Esta culpa de inmoralidad recaída sobre un novelista con treinta años de honestísima labor, inmoralidad supuesta tan obscena y crasa que el Consejo de la Legión de Honor se ha visto forzado a arrojar al escritor de sus filas, constituye un hecho bastante más trascendental que la excomunión religiosa y digno, por lo tanto, de grave atención.
Nadie ignora la situación de niños mimados de la literatura de que gozaron un día los hermanos Margueritte, hijos del general del mismo nombre, cubierto de gloria en el célebre ataque de caballería de Sedan. Paul y Victor Margueritte han cantado con profundo amor filial las hazañas de su padre, y las del ejército y de su patria en general. Por muchos años el nombre de los hermanos Margueritte ha estado así ligado a las glorias pasadas y futuras de Francia, condensadas por cierto mundo en un solo y neto ideal: la revancha guerrera.
Llega esta, por fin. Margueritte publica una novela, una de las treinta y cinco que ha escrito con nacional aplauso, y que apenas se diferencia de las otras por la pintura del ambiente social que ha creado la guerra. Pero esta vez se desencadena una catástrofe, y el autor es echado ignominiosamente, como un vil personaje que hubiera faltado a todas las leyes del honor, de la Legión Republicana, de la cual el aturdido novelista era Gran Comendador.
¿Debe creerse que La Garçonne es culpable de inmoralidad, al punto de atraer sobre ella tan extremadamente grave sanción, de parte de una orden que nada tiene que ver con la literatura?
La fantasía popular ha forjado sobre este libro comentarios truculentos, cuyo pábulo —nos dicen— puede hallarse en una librísima traducción. No haría falta, tal vez, pues que la novela es suficientemente cruda. Vale de todos modos precisar el valor real que como inmoral u obscena tiene La Garçonne.
Una hija de nuevos ricos, muchacha de fuerte valor espiritual, y que se siente cada vez más desilusionada de la vida de su alta clase, halla por fin un "hombre" entre sus innúmeros pretendientes. Le entrega su corazón —y su cuerpo mismo— pocos días antes de casarse, pero el feliz sujeto no buscaba de ella sino un negocillo de banca, y hasta el día anterior a la boda prosigue comiendo a dos carrillos: su amante anterior y su prometida. Esta los sorprende, y ella, que había erigido su nueva vida sobre el culto de la sinceridad a toda costa, rompe con su novio.
Verdad, sinceridad… Ambas palabritas tan llevadas y traídas constituyen, pues, su nítida personalidad. Personalidad tan sólida e inconmovible, que al sentir el brutal golpe reacciona con intensidad igual a la afrenta recibida; y al salir sola e indignada del baile donde acaba de sorprender a su casi esposo con su "otra" amante, se entrega al primer desconocido que la solicita.
Estas dos manifestaciones violentas de su amor a la verdad: una que la lleva a darse naturalmente a su novio por ternura, y otra al primer desconocido por indignación, delimitan netamente el carácter de la heroína. No es luego de extrañar que arrojada de la casa de sus padres (como puede presumirse, no ocultó ni a sus padres ni a su pretendiente su desvarío de la noche anterior), con el corazón amargado y su fe hecha añicos, llega a no creer en nada ni en nadie, y mucho menos en los hombres.
Los hombres, piensa la heroína, han impuesto las leyes morales en provecho particular suyo. Por su parte, ella se considera un hombre en punto a independencia. No pudo obtener de ellos su femenina felicidad cuando aún era tiempo; irá ahora a conquistársela a ellos mismos. Conviértese así en un muchacho, sin límites en el usufructo de su libertad. Usa y abusa de los placeres en toda forma y bajo todos sus aspectos. Llega a pulsar con sus manos, indiferentemente femeninas o masculinas, las siete cuerdas del pecado. Pero cuando está a punto de perder en las náuseas del opio sus últimas ilusiones que su libre vida de varón le ha negado, sarcásticamente, halla por fin un "hombre", un simple hombre de buena fe, cuyos brazos reencuentran, solamente entenebrecida en aquel pingajo humano, la frescura de la muchacha de antaño.
Nada más sobre el argumento. Veamos ahora el asunto de obscenidad, culpa exclusiva de La Garçonne ante el Consejo de la Legión de Honor.
Ciertamente la novela posee algunas escenas crudísimas, airosamente salvadas por el arte del escritor, pero crudas de buena fe. Nada cabría en su descargo, si dichos cuadros no tuvieran otra finalidad que su simple exhibición. Pero muy otra cosa es lo que busca el autor con esas puntas de fuego, las mismas a que recurrieron y han recurrido todos los pintores de sociedades de decadencia —Juvenal, Voltaire, Zola—, para no citar sino tres nombres. No se corre a los mercaderes del templo con florecillas.
En arte —no en devocionarios, claro está— la pretendida obscenidad de La Garçonne es cosa vieja. Probablemente su lectura no es recomendable a las damas que aún no la han leído, pues contadas veces los moralistas exasperados han escrito para solaz del bello sexo.
La literatura actual —nadie lo ignora tampoco—, está ahíta de libros exclusivamente pornográficos que parecen no haber alcanzado la felicidad de indignar a Supremo Consejo alguno. ¿Por qué, pues, este ensañamiento con una novela altamente moral, cuyas páginas no son otra cosa, como lo hemos dicho, que el relato de una desesperada lucha por hallar en una libertad absoluta, la claridad de vida que no encuentra en sus cortas polleras?
He aquí la razón: lo que las finanzas y la industria gobernantes no perdonan al novelista, lo dice este mismo: es el "haber pintado las costumbres de las altas clases tales como son, y el haber denunciado al día siguiente de la guerra, en Au bord du Gouffre, a los responsables de los primeros desastres".
En efecto, no hay otros motivos. Y debió pasar ratos amargos el consejo antes de encontrar un pretexto plausible para vengarse de aquel libre escritor. No pesó la literatura un adarme en el ánimo de los delegados del gobierno; lo que se castigó fue la denuncia del nuevo estado social creado en los países que sufrieron directamente la guerra, por sus impulsores y sus usufructuantes, desde el almacenero del frente que ante su cajón repleto oraba con su mujer todas las noches para que la guerra no concluyera, hasta el financista hinchado de millones, que ahora sus hijas liquidan en insolentes kermeses pro-mutilados, con sus profesores sudamericanos de baile, entre dos quebradas de tango a la cocaína y de shimmies al jazz band.
Nadie ignora la difusión actual de los hipnóticos, como no se ignora tampoco que son las clases ricas sus más fuertes consumidores. Tampoco lo ignoraba el gobierno francés, ni su portavoz, el Supremo Consejo de la Orden. Pero no se perdona a Margueritte el haber desarrollado su novela precisamente en aquel medio intangible, entre niñas chic hijas de industriales, ministros y ex presidentes de consejo.
No se le perdona la revelación de esa orgía de millones beneficiados y rapiñados en la guerra, en tanto que los mutilados del frente revientan de hambre, "mientras se hace flamear sobre todo esto las grandes palabras como banderas; Orden, derecho, Justicia".
Es decir: Liberté, Egalité, Fraternité…
Por idéntica razón no se perdonan al autor estas palabras puestas en boca de la protagonista… "El hambre del Volga, amontonando en las puertas de los cementerios los niños en filas de cadáveres, la miseria llevada hasta el canibalismo, esa visión de las atrocidades que devastan a un pueblo cuya sangre fraternal había corrido dos años en la carnicería común, hizo palidecer a Mónica. Los ojos bajos, pensaba en las fiestas de gala de antaño, en los zares aclamados por París y los presidentes de la república festejados en los palacios imperiales… Eran los millones sacados de los Plombino, los Ramson, los Bardinot, de la media de lana campesina y la caja de fierro burguesa, los millones con los cuales todos esos piratas…"
Y por último, no podía el actual gobierno de Francia perdonar al hijo del general Margueritte, el haber estampado en La Garçonne que los parlamentos son molinos de viento que giran en el vacío, y destinados a ser barridos por el huracán revolucionario.
El libro —se ha dicho— desprestigia a Francia ante el extranjero.
¿Qué extranjero?... Ya la guerra borró las fronteras locales al constituir dos únicas naciones: las aliadas y las enemigas. Vale decir: vencedoras y vencidas. Pero esta fraternidad, ya bien olvidada por las gentes que trabajan, persiste en las clases súbitamente enriquecidas, cuyos placeres fueron siempre aliados, y cuyos millones tienen un mismo olorcillo a sangre. No son, pues, aquellas clases de Berlín, de Nueva York o Londres, las que se ruborizarán de París.
Tal es La Garçonne. No hay en toda ella nada de inmoral, si por moral entendemos lo que nos empuja al bien. Tal es, con moraleja y todo: el ansia de las mujeres se ha exasperado y desviado de tal modo en el ambiente de dancing e impudor creado por la guerra, que el tipo de Mónica Lerbier resulta tímido y soso en medio de la tremenda corrupción de las altas clases. El autor lo jura por su nombre, y Anatole France lo confirma.
Como obra de arte, la novela en cuestión es mediana. Esta sería, de acuerdo con una moral artística viene entendida, su más grande falla.
