La Cuerda Floja. El Esposo de Dorothy Gish. —Después de brillar con inusitada eficacia en Un atentado bolshevikista y Pimentilla (ambas en compañía de Barthelmess), la señorita Gish se apagó, para disgusto de los que amaban su juego fresco, aparte de toda academia, y sus posturas de muchacho, —sin contar la hermosura de su cuerpo, poco decantada pero no por ello menos viva.
En los últimos días tornamos a verla en un filme de tan exiguos méritos como los que ahogaron en su sombra a la joven Gish. ¿Cómo puede ser, nos preguntábamos, que a una chica como esta, que lució en buenos filmes y perfectamente secundada, se le confíen tonterías como la de reciente estreno, y en compañía de un mísero actor como James Rennie?
La pregunta tiene respuesta: el señor James Rennie es el esposo de Dorothy Gish.
La felicidad de los recién casados es a veces tan grande que los directores de filmes caen en sus redes. Es decir, llegan ellos mismos a creer que habiendo James conquistado el esquivo corazón de Dorothy, conquistará también fatalmente el de los toscos varones que asisten a los espectáculos. Y truecan un Barthelmess, un Holt, un Ray, por un James Rennie cualquiera, cuyo mérito varonil radica exclusivamente en sus bigotitos de verdad, si hemos de creer en una leyenda de La cuerda floja, (habla Dorothy): "¡Fulano de tal es adorable! ¡Fíjense qué lindos bigotes tiene!".
Seguramente la leyenda no existía en el texto original; fue agregada por pedido de Dorothy, al concederse el papel de héroe a su adorado esposo.
Adorado..., puede muy bien serlo. Nada se opone a que el señor Rennie sea un excelente joven, y aun ilustre en su radio de acción, que ignoramos del todo. Pero para nosotros es un pobre actor lastimosamente lanzado por su mujercita en la carrera del film. Y de una buena actriz como la Gish menor no nos quedan más que su esposo particular, que no nos interesa tanto como a ella, y unas cuantas malas cintas, que solo interesan a sus autores.
Hasta el Fin del Mundo. Betty Compson. —Después de haberse bañado largo tiempo en el mar con las chicas de Mack Sennet, Betty Compson halló un hombre de mirada bastante aguda para notar la particular tristeza de su sonrisa y de todas sus expresiones. Confiósele un airoso papel en El hombre milagroso, su primer cinta seria, si mal no recordamos. Y ahora, en Hasta el fin del mundo, esta triste y espléndida muñeca torna a demostrarnos que el salitre, el yodo y las ropas ligeras pueden no enfriar el temperamento de una actriz, cuando lo posee.
No es fácil hallar en Betty Compson huellas de academia o convencionalismo escénicos. Sus éxitos serios en la pantalla provienen exclusivamente de la dolorosa movilidad de sus expresiones. Porque es singular el fondo de sufrimiento que trasluce en todos los rasgos de esta actriz. Aún en plena y dichosa risa, surge una nube en la frente, un pliegue en la comisura de los labios, que convierten aquella risa en una especie de máscara.
Pimpollo marchito: tal es la impresión que esta mujercita de frágil y hermosísimo cuerpo deja en el ánimo de sus espectadores.
No es Hasta el fin del mundo, cinta acabada para su carácter, pero se desempeña muy bien. Este buen filme sirve particularmente de cuadro a las virtudes de Milton Sills, el mismo que acaba de lucir en La niña de la gran casa, últimamente citada. Pasó este actor por un mal momento cuando se le confiaron piezas para el ejercicio de galanes jóvenes, tipo Wallace Reid. Ahora comienza a tener más suerte. Ha tiempo, mucho tiempo ya, tuvo Sills altísima actuación con Ethel Clayton en Almas que vagan. Desempeñaba allí un papel de hombre en que la voluntad y la hombría predominaban. Cada vez que este actor llegue a interpretar tipos con este distintivo viril, la cinta se salvará.
Además de actor, Milton Sills es o ha sido profesor de una universidad de Chicago, y es escritor. Esto crea, en relación a sus condiciones de intérprete, una situación que merece algunas líneas.
Exploradores, Millonarios, Generales y Escritores. —En el precitado filme, el protagonista es explorador y literato a la par, dos altas cualidades al parecer, dada la frecuencia con que ambas adornan a los tipos a quienes se quiere dar gran prestigio intelectual y social.
En efecto, desde un tiempo a esta parte se ha descubierto en el cine un nuevo alto timbre para los héroes, un nuevo lustre que como en el ladrón romántico y en el romántico mayordomo, ofrece, pulido a los ojos de las niñas, un nuevo héroe: el escritor.
Casi nunca este título o profesión alcanza por sí solo a adornar al personaje. Por lo común se le añade un contrapeso más formal, como: explorador y literato... Millonario y poeta... O como el héroe de una de las últimas y mejores cintas de Catalina Mac Donald: capitán, millonario y novelista...
Este novelista escritor del cine es casi siempre un psicólogo mundano, pues de otra manera no podría departir y ser solicitado por el corro de damas en que por lo común actúan estos hombres de letras. Como conviene a este ambiente los novelistas en cuestión son siempre ricos, sumamente ricos. Visten constantemente smoking, y al caer la noche endosan el frac. Pero jamás se les ve de saco.
Suelen escribir ante el público, para lo cual se sientan al escritorio, siempre de smoking. Las más de las veces se lanzan enseguida a escribir; y aunque el cuadro del filme cede inmediatamente el lugar a otro, el novelista continúa sobre el papel haciendo psicología femenina —hasta la consumación de los siglos.
Pues bien, es este un convencionalismo amable, como los bigotes de los traidores y los pares, como el mantón andaluz de las sudamericanas. El público muestra siempre su halago ante tales dulces mentiras, y más particularmente ante los creadores de belleza escrita, los novelistas disecadores del alma femenina, que viven en palacios y escriben de smoking.
Mas la verdad es desgraciadamente otra. Las gentes que tienen por profesión escribir, no lo hacen en traje de etiqueta. El escribir novelas es una tarea seria, dura como la que más, y que por su misma seriedad exige plena soltura de espíritu y de cuerpo. No ya la falta de frac, sino la falta total de ropas, fuera acaso el traje ideal del novelista. Una pechera tirante, los tiradores incrustándose en los hombros, un cuello ajustado, la simple presión del smoking bajo los brazos, son pequeñas delicias cuando se baila o flirtea en un rincón. Pero cuando este mismo sujeto trabaja seriamente en su profesión, tales delicias se transforman en torturas.
Cuentan las leyendas literarias que Bulwer-Lytton, y algunos otros, no escribían sino en fantásticos panoramas de etiqueta, candelabros y sahumerios ad-hoc. También se dice que uno de nuestros mejores cirujanos operaba exclusivamente de frac. Son casos aislados, y en cierto modo prematuros, puesto que el aparatoso cine debía haber sido su escenario natural. En el prosaico teatro del trabajo, el mameluco del operador y el pijama del escritor, son más eficaz garantía de éxito que cuatrocientos candelabros o un puño de camisa infectado.
Pero el público de cine no asiste en ese acto a una intervención quirúrgica, ni se inquieta por los dessous de la tarea literaria. Los novelistas escribiendo de smoking son para él los únicos existentes, —y démosle gracias por que los toleren así.
Existen dos castas más de escritores de pantalla: los novelistas cortos y los romancistas de ambiente.
Son los primeros pobres muchachas que por dignidad se mueren de hambre en una buhardilla, sin encontrar trabajo. Nada de particular saben hacer. Entonces se les ocurre escribir una novelita corta que remiten a un editor, el cual contesta entusiasmado aceptando la novela. Y este fenómeno salva a la digna y pobre inútil, viniéndose así a probar que la utilidad de escribir novelitas cortas es en Nueva York tan endémica como ha llegado a serlo aquí.
En la otra casta son también mujeres las que actúan por lo general. Una novelista de fama, exhausta un día de temas, toma el tren, y después de treinta o cuarenta horas de vía desciende en un andén cualquiera —por la derecha o por la izquierda, lo mismo da.
¿Qué objeto lleva allá a la novelista? Va a estudiar tipos. La señora solo permanece en el lugar tres o cuatro días. Y en ese minúsculo tiempo estudia sin número de tipos al natural, y toma las características del ambiente.
¡Tres días! Son cosas del cine. Y también de la literatura, pues pululan en la otra América dichos novelistas y sus respectivas novelas.
