La Defensa Contra La Hormiga

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica



No obstante lo que pueda decirse, no hay institución nacional más dañina que la hormiga. Nada es la modesta hormiga negra del centro y del sur del país, con su recato para cortar hojas, y sus ridículos nidos a flor de tierra. Para aprender —desgraciadamente a expensas de uno mismo— el refinado grado de cultura a que puede llegar el animalito, preciso es remontar hasta Misiones, madre de las cataratas, los filodendros y la hormiga minera.

Cuando en 1902 la colonización polaca se instaló en el territorio, su primer canto de gloria fue a la fertilidad del país, asombrosa desde ciertos puntos de vista. Plantaron maíz, que creció admirablemente hasta cinco centímetros, y desapareció de golpe. La hormiga minera, hastiada ya de su dura vida entre incomibles espartillos, se consideró bien feliz con la colonización Polaca.

Más la colonización polaca es tan perseverante como la hormiga, y de aquí que desde hace doce años en Apóstoles prosiga la lucha a muerte entre la minera, con la sola arma de su magnífica dentadura, y el chacarero, auxiliado por el humo y las drogas.

En ese plazo de tiempo, las ganancias y pérdidas de ambos beligerantes se han precisado bastante bien, pudiéndose asegurar que una tercera parte del cultivo pertenece a la hormiga, y el resto al chacarero. Los polacos, seres sentenciosos y augures, han llegado a una fórmula sencilla y conciliable, que preside a todas sus siembras y es del dominio público: que haya para las hormigas, y alcance para el polaco.

El resto del territorio, aunque con menos intensidad de cultivo, sufre igualmente la crisis minera. Cierta parte del país, comprendida entre Apóstoles y Candelaria, goza de lúgubre fama al respecto. Los cultivos de gramíneas tienen en general la vida extraordinariamente corta, y plantaciones que deberían ser de un año, lo son de un día.

La huerta desaparece del mismo modo, si se exceptúan los tomates, las lechugas y alguna otra pequeñez.

Pero donde se aprecia como es debido la obra del demonio subterráneo, es en los frutales. Alguien, por ejemplo, defendió mal que bien un duraznero durante un interminable verano de ocho meses. Al llegar el invierno descansó, pues la minera teme tanto el frío como el excesivo calor. A principios de septiembre el duraznero rebrotó, y nuestro hombre pudo ver entonces cómo las hormigas avanzaban exactamente por la huella del año anterior (huella ya borrada, desde luego), evitando arbustos, árboles apetitosos, zigzagueando, dejándolo todo por trepar a aquel mísero duraznero en flor. Mientras los zapadores de la especie —hormigas mayúsculas de formidables pinzas, e inaccesibles al mareo alrededor de una rama que van royendo, sabe Dios con qué velocidad— mientras aquéllas cortaban, las obreras de carga esperaban pacientemente al pie del árbol a que cayeran hojas y gajos, para transportarlos.

Nuestro hombre, empeñado en salvar su duraznero, atacó furiosamente a las hormigas, con éxito tal, que durante dos semanas no pudieron llegar al árbol prohibido. Tan bien aprendieron que aquella inmensa cosa movediza era su enemigo, que al sentir sus pasos retrocedían precipitadamente hacia la cueva, en escandalosa fuga.

Pero Dios dio a las hormigas mineras el fatal privilegio de no tener sueño en toda la noche, siendo así que nuestro hombre era sensible a él. Y es por esto que una noche, una hormiga exploradora, pudiendo llegar al árbol sin defensa, volvió a escape a comunicar el dato, y regresó al frente de la compañía de ataque. Pero todas eran cortadoras. Comprendiendo que las cosas urgían, no se preocuparon de arrastrar consigo obreras de carga; lo esencial era aprovechar el tiempo cortando, cortando sin cesar cuanto pudieran. Así se comprende que a la mañana siguiente nuestro hombre hubiera podido reconstruir perfectamente, con las hojas del suelo, la fronda entera del duraznero. Ni una hoja faltaba al pie; pero ni una tampoco quedaba en el árbol.

El árbol retoñó felizmente, y llevaba ya dos años de vida propia y personal, cuando la tercera catástrofe acaeció. Una noche que nuestro hombre recorría su quinta con su farol de acetileno, vio una hormiga trabajando en el duraznero. Esto pasaba cuando casi todos sus árboles tenían ya el círculo doble de que hablaremos luego. Extrañado del fenómeno, pues un círculo doble de cinc no fue salvado ni lo será jamás por hormiga terrestre, examinó con detención su árbol, y constató lo siguiente: convencidas las hormigas de que por los viejos caminos lícitos no era posible llegar a las hojas, observaron el paisaje, notando así que un poste del tejido de alambre llegaba muy próximo al extremo de una rama del duraznero. Treparon por allí en consecuencia, y nuestro hombre, proyectando discretamente su farol, pudo ver a las hormigas, prendidas a la cúspide del poste, esperando que el viento trajera hasta ellas el extremo de la rama. Alzábanse entonces en las patas, agitándolas en el aire para alcanzar las hojas. Algunas lo conseguían, y las demás esperaban quietas otro golpe de viento para empinarse de nuevo.

Nuestro hombre cortó el extremo de la rama, y esa noche durmió en paz. Pero estos incidentes, mínimos al lado de los infinitos a que da lugar la lucha contra la hormiga, alcanzan a demostrar la suma de paciencia, fatiga e inmensa buena voluntad que exige el amor a las plantas en el Norte.

La especie realmente desastrosa es, como hemos dicho, la minera, y su radio de acción muere en el campo. No sólo no existe en el monte, sino que desaparece muy pronto de un pastizal tupido 9 un rebote de bosque que habían invadido al quemarse éste. Parece serles dañosa la sombra y humedad combinados. Queda en el monte la arara y la cefuerera (de cefuera, rebote de monte). La primera es tolerable, mientras la segunda perjudica seriamente. Más fabricando ambas especies sus nidos en los troncos podridos o malezal a flor de tierra, su destrucción es sencilla.

Constancia, nada más; pero para luchar con la minera, hacen falta muchas otras cosas.

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Vastos, sencillos y complicados —todo en uno— son los procedimientos habituales para defenderse de las hormigas coloradas. Del incongruente surtido de drogas y vencedoras, todos son eficaces, tal como podría ser el acto de sentarse ante una boca de galería, y matar obstinadamente cuanta hormiga saliera. Hay, sin embargo, casos muy curiosos que cabe clasificar en dos grandes ramas: procedimiento de defensa y procedimiento de ataque.


Procedimiento De Defensa


Corona de espartillo. —Típico del país. Procede por entorpecimiento para la marcha, y como todos los similares, puede dar resultado cuando se trata de un árbol que no ha sido atacado nunca por las hormigas. Estas conservan asombrosa memoria de los lugares donde hallaron qué comer, y mucho más si se trata de un inequívoco árbol.

Corona de lana cardada. —Más eficaz que el anterior, puede prestar buenos servicios de urgencia. Teme el agua, que apelmaza rápidamente las fibras.

Corona de cerda. —Muy útil, si está bien hecha. Durante un tiempo ha gozado de gran favor. Aceitándola, se tornaría casi infranqueable, pero esto escapa ya a un procedimiento práctico. Por lo pronto, cualquier cosa aceitosa es camino temible para las hormigas. Si la paciencia llega a aceitar cada dos días, nada hay que decir.

Corona de tiza. —Aplicada sobre el tronco, en una parte que ofrezca poca aspereza, es infranqueable por resbalamiento. El polvo y sobre todo el agua destruyen desgraciadamente su eficacia. Desparramada al pie del árbol, dícese que es insalvable por las hormigas. No sabemos nada en pro de esto, y sí mucho en contra.

Arandela simple. —Puede ser eficaz cuando el árbol no ha sido frecuentado. Si no es así, pasan. Y aunque el árbol sea desconocido, acaban también por pasar. La relativa eficacia del método está no tanto en el resbalamiento de la hormiga, como en el entorpecimiento del avance. Y sea la arandela de cinc o fierro galvanizado, sea grande o chica, casi vertical o casi horizontal, pasan siempre.

Arandela doble. —Doblemente eficaz, desde luego, pero no seguro. Hasta la aplicación. del círculo doble era, sin embargo, lo más recomendable.

Sombrero de cerda. —Muy ingenioso, gozando de la ventaja de la arandela (aquí es de arpillera) y de los flecos de cerda. Bien construído, a plomo, que por el viento no pueda el fleco tocar el tronco, es muy útil.

Papel matamoscas. —Muy recomendado por la Estación Experimental de Bertoni, en el Iguazú. Parece que allá la pega-pega conserva su viscosidad meses y meses a sombra y sol. Más al sur, no resiste a dos días de sol. A la sombra, presta más servicios. Pertenecería este procedimiento a los de urgencia, cuando al llegar la noche, y sin tiempo para otra cosa, se quiere defender pasajeramente un árbol atacado.

Círculo de naftalina. —Resiste a casi un mes de sol. Tiene, como todos los procedimientos apuntados, el inconveniente grande de que no impidiendo la llegada de la hormiga al tronco, ésta sabe perfectamente que está en el buen camino, y que todo lo que hallará a su paso son simples estorbos con los que se la quiere fastidiar. Desparramando, por ejemplo, naftalina pulverizada por el suelo, no hay modo de que las hormigas marchen por encima; pero en el tronco es distinto, por lo que hemos dicho.

Estopa empapada en alquitrán. —Muy bueno, pero fugaz, con el peligro consiguiente para el árbol en el menor descuido.

Pisón. —Procedimiento que prueba, única y exclusivamente, qué hermosa quinta se puede tener con sólo un poco de constancia y de palo. El más hermoso jardín de cierto pueblo del litoral, ha sido defendido cinco años con un simple palo que tenía por objeto obturar y apisonar la boca de las galerías. Cierto es que el jardinero en cuestión se pasaba la mitad de la noche en pie.

Cáscaras de naranja y hojas de curupicaí. —Cuentan que en Colombia se defienden los cacaotales nuevos de las depredaciones de las pecaríes, sembrando batatas a su rededor. Las bestias, muy golosas de toda batata, se entretienen con éstas. En menor escala, úsase igual procedimiento, sobre todo en las huertas, desparramando cáscaras de naranjas y hojas de curupicaí, que devoran las hormigas.

Más en el fondo, es un sistema parecido a aquel del viejo cuento en el que un paisano de Entre Ríos, halagado por el precio que pagaba la Defensa Agrícola por cada kilo de langosta, tenía una troja de langostas que llevaba concienzudamente a pastorear.

Círculo doble. —Es este el único sistema realmente infalible para defender un árbol. La experiencia originaria consistió en un círculo también doble, pero soldado en su parte inferior a un disco de metal, de modo que pudiera retener agua. Claro está, las hormigas no pasaban. Pero este sistema tenía el inconveniente de ser difícil e inaplicable a árboles de copa ya formada. Podía, en realidad, aplicarse a cualquier tronco, en dos secciones que se soldarían luego de costado. Mas, como se ve, ello era muy fatigoso.

La observación de uno de estos aparatos, que a pesar de permanecer toda una estación sin agua, no fue salvado por las hormigas, sugirió la idea de aplicar dos simples círculos, de fierro galvanizado o cinc, de 15 centímetros de altura y a 3 o 4 centímetros de separación uno de otro. Las hormigas pueden salvar la primera barrera, y a veces (sobre todo si es árbol ya conocido de ellas) lo hacen; pero jamás trepan por el segundo. Los motivos pueden ser dos: o las hormigas, al tropezar con la segunda barrera, creen que se han equivocado, como el árbol no está allí, o creen simplemente que es inacabable la serie de barreras, y que hasta el fin del mundo seguirían hallando círculos. Mas es lo cierto que la defensa es segura, facilísima y de costo  no superior a 15 centavos por árbol, sobre todo si se emplea cinc en chapas lisas del más fino que se halla en el comercio.


Procedimiento De Ataque


Cianuro de potasio. —Pulverizado en lo posible y puesto a la entrada de la cueva, se cubre rápidamente de un montón de hormigas retorcidas. Es excelente, como agente de muerte, pero nada más. Al día siguiente las hormigas abren nuevas bocas a sus galerías,

precisamente al lado de las otras inutilizadas. Aún más: ejerciendo el estilo japonés en la toma de Port-Arthur, las hormigas se sacrifican en montón, pero concluyen por retirar la menor partícula de cianuro. En total, la defensa puede ser eficaz, pero terriblemente cara.

Carburo de calcio. —Se trata de lanzar dentro de las galerías una cantidad tal de acetileno, que asfixie a las hormigas. Si el procedimiento no es caro, su eficacia es dudosa, por cuanto sería menester descubrir antes todas las bocas de las galerías y taparlas. Y aún así…

Fariña con estricnina. —Muy preconizado, todo hizo creer que se había hallado por fin el exterminador ideal. Pero el punto débil del sistema consiste que si la primera noche un poco de fariña desaparece, después queda intacta: ni una hormiga se acerca allí. Igual cosa pasa con cáscaras de naranja a la estricnina o al arsénico.

Sulfuro de carbono. —Magnífico cuando se opera en hormigueros a flor de tierra o bien circunscritos. En la hormiga minera su eficacia es grande en diez o veinte metros de galería, y esto apenas. Para un trabajo a conciencia sería menester tapar todas las bocas e inyectar cantidades heroicas de sulfuro. Y esto es muy caro.

Emulsión de jabón y kerosene. —Útil en grandes cantidades. Pertenece al género de hormiguicidas a larga paciencia,

Creolina. —De mejores resultados que el anterior. Muy recomendable en los casos nocturnos de urgencia, para obstruir momentáneamente dos o tres metros de galería amenazante. 

Máquina insufladora de vapores de azufre, arsénico, etc. —Es incontestablemente lo mejor, y de éxito más seguro cuando se pueden vencer fácilmente sus inconvenientes de peso, demora en encender el hogar, necesidad de dos hombres, etc., todos los fastidios que conocen sus habituados.

Máquina de autocombustión. —Con ella se salvan los inconvenientes anteriores, por tratarse de una maquinita que se lleva en el bolsillo y que una vez puesta en su lugar, permite a su dueño tapar una por una las bocas de escape. Las hay de este sistema en el comercio, pero todas ellas tienen un defecto capital que no escapa a los misioneros. Estos hallan medio de fabricarse a mínimo precio máquina y cilindros autocombustibles, que salvando el defecto aludido, permiten de hoy en adelante poner todas las ventajas de su lado en esta lucha.


Publicado el 25 de julio de 2026 por Brian.
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