En algunos desiertos de arena sometidos a fuertes vientos, suelen formarse pozos cónicos, a modo de grandes embudos, siempre perfectamente circulares, y de profundidad muy grande a veces.
El ser que inadvertidamente traspasa el borde de ese cráter y cae al fondo, no sale ya más. Cuántos esfuerzos haga para trepar por las paredes deslizantes, serán inútiles. Mientras le quede un soplo de aliento intentará alcanzar el borde del cono, sin otro éxito que desmoronar sobre sí nuevas toneladas de arena reseca.
El sol y la extenuación harán luego el resto, hasta que nuevos vientos rellenando el cono nivelen el desierto, sin el más leve recuerdo de lo que allí pasó.
En Misiones se encuentran estos conos por decenas, sobre todo en los parajes donde la arena muy fina se halla a resguardo del viento. En el tiendo de cada cráter, enterrada y sin asomar más que los ojos y la punta de las mandíbulas, presta a arrojar paletadas de arena sobre la víctima que se arriesgue hasta el borde de la tumba por ella construida, vive la hormiga león,
No son muy grandes estos cráteres, como se comprenderá. Apenas alcanzan los mayores a cinco centímetros de diámetro, y otros tantos de profundidad. Pero estas diabólicas trampas constituyen, para los insectos que se arriesgan a desflorarlas, una tumba sin resurrección.
Una mañana, pues, las langostitas o la araña pasean tranquilas por el pequeño páramo de arena. El sol es agradable; la soledad torna perfectamente seguro el paraje.
De pronto la araña siente que el suelo le falta. Trata de afirmarse, pero el terreno cede. Millones de finísimos granitos de arena pasan velozmente a su lado.
La araña hunde desesperada sus patas en aquel plano inclinado que se desmorona bajo ella; y está ya a punto de alcanzar el borde salvador, cuando del fondo del cráter comienzan a llover sobre su cuerpo paletadas de arena, verdaderas bombas explosivas que arrastran consigo la arena de la pendiente, y con ella al insecto trepador.
Nuevas tentativas para abandonar aquella trampa de pesadilla, fracasan. Cuantas veces la araña va a alcanzar por fin el borde del cono, las bombas de arena tornan a desmoronar las laderas.
En una de estas caídas, una de las patas del insecto roza el vórtice mismo del cono, y desde ese momento el intruso puede considerarse separado del mundo. La extremidad de su pata está presa entre las mandíbulas de la hormiga león, que comienza a enterrarse en la arena, arrastrando con ella a su víctima.
Es en balde que ésta se afiance, que se enarque sobre la tumba que la absorbe. Su pataleo provoca nuevos derrumbamientos de arena, que comienza a cubrirla.
Si el insecto es muy vigoroso, logra a veces desprenderse, trepa desesperado y parece que está a punto de alcanzar el borde del cono; pero la hormiga león lanza otra vez sus bombas, y el insecto cae. Llega por fin un instante en que la hormiga león se ha hecho invisible desde hace rato, y del insecto sólo se percibe la extremidad frágilísima de sus antenas.
Un momento aún, y no se ve ya nada. Como en el desierto, en el cono nivelado e inmóvil no queda rastro alguno de lo que allí pasó.
