En la región nordeste de la república, asolada por la hormiga, los colonos recitan al efectuar sus siembras: "Plantemos para las hormigas, y que alcance para nosotros".
No se trata, como pudiera creerse, de una tolerable hormiga de jardín, muy fácil de exterminar en su hoya. La hormiga minera nada tiene que ver con sus congéneres negras o rubias. Es un poderoso animal de color rojo obscuro, tremendas mandíbulas y el torso erizado de púas, que vive atrincherado bajo tierra en Misiones.
Ella es dueña absoluta del subsuelo y de la vegetación que crece encima. Más que el tiempo, ella rige la agricultura del país. Su presencia desencadena la desesperación del colono.
Tarde o temprano, se la envenene o se la asfixie, se la combata día y noche en sus mismas trincheras, ella acaba por triunfar.
Dificultosamente en los tiempos de sequía, y con gran rapidez en los tiempos de lluvia, la hormiga minera avanza sin cesar sus líneas subterráneas. Y de la plantación donde ellas surgieron una noche, no queda a la madrugada siguiente sino las hojas intactas diseminadas en montones.
Porque este insecto de ojos casi invisibles sabe perfectamente qué clase de lucha es la que entabla con el hombre. Cualquier otra hormiga cortaría con gran habilidad sus redondeles de hojas, para descender gravemente con ellas a lo largo del tronco. Es ésta una tarea paciente, que requiere mucho tiempo, y que la misma hormiga minera no desdeña cuando se siente en su terreno.
Pero de noche, y en una plantación hostil, no. Las pequeñas hormigas de acarreo esperan entonces al pie de la planta, mientras las grandes hormigas de batalla trepan a cortar las hojas, unas tras otras, en el mismo pecíolo. Tan seguro es su instinto y tan potentes sus mandíbulas, que desde veinte metros se puede oír en la obscuridad el ruido sordo de las hojas cayendo como lluvia.
Una plantación de maíz nace, crece y prospera durante nueve días, y al décimo no queda un tallo en pie. En una sola noche la tierra colorada recobra su soledad.
La hormiga minera posee una inteligencia sombría y sutil como no es fácil hallarla en la misma abeja. Cuando ha gustado de una planta, conserva su memoria a través del tiempo y de las estaciones.
La hemos visto a fines de verano descubrir por casualidad un duraznero a través de mil zigzag, y a la primavera siguiente, su primer ataque nocturno ha sido a dicho duraznero, por el mismo absurdo camino.
Durante mucho tiempo pudimos en casa defender un joven eucalipto, gracias a una constante observación que no admitía tregua. Una noche las hormigas franquearon las líneas de defensa del tronco, sin que pudiéramos explicarnos cómo. Esa misma noche —soplaba una fuerte tormenta,— hallamos la solución.
A un metro del eucalipto pasaba el tejido de alambre, uno de cuyos postes rozaba casi las ramas del árbol. En la cúspide del poste, las hormigas estaban amontonadas a la caza de las ramas que el fuerte viento ponía a ratos a su alcance.
Alzadas al asalto, las patas delanteras al aire, las hormigas seguían con el cuerpo el balanceo de las ramas, listas para trepar. Por momentos la rama descendía hasta el poste, se alzaba con su carga de hormigas, y aquél quedaba un instante desguarnecido; pero nuevos ríos de hormigas subían por el tejido a ocupar el lugar de las asaltantes.
A la par del eucalipto, teníamos en casa setenta y tantos árboles que defender. Puede suponerse así el centelleo de faroles de viento y linternas eléctricas que relampagueaban de noche en la meseta.
