Puede asegurarse que las máquinas de hilar y tejer marcan en mecánica el límite de perfección a que puede llegar el genio humano. Desde los tiempos de las cavernas el hombre ha hilado y tejido para vestirse, robando con ello eternas horas a necesidades más urgentes. Puede también admitirse que la inventiva ha rondado desde los tiempos pretéritos alrededor de la rueca y el bastidor que hilaran y tejieran solos. Genios de la talla de Vaucanson con cuyos modelos de máquinas la Convención creó el Conservatorio de artes y oficios, se estrellaron en ellos. Como en tantas otras actividades del talento creador, de un hombre totalmente ajeno a la mecánica debía surgir la luz reveladora.
Al concluir cierta charla de sobremesa, en el año 1784, en Inglaterra, la conversación cayó sobre la máquina de hilar que Arkwright había inventado. Como se dijera que con la difusión de tal máquina sobrevendría una crisis por no poder los artefactos manuales tejer todo el hilo a producirse, uno de los presentes, el doctor Cartwright, creyó razonable observar que la solución de la crisis era muy sencilla: todo consistía en inventar una máquina de tejer.
Los presentes, manufactureros en su mayoría, se echaron a reír agregando luego tal serie de razones para demostrar la imposibilidad de esa invención (Vaucanson había fracasado), que el pobre médico quedó confundido. Nada podía alegar en su apoyo, desde que jamás había visto en su vida a una persona tejer. El doctor Cartwright se olvidó totalmente de la charla de sobremesa, hasta que algún tiempo después, una circunstancia eventual se la recordaba. Observando entonces con atención un tejido, quedó sorprendido de este descubrimiento, que para tejer sólo son menester tres movimientos; y que no sería imposible reproducirlos mecánicamente.
Lleno de ardor por esta idea, vio en seguida a un carpintero y un cerrajero, ordenándoles la construcción de tales y tales piezas, para que ejecutaran tales y cuales movimientos. Y cuando el artefacto estuvo concluido, los artesanos y él mismo médico vieron con grande estupefacción que el aparato tejía solo.
—Como yo —dice él mismo Cartwright— no me había preocupado jamás de mecánica, como no había visto nunca funcionar un telar ni tenía idea alguna sobre su construcción, se comprenderá que mi primera máquina fuese un adefesio. Imaginándome en mi simpleza que había resuelto todo el problema patenté mi aparato y condescendí entonces a ver los telares a mano. Y se comprenderá asimismo mi sorpresa, al comparar aquellas obras con mi tosco aparato. Sólo dos años después, en 1787, construí mi máquina tejedora tal como hoy se la conoce.
Hoy, 140 años después, las inmensas máquinas de tejer lanzarían de espaldas al modesto inventor. Pero los perfeccionamientos sucesivos, que han transformado su adefesio original en estas maravillas de la mecánica, no encarnan, todos juntos, la pura fe creadora del idealista médico.
