, es llevado así a la carrera bajo el vientre, como en una alzaprima.

Cuando la corrección invade una casa, hay que desalojarla, a menos de tener la suerte de haber sido despertado por la extrema vanguardia. Una línea de agua, creolinizada o no, contiene siempre a las asaltantes. La mordedura de la corrección mortifica mucho los nervios, al punto de que la punzada de una sola hormiga entre los cabellos, se siente a veces por largo rato en varias partes del cuerpo.

Puede suceder alguna vez que un hombre herido, ebrio de alcohol y aún de miel venenosa, caiga en el monte desplomado. Sí es en invierno, y el tiempo ofrece alguna probabilidad de cambio, es posible que la corrección alcance a encontrar a ese hombre. Si lo alcanza, el hombre no vuelve más de su sueño. Ni aún quedará de él la postura en que cayó a dormir. Lo que de él quede ocupará una superficie plana y blanca, que se percibirá desde bien lejos. Y no se pensará bastante en la corrección, al ver esto.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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