Cuando los primeros fríos de junio devuelven al monte su negrura normal, que la última brotación de otoño había desvanecido en verdes claros, y alisan el espartillo del campo en un crema ceniciento por las primeras heladas, puede decirse que Misiones ha adquirido definitivamente su fisonomía invernal.
Hasta los Primeros días de agosto, la gran vegetación dormirá, sufriendo día a día la ilusión de una primavera que el sol cálido evoca, para arrebujarse de nuevo en su pesimismo al caer la noche, en cuyas últimas horas largas agujas de hielo morderán y quemarán su vasto y lóbrego contorno. La naturaleza conoce las bajas extremas del país y espera, soñando y aterida, el primer vislumbre de aurora primaveral que sonroja a los lapachos.
Sólo se atreve a florecer, a punzar en sangre las capueras lívidas de frío; a escalar hasta la cima de los negros troncos quemados en pie, desde donde descuelga en pesadas madejas sus gajos y flores, la enredadera de flor escarlata.
Durante largo tiempo fue nuestro anhelo tenerla a nuestro lado, en nuestra casa misma, adherida a las ásperas piedras, viéndola florecer en las más cortantes madrugadas de hielo. ¿Pero cómo? Esa enredadera no vive, crece y se estira por docenas de metros con un diámetro constante, sino en los árboles. Para adherirse y ascender a la cumbre de los troncos solitarios, no posee otros medios, otros garfios de presa que sus zarcillos de planta trepadora, y que a semejanza de los de la vid, se inician por un vibrante tentáculo de punta encorvada para asirse, y que concluyen, si tentaron en vano el vacío, en un duro tirabuzón, cada una de cuyas vueltas retorcidas es un poema de impotencia y ansia frustrada.
Atrevímonos sin embargo a trasplantar dos o tres jóvenes pies contra las paredes de piedra de nuestra casa, entretejiendo para las guías una red de guaembé, cuya resistencia a la intemperie nos permitiría inquietarnos por cualquier cosa, menos por las durezas del viento sur sobre nuestra enredadera de flores escarlata.
Llegó el verano, y las guías crecieron, sumamente frágiles y finas, lanzando a uno y otro lado sus zarcillos vitales, en procura de un punto de apoyo para su marcha ascendente.
No me explico por qué los zarcillos no hacían presa en las cuerdas de guaembé, al fin y al cabo hechas de substancia vegetal sin modificación alguna. Las guías se deslizaban contra la red, sin adherirse a ella, lanzando sin cesar nuevos garfios; y todas, fatalmente, iban a buscar el apoyo de la pared caldeada como un horno bajo el sol de enero, y que a las doce de la noche estaba aún caliente.
Ese verano fue excesivamente fuerte, Durante quince días el rocío nocturno faltó. Y no se concibe fácilmente, sin verla, la sed de un país entero cuando se ve privado de aquél. Nuestros cuidados salvaron a la planta, pero no ascendió contra la pared, como era nuestro deseo. Las guías caían todas, vencidas, con sus zarcillos secos y torturados por el esfuerzo para enroscarse en las altas piedras de fuego. Al llegar el otoño, habíamos perdido la esperanza de ver jamás florecer, adherida al muro, a la planta que debía alegrar las auroras invernales con sus grandes umbelas de color escarlata.
Nuevas preocupaciones nos apartaron de la enredadera. Al concluir el verano siguiente, la vimos volcándose de espaldas, diríamos, con todas sus guías pendientes hacia el pie. Aquí y allá quedaban colgando del muro, quemados y retorcidos del modo más increíble, algunos zarcillos que habiendo logrado introducir su garfio en una anfructuosidad de las piedras, habían luchado en vano por enroscar alrededor de ella.
Pasó un nuevo invierno, y una nueva primavera llegó, sin que nuestras ilusiones tornaran más. Una mañana, sin embargo, como nuestros pasos nos hubieran llevado distraídos hasta la enredadera, detuvímonos inmóviles de sorpresa: Las guías ascendían firmemente por el muro, gracias a sus zarcillos. Pero éstos no eran ya el verde garfio con punta encorvada. En vez del tirabuzón ultramilenario en su especie, y perfectamente inútil para esa ascensión contra la roca viva, la enredadera había transformado sus zarcillos en pequeñas zarpas de tres y cuatro dedos, que terminaban cada uno en una especie de ventosa. Así modificada en su lucha por la adaptación, la enredadera trepaba y trepaba, sin volcarse ya de espaldas sobre el abismo.
Yo no sé de vegetales sino lo que he visto alguna vez de cerca en ellos. Pero confieso que nunca vi a una planta, forzada por el peligro de muerte, meditar, anular y modificar en el espacio de dos solas estaciones, sus elementos más vitales adquiridos tras millones de años de lucha por la existencia.
Los zarcillos envolventes que le habían servido, desde la infancia de la vida en nuestro globo, para ascender por los árboles, le eran ya inútiles. En el tiempo que media entre dos veranos, habíase creado una nueva vida, habíase adaptado a un medio desconocido totalmente por ella, —y ascendía, la primera de una nueva era.
Hoy, la enredadera y los muros de piedra de nuestra casa son una sola y misma cosa. Los vientos lluviosos del sur hostigan siempre las paredes, y en las madrugadas glaciales nuestra casa surge como siempre obscura entre el campo helado en un ceniza casi azul de platino. Pero al romper el sol, allá en lo alto del muro, la enredadera, cuajada de flores, responde finalmente por entre la escarcha a la luz de oro, con sus triunfales umbelas escarlata.
