La Intervención De Los Espíritus Y La Caja De Fósforos

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Cuento


Las últimas manifestaciones espiritistas de Conan Doyle, y su certeza de comunicarse más allá de la vida con su colega Houdini, han vuelto a inquietar a todos los innumerables doloridos de este mundo que con mayor o menor fe sueñan o confían en reanudar, a través de la muerte, una felicidad trunca.

Cabe ante el renovado fenómeno sorprenderse una vez más de la resistencia que el hombre opone a desaparecer totalmente de un escenario frío, insensible y duro, en el que apareció cuando su turno en la caravana fue llegado, y donde se desarrolló, actuó, se encogió y murió, sin llegar a tener nunca conciencia del por qué de este surgir y desaparecer en lo que media de un segundo a otro del universo, y sin conocer otra cosa de su destino que la fatal brevedad en cumplirlo.

Puede el hombre convivir años enteros con los astros; puede prescindir de su yo ante descubrimientos de divina exaltación: pero ante la idea de su muerte personal, circunscrita a sí mismo, el hombre, con una terquedad heredada a través de las edades de la amonita primaria, se agita y se revuelve ante ese anonadamiento.

Sin exceptuar una sola, todas las religiones han enseñado y muestran al hombre el camino de la muerte fatal y liberadora. No hay fenómeno, en nuestra transitoria existencia, más forzoso, necesario y breve que su desaparición. A ningún horror, fantasma o cuco nos acostumbran desde pequeños como a la fatalidad de morir. No hay espectro más fiel en la sombra de todas nuestras acciones que el de la inexorable muerte.

Y no nos acostumbramos a ella, sin embargo. Millares de siglos pasarán, y lo que constituye un acto archiconocido y archisentido por todas las generaciones muertas, y cuyo hábito debía habernos legado, espantará siempre al hombre como inesperada y horrible sorpresa.

Y es forzoso que así sea. Si no fuera la Vida misma quien se defiende así contra el asalto y la disolución, ha tiempo que la mentalidad exagerada del hombre, y con ella toda su secuela inmoral, hubiera concluido con la vida. En el acto más enérgico de que el hombre sea capaz como ser vivo: el de matarse, no es la moral creada lo que alienta y protesta ante tal acto, sino la milagrosa y perseverante organización a que llamamos vida, y que nos llega desde su remota eclosión el amor y la necesidad de sostenerla.

Puede todo esto explicar nuestra resistencia, sentimental esta vez, a no volver a ver nunca más a los seres queridos que desaparecieron, y nuestra predisposición para soñar, percibir, oír y aún tocar a los espectros de aquellos amores.

Sin embargo, no suelen las comunicaciones espiritistas satisfacer plenamente el corazón de los deudos, y menos todavía la curiosidad que nos embarga ante el gran problema del más allá.

¿Qué sucede en aquellos planos? ¿Qué planos son ésos? ¿En qué circunstancias de ambiente, tiempo y lugar se mueven esos espíritus?

Nada puede saberse. Jamás una pregunta al respecto ha obtenido de ellos una respuesta pasablemente concreta. Son siempre las mismas vaguedades con fortísimo dejo a baja tierra:

—¿Son ustedes felices?

—Naturalmente...

—¿Pero en qué consiste esa felicidad?

—No tenemos preocupaciones...

—¿Y qué hay allí?

—¿Cómo qué hay?...

—Sí, ¿dónde están ustedes?

—Pues... en un plano superior...

—Y abajo, arriba, a la derecha, a la izquierda, ¿qué hay?

—¿Cómo?...

—¿Hay piso?...

—¿Piso?...

—¿Casas, habitaciones?

—Naturalmente, hay casas...

Y así por el estilo. Este espécimen de diálogo, fielmente transcrito, puede dar la norma del noventa y nueve por ciento de las respuestas de los espíritus cuando se los fuerza un poco.

Una sola parece ser en suma la preocupación de estos seres: demostrar su existencia, y sobre todo su identidad, por medio de circunstancias casi siempre nimias que sólo ellos podrían conocer; recuerdos oscuros que atañen a incidentes de la vida diaria; alusiones vagas, equívocas a veces, que prueban en los desencarnados fuerte humor; pero de lo único realmente interesante: de la trágica existencia del más allá, de ésa, hasta hoy los espíritus no han dicho una palabra.

En los fenómenos de orden psicométrico: telepatías, rememoración del pasado ancestral, desarrollo de fuerzas vivas y creaciones más o menos materializadas de la subconciencia —la observación fría registra de tarde en tarde casos de gravedad excepcional. No pasa de igual modo con la previsión del porvenir; y es justo que así sea, pues si todo lo anterior puede explicarse por el substratum acumulado de mil conciencias heredadas, hacia el porvenir nosotros formamos el tramo terminal de la escala: más adelante no hay nada —a excepción de los espíritus.

Pero aún concediendo a estos una influencia más determinante y comprobada en nuestras vidas de lo que parece ser, cabe recordar que sus advertencias, revelaciones y presagios se manifiestan casi siempre en pequeñas contingencias mnemónicas que en nada afectan a nuestra vida física y espiritual.

Algunas veces, sin embargo, realizase una intervención, surgida no se sabe de dónde, que nada tiene que envidiar, como trágica, a cuanto quepa de imaginable. Atribúyase ésta a simple neurosis resuelta en alucinaciones auditivas, a la subconciencia, a los desencarnados, ello es que la crueldad, imbecilidad o fatalidad de estos llamados no puede ser más espantosa.

Una madre ha criado a su hijo, de cinco años entonces, con amor entrañable. Ha puesto, como vulgarmente se dice, su vida en él. Nada concibe del mundo sino a través del porvenir de su hijo.

Pero he aquí que poco a poco comienza a tener la impresión, vaga al principio y angustiante luego, de que la desdicha se cierne sobre la casa. Un tiempo después, esta desventura se precisa en el porvenir de su hijo. Cuantas veces sueña con este porvenir, cree oír una voz que le dice:

—Será inútil...

En este estado, tiene a cada instante la obsesión del fuego. Dos veces, con pequeños intervalos, ha corrido por todas las piezas creyendo sentir horrible olor a quemado.

La obsesión y la angustia aumentan. El porvenir de su hijo y la idea del fuego están ligados con un mismo horror y un mismo presagio. Cada vez que quiere pensar en la dicha que aguarda de los años, la misma voz le repite:

—No pienses; él de nada tendrá necesidad...

No se enciende más fuego en la casa. Persigue todas las cajas de fósforos fuera de lugar. Una hora antes de la catástrofe, esta obsesión de los fósforos se torna irresistible.

—Destrúyelos —le dicen—.

Y así lo hace. Para mayor seguridad, acuesta a su hijo. Cuando concluye:

—Vuelve el colchón —oye aún.

En ese instante la sirvienta la llama, y sale un instante, prometiéndose retornar enseguida a hacerlo. Apenas se ha alejado, oye gritos desgarradores que parten del dormitorio, y corre, hallando la camita envuelta en llamas, y a su hijo con graves quemaduras a las que no sobrevive.

Tomamos el caso de Maeterlinck. Siendo este escritor el hombre que más de cerca ha explorado el misterio de la muerte y su más allá, dejémosle la palabra:

Es probable —comenta Maeterlinck— que bajo el colchón se encontrará un fósforo extraviado que el chico descubrió y encendió; es la única explicación posible del incendio, pues ya hemos dicho que no había fuego en la casa. Si la madre hubiera dado vuelta el colchón, habría visto el fósforo; y, por otra parte, habría vuelto sin demora el colchón si se le hubiera dicho que debajo había un fósforo.

¿Por qué la voz que la empuja a hacer el acto necesario, no agrega la sola palabra capaz de determinar este acto? Los que dan estos avisos deben de saber que serán inútiles, puesto que es evidente que prevén el acontecimiento entero; pero deben de saber igualmente que una postrera palabra, que no pronuncian, sería por sí misma eficaz para detener la desgracia ya cumplida en su previsión. Tan bien lo saben, que llevan esta palabra hasta el borde del abismo, la tienen suspendida, la sueltan casi, y la recogen bruscamente en el instante en que su peso va a hacer remontar la felicidad y la vida a la superficie de la profunda sima.

¿Qué misterio es ése, pues? ¿Es impotencia o mala voluntad? Si no pueden, ¿cuál es la fuerza inesperada y soberana que se coloca entre ellos y nosotros? Y si no pueden, ¿de qué, de quién se vengan?

¿Cuál es el secreto de estos juegos inhumanos, de estas diversiones insólitas y crueles sobre las crestas más resbaladizas y peligrosas del destino? ¿A qué prevenir, si se sabe que el aviso será vano? ¿De quién se burlan? ¿Hay realmente una fatalidad inflexible en virtud de la cual lo que debe cumplirse está cumplido desde la eternidad?

Pero entonces, ¿por qué no respetar el silencio, ya que toda palabra será inútil? Se comprendería su agitación, sus titubeos, sus esfuerzos, si no supieran, pero está perfectamente probado que lo saben todo, puesto que predicen exactamente lo que podrían evitar.

¿Son locos desocupados o cómplices de una horrible broma? ¿Es de la feliz solución de un enigma o de una adivinanza pueril que depende nuestra suerte? ¿Toda la libertad que nos es acordada se reduce a la lectura de una charada más o menos ingeniosa? ¿La grande alma del universo sería el alma de un muchacho grande?

No conocemos nada más desesperante para el tema propuesto que el caso anterior, de tan magistral manera, analizado por Maeterlinck. Obra de la subconciencia o de los espíritus: sabemos perfectamente que en nuestras almas terrestres, adheridas a la vieja carne, hallamos más compasión y nobleza que en ellos. Eso nos basta.


Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.
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