Una tarde de verano, el propietario del nuevo jardín comprueba en éste la presencia de una hormiga minera, a pesar de hallarse el sol muy alto aún.
Ese hombre ha llegado no ha mucho a Misiones. No conoce el país, pero sí el sumario completo levantado a la hormiga minera, azote de la región. Cuantas advertencias cabe hacer a un aficionado a las plantas, le han sido confiadas a ese plantador.
—Me defenderé —ha respondido éste—. Tengo cien modos a mi disposición.
—Invente otros cien más —le han advertido—, y al final de los doscientos todavía estará en los comienzos de la lucha.
Por cortesía, el plantador se alarma. Pero en su interior sonríe.
Allá en Buenos Aires, en Río Negro, en Salta, dondequiera que él ha residido, ha llevado consigo, con el amor a las plantas, el incesante batallar por defenderlas. Hormigas no faltan, a Dios gracias, allí donde el hombre da su preferencia a ciertas plantas. Y como las hormigas suelen tener el mismo gusto que el plantador, de este doble amor, que las pobres plantas no pueden resistir, surge el desastre, tal como el que se acaba de profetizar a ese hombre.
Meditabundo, pues, el propietario del novel jardín observa a la hormiga. Es bastante pequeña, y de color granate sombrío, el mismo de la tierra misionera. Tiene como sus hermanas el corselete provisto de robustas púas que ensangrientan los dedos. La hormiga pasa, nada de extraño o peligroso ofrece en su marcha. Avanza sin rumbo preciso, al parecer en tierra desconocida. Lo más a que puede alcanzar en su pequeñez desorientada, es a ofrecer la apariencia de un pobre ser perdido en tierra extraña.
El plantador torna a sonreír en su fuero interno. Las hormigas mineras —se le ha asegurado— no salen jamás de noche en invierno, ni de día, en verano. ¿Qué hace, pues, en su jardín esa hormiguita extemporánea, tropezando sin cesar con briznas de paja y terroncitos de tierra, como si no supiera ya dónde ir?
Nada, seguramente. Y el propietario se aleja de allí, con el pensamiento a mil leguas de su jardín.
¡Cuidado con esa hormiga, sin embargo!
* * * * * * *
Ha caído la noche. De acuerdo con el canon oficial del país, que el plantador se impuso desde que trasplantó la primera maceta, aquél inicia su ronda nocturna. Acaba de fumar su primer cigarro tras la comida, afuera, en la plena oscuridad de la noche muy cálida. A paso lento recorre su jardín con la linterna eléctrica en la mano, proyectando su foco en zigzag sobre el suelo libre, y con intensa inmovilidad al pie de cada planta.
Tampoco esta noche hay alarma. Sobre la tierra rasa en que centellean aquí y allá diminutas aristas de cuarzo, las plantas del jardín yerguen invioladas sus hojas húmedas de rocío.
No hay alarmas... Pues tal no debe considerarse la presencia de tres o cuatro hormigas (contemos bien: son cuatro), que vagan indecisas al pie de un hibisco de la China, orgullo momentáneo del plantador por la opulencia de su fronda.
Son cuatro solamente. Contrariamente al proceder de su hermana de horas anteriores, éstas caminan con determinación y lentitud, proyectando cautelosamente sus largas patas, como si la tierra ardiera. No parece interesarles el pie de la planta. Examinan su contorno, todo alrededor del follaje, palpando el terreno paso a paso. Enormes, ciertamente. El plantador no las ha visto de igual tamaño, si se exceptúa la araña del monte. Pero son cuatro. ¿Qué daño pueden causarle?
Ese hombre conoce su oficio, sin embargo. Su linterna no se ha entretenido exclusivamente en arrancar chispas al cuarzo y al rocío. Ha dado concienzudamente la vuelta a su línea de fuego, a la zona descubierta de maleza que contornea su jardín. La más insignificante aglomeración de hormigas en esa línea, la más leve columna de enemigos que avanzara por ella, hubiera llevado al plantador hasta la boca misma del hormiguero, con su solución de acaroína, su tarro de sulfuro, su gasógeno neumático, cualquiera de los cien procedimientos del perfecto plantador, a quien se le ha advertido que le faltan cien más.
Nada. El páramo de circunvalación —verdadera tierra de nadie— luce solitario, sin una hormiga, una araña, ni siquiera un grillo. El propietario del jardín echa una mirada a las cuatro hormigas al cruzar sus canteros, y torna tranquilo a sentarse afuera a fumar su segundo cigarro, tan silencioso como la noche misma en que parece diluido.
En la atmósfera húmeda, el rocío prosigue su obra vivificante. Las hojas, abatidas y exhaustas por la evaporación diurna, absorben con avidez la llovizna molecular y se yerguen eréctiles de agua y esperanzas. Algunas hojas, irreparablemente quemadas por el sol, ceden al peso del agua y caen aquí y allá, como gotas, con sordo rumor que el plantador conoce muy bien por servirle de compañía nocturna en sus largas veladas a cielo descubierto.
Esta noche, sin embargo, la precipitación de hojas parecería más intensa. De no ostentar el cielo su limpidez incomparable, pudiérase creer que llueve en el jardín.
Bruscamente, el hombre tiene la revelación de lo que sucede y corre al jardín, precisamente al hibisco sinense, que cuatro horas antes fuera descubierto por una hormiguilla, y que al cerrar la noche había sido localizado, confrontado, individualizado, estudiado, calculado y medido escrupulosamente por las cuatro hormigas desdeñadas.
Al pie del hibisco, y en cuanto cubre su follaje, la linterna pone de manifiesto una alfombra de hojas tan densa que no se descubre un centímetro cuadrado de tierra. Y la nevada de hojas prosigue.
Sobre esa alfombra, algunas docenas de hormigas se hallan ocupadas en cortar discos en las hojas, con una precisión de compás. Tan fuertes son sus mandíbulas, que tras cada corte se cierran con un "clic" bien perceptible, y exactamente igual al crepitar de las hojas de bambú recién cortadas. Al son de ese clic guerrero y triunfal, una división de hormigas más bien pequeñas efectúa el transporte de los discos a sus cuarteles, llevándolos bien erectos entre sus mandíbulas, como velas.
La linterna, proyectada ahora en lo alto del hibisco, sólo muestra un esqueleto de ramas desnudas, de las que penden aquí y allá muñones de hojas. Entre los gajos talados, tres o cuatro grandes hormigas (contemos bien de nuevo: son cuatro) van comprobando la excelencia de su trabajo. Si descubren un olvido, la hoja cae en un instante, sin remisión alguna.
Son las mismas enormes hormigas desdeñadas por el plantador hace media hora. No se ha necesitado de una más para consumar en ese breve espacio de tiempo tal desastre.
La mandíbula de la hormiga minera consta de dos curvas cuchillas dentadas en forma de guadaña y que operan con movimiento de sierra. Pueden cortar hasta el fondo, de un solo golpe y sin el menor tropiezo, los callos de un hombre de trabajo. Cuanto de vegetal abarcan esas tenazas, puede y debe ser irremisiblemente tronchado. Más común que la caída de hojas es la de gajos enteros. Cuando éstos resisten —tal los del naranjo— una serie de anillos descortezados demuestran que se trabajó allí concienzudamente.
En efecto, la hormiga minera es sobrado fuerte para perder un tiempo precioso recortando partículas de hojas con sus tenazas de gigante. El genio de la especie le ha enseñado maravillosamente la división del trabajo: a las hormigas más bien pequeñas incumbe la tarea de recortar y transportar. Las de talla mediana, ligeras y conservadoras, tienen por misión descubrir, con calma y luz suficientes, las plazas que se debe atacar. A las más grandes, verdaderos monstruos en el género, todo cabeza y mandíbula, compete la tarea de cortar, tronchar sin perder tiempo, ferozmente, como si de un solo instante de vacilación dependiera la existencia de la especie.
El plantador contempla, aniquilado para siempre o por lo menos sujeto a un largo sufrimiento de recomposición, su hibisco precoz en que tenía puesta toda su complacencia. Allá en Buenos Aires —según recordó en otro momento—, en Río Negro, en Salta, dondequiera que había residido, tuvo que defender sus plantas noche tras noche mordidas a pequeñas dentelladas, y había triunfado. Ante el espectáculo de ahora, el hombre queda mudo. No en largos meses de asalto y pequeñas rapiñas: en una hora tan sólo, cuatro hormigas han destrozado un frondoso arbusto y sus ilusiones de plantador.
Esa es la hormiga minera.
* * * * * * *
Ha transcurrido el verano. El jardín ostenta magnífico esplendor, no uniforme ¡oh, no!, pues una que otra planta acusa en su ralo follaje o en sus desnudos gajos la inevitable acción de la hormiga minera.
Pero el plantador no ha perdido los bríos para la lucha. Antes bien, en el lapso trascurrido ha agotado ampliamente los cien procedimientos que trajo al país para destruir al enemigo.
—¿Y esas plantas? —le dice alguien—. ¿Ha aprendido a defenderlas?
—Aún no —responde el propietario sonriendo de nuevo—. Estoy aún en los comienzos…
Ese hombre, en efecto, ha ensayado en la lucha todos los medios conocidos, inventados o adivinados por un plantador celoso de su bien. Conoce todas las celadas, todas las trampas, los aros protectores, las soluciones, los gases, las máquinas insufladoras, fumigadoras y destiladoras, todo el arsenal de guerra que exige el país para combatir a su más terrible hijo. Su experiencia, tan breve como intensa, le ha enseñado algo, y es lo siguiente: que a la hormiga minera, poniendo en juego una inacabable perseverancia, se la puede tener a raya; mas no destruirla, a menos de empeñar en la lucha todo el capital de que se dispone y la propia larga vida.
Los años venideros ampliarán sus conocimientos al respecto. Hoy, a la conclusión del primer estío, la paz de sus noches se ve turbada por su impotencia para defender un joven eucalipto. Faja de espartillo, de lana cardada, de viruta al bleck; aros al tanglefoot, aros colgantes, aros circulares con agua: todo lo ha salvado la hormiga.
Pero ¿cómo? ¿No era un dogma que un simple aro doble al pie de la planta —descubrimiento suyo— oponía una barrera infranqueable?
Así es, en efecto. Mas instruidas por quién sabe qué infernales dioses, las hormigas pasan, pasan y enloquecen al plantador.
Su ronda nocturna no da resultado. Con intervalos de tiempo variables, una mañana ve desde lejos el tendal de hojas que le enfría el corazón.
Una noche, por fin, el misterio se aclara. Tras un sofocante día de gran depresión, la borrasca estalla a altas horas. El propietario del parque se levanta a revisar bajo el viento y el agua que lo empapan, los guardasol de sus arbustos recién trasplantados. De paso, al regresar, dirige la linterna al eucalipto, y el problema queda enseguida resuelto.
Un poste del tejido de alambre que limita la zona de influencia del "bungalow" se levanta a corta distancia del eucalipto. En la cúspide de este poste, con las patas traseras bien firmes en él y las delanteras al aire, están las hormigas aguardando que las sacudidas del viento pongan las hojas a su alcance. Están al acecho, como fieras, el tren posterior en resorte y las mandíbulas abiertas, tanteando el vacío con sus patas.
Noche tras noche las hormigas han trepado al poste, para abandonarlo ante sus vanas tentativas de alcanzar las hojas pendientes. A favor del viento, su perseverancia le da el triunfo.
Más tarde —ocho meses después—, el plantador ha visto a las hormigas enardecidas por la primavera emprender desde ochenta metros de distancia el mismo camino del verano anterior, a pesar de las remociones de tierra que han trastornado el lugar, y buscar prolijamente por el suelo, sin errar en un centímetro, el poste que ya no existe.
Tal es la hormiga minera. En los años transcurridos desde que el hombre se propuso crear un parque alrededor de su casa, la hoya más próxima de hormigas se halla a doscientos metros de aquélla, y apenas ni de tarde en tarde se atreven a abrir la boca de una mina en la zona de peligro, más con cautela y sobresaltos tales que corren a precipitarse en sus minas apenas sienten los pasos del hombre.
Tal es un luchador.
