Suele llamarse así a la gran expedición organizada por el virrey del Perú en 1559, con el objeto de descubrir Eldorado. Lanzada esta expedición desde las fuentes mismas, podría decirse, del Amazonas, descendió por él cinco mil kilómetros hasta su desembocadura, tras una serie de infortunios superiores a los sobrellevados quince años antes por él mismo Orellana, explorador del gran río.
Componían esta expedición 350 españoles, la mitad de ellos aventureros de la peor especie: pero con sus mancebas negras e indias, y sus esclavos indios y negros, alcanzaban todos a mil. Cuéntense además 300 caballos, y armas y pertrechos de guerra en gran cantidad.
En la misma orilla del Marañón construyeron doce grandes buques; pero por deficiencias de los astilleros, sólo flotaron en el agua dos bergantines. Con la clavazón y hierros de los demás se fabricaron dos grandes chatas y doscientas balsas. Y en esta lamentable flota se lanzaron los marañones a la conquista de Eldorado, al mando del capitán general don Pedro de Orsúa el 26 de septiembre de 1560.
La mitad por lo menos de los marañones, lo hemos dicho, eran gentes escapadas de la horca, o en busca de ella. En una y otra justa condición se hallaba uno de los tenientes de Orsúa, llamado Lope de Aguirre, vasco, de cuarenta o más años, pequeño de estatura, cojo; más de una energía física y moral tal, que no ha sido sobrepasada por la de conquistador alguno. Véase en breve resumen lo que hizo este hombre.
A los cuatro meses escasos de expedición, socava la autoridad casi sagrada del capitán general Orsúa, y al frente de sus gentes lo apuñalea en su hamaca, la noche del 1° de enero de 1561. Erige acto continuo "Príncipe de Tierra Firme y Perú, y Gobernador de Chile", a un joven andaluz llamado Fernando de Guzmán. Al cabo de cinco meses el jefe de la expedición decide concluir con Lope de Aguirre, pero éste se adelanta y concluye con aquél a arcabuzazos. Dueño ya de los destinos de los marañones, se pone al frente de ellos con el título de "Lope de Aguirre, la Ira de Dios, Príncipe de la Libertad y del Reino de Tierra Firme". Entre todos los capitanes de aquel siglo, el nuestro fue de los contados que no prestaron nunca crédito a la leyenda de Eldorado, Bajo su mando los marañones debían continuar río abajo; pero para salir al mar, y emprender la conquista del Perú. Había enarbolado el pabellón negro.
Entre tanto, sobre el río desbordado las fiebres, las alimañas, el hambre, las traiciones y la mano de hierro de Aguirre diezmaban a los marañones. La flota había sido destruida ya una vez, y recompuesta. Al llegar a la boca del gran río, el pororoca deshace una vez más la flotilla de balsas. Con lianas y la ropa de su gente, Aguirre fabrica velas, erra durante tres meses por los islotes del delta sin encontrar salida, hasta que por fin, al frente de su horda de piratas, el más fiel de los cuales, de haber tenido ánimo para hacerlo, habría acuchillado a su jefe. Lope de Aguirre corta el mar Caribe y arriba a la isla Margarita, en las costas de Venezuela.
Se apodera allí de las autoridades españolas, erige su pabellón negro, y al cabo de mes y medio de reinado tan atroz para los isleños como para sus mismos marañones, Aguirre se hace a la mar, desembarca en Borburata, se interna hacia el Perú a través de montes y selvas, hasta que se ve detenido en la población de Barquisimeto, donde las tropas reales le ofrecen batalla. Aguirre es vencido, se ve sitiado y luego abandonado por todos sus piratas.
Al verse solo, llama a su hija, una joven y hermosísima mestiza que idolatra, y que lo ha acompañado en toda la jornada, y cerrando los ojos ante el dolor de la joven, la apuñalea hasta quedar muerta. Acaba de hacerlo, cuando entran dos de sus antiguos marañones. Uno le tira un arcabuzazo. Lope de Aguirre cae herido, y le grita desde el suelo:
—¡Este tiro no vale!
El otro marañón le dispara otro arcabuzazo que le da en medio del pecho.
—¡Este sí! —dice, y muere.
