La Honestidad Artística

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


Últimamente han sido dados a luz documentos en los que se comprueba que el trabajo literario de Poe era pagado a razón de cincuenta céntimos de dólar la página impresa, Constando sus cuentos más conocidos de quince páginas, como término medio, y de apenas diez o doce, sus más famosos, nos encontramos con un promedio de seis dólares por cuento, o sea quince pesos de nuestra moneda,

Vale decir que uno de los genios más extraordinarios que hayamos tenido en el mundo, casi sin ascendientes y sin sucesor alguno, sólo y aislado en la historia literaria como un diamante, este hombre de inteligencia profunda hasta dar vértigo, debió vivir, comer, dormir, vestirse y alternar con las gentes a razón de un solo peso por página que escribiera.

El caso no es único. Desde Homero a Leonardo Frank, pasando por Beethoven cuando vendía urgentemente por veinticinco pesos su quinta sinfonía, el genio adquiere sus privilegios a expensas del bienestar. Pero si no puede llamarse la atención sobre este fenómeno en cierto modo biológico, cabe sorprenderse sin límites ante la honestidad de Poe, tan grande como su genio, que limitó a doce páginas sus grandes cuentos —y ganar con ellos apenas seis pesos— cuando tan fácil le hubiera sido extenderlos hasta veinte o cien páginas.

Admitamos que con esos seis pesos el hombre saciaba su hambre de seis días, y dormía por igual espacio de tiempo sobre colchón de lana. Todo es posible en Poe. Lo que no es admisible es que aquella cantidad le alcanzara también para beber a satisfacción.

Conocidas son las flaquezas del poeta al respecto. No hubo paraíso artificial que no visitara, ni serpiente que no le devolviera fielmente sus visitas en forma de delirium tremens. Hambre de comer y sed de alcohol, vagabundajes desorientados y lo que se ignora de aquel extraño ser, todo debió ser dura y mezquinamente satisfecho con los seis pesos por cada cuento suyo.

Si las necesidades de alcohol, éter y opio eran en Poe tan orgánicas como se supone, pocas torturas debieron ser iguales a las de aquel hombre, cuando su escasez de medios le permitía comer y dormir, pero no drogarse. Hubiera en esos momentos dado una fortuna, de haberla tenido, por una gota de alcohol. Apréciese ahora la honestidad más que heroica, la vergüenza más que divina del escritor, cuando puesto a escribir un cuento, lo cerraba en el instante preciso, a las diez páginas, aunque su inextinguible ansia de beber le trastornara la voluntad.

Voluntad, porvenir, decoro, todo en el gran cuentista flaqueó, menos la honradez artística. Pudo haber alimentado holgadamente a la bestia del alcohol, con sólo extender, rellenar sus cuentos de sobriedad extraordinaria. Nadie con más facilidades que él para hacerlo. No lo hizo. Hoy, sin apremios ni necesidades, y si las tenemos es para llevarnos a extender y rellenar un cuento que sólo lo es de nombre, sólo recordamos de Poe que bebía mucho; de su honestidad apenas podemos ya darnos cuenta.


Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.
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