La Joven Obesa Que Quería Vivir Su Vida

Horacio Quiroga


Cuento


La Joven Obesa Que Quería Vivir Su Vida


Y pensar—dice la joven, sin apartar los ojos del fuego de la chimenea— que a estas horas hay gentes que corren a aburrirse en los teatros por el temor de la soledad!

El hombre, sentado también ante el resplandor del hogar, tiende, sin mirarla, el brazo hacia la cabeza de su mujer. 

—Hace tres años —observa— no hubieras pensado así.

La joven sonríe por toda respuesta. Y reina de nuevo el silencio. Silencio relativo, por lo demás, pues afuera la tempestad azota el chalet en viólentas rachas de lluvia. El fulgor de los relámpagos pone de manifiesto la meseta entera, que parece alzarse de la nada, espejeante de agua. Más sordo que el crepitar de la lluvia en los cristales del hall, llena el ámbito el fragor de las copas de las palmeras. Más lejos y más hondo todavía, se oye, entre racha y racha, el profundo rumor de la selva batida por el agua.

A tal hora y en tal noche, el pasajero que desde el medio del Paraná atisbara la tiniebla a través de los vidrios del salón, podría distinguir, con alguna sorpresa, en los altos de la sierra boscosa, una luz brillante e inesperada en tal ambiente.

En el foco de esa luz, separada de la selva por grandes vidrieras, la joven y su marido sueñan ante el fuego con el amigo que va a llegar.

La casa, en efecto, y está de fiesta. No es para menos. En pos de tres años de vida solitaria, un amigo de la pareja anuncia desde la metrópoli su decisión de visitarlos. Este acontecimiento, que en la vida de relación urbana no pasa de un trivial incidente, cobra en las circunstancias caracteres casi dramáticos.

Ya se ve: tres años de ausencia del medio ambiente, tres largos años de permanencia en los confines de un territorio, viviendo con la tierra, por ella y para ella, pesan un poco en la soledad de un joven matrimonio. Ni uno ni otro desean abandonar por un instante (¡tienen tanto que hacer!) su silvestre nido, pero tienden gozosos las manos al amigo que llega a visitarlos.

Este joven matrimonio ha constituído por largos meses el tema de conversación de los pobladores de la región. Desde el instante de su instalación en el país, se les ha augurado negro porvenir. Y no sólo referente a su permanencia en la zona, sino a su misma felicidad conyugal.

—No es tierra ésta —ha comenzado uno— ni clima ni soledad propios para gentes de Buenos Aires.

—La joven ésa —apoya otro— no tiene idea de lo que es la vida en el bosque.

—Menos mal, al fin y al cabo, que sufra ella sola; pero es que va a amargar la vida a su marido.

—¿Y ése? —inquiere aún otro.— ¿Es por lo menos hombre de trabajo?

—Dicen que sabe muchas cosas.

Tal vez; lo que falta saber es si sabe vivir aquí.

Bajo este tempestuoso cielo de presagios se instala el matrimonio en el país. No los lleva allá, justo es decirlo, afán de lucro. Con lo que poseen pueden vivir, aunque modestamente. Podrán recibir algunos libros, algunas revistas, y más adelante poseer una radio. Tienen lámparas de potente luz: su amor, y una gran chimenea: su felicidad. Allá, en la selva ya tropical (se hallan casi en el paralelo 23), el frío alcanza bajas más extremas que en Buenos Aires. 

Pueden, pues, vivir. Pero, justamente, la capacidad para este acto indolente en otro medio es lo que se niega a los recién llegados. En la soledad en que se hallan, la ineptitud, el aburrimiento, el “cafard” velan celosamente por ellos. Para resistir su influencia es menester trabajar. Pero, ¿en qué?

No basta amar los ríos, la selva, su fauna y sus plantas. Es menester entrar, como simple eslabón, en la cadena de duros esfuerzos que cumplen los elementos para constituir la Naturaleza. Es necesario arraigar, entrar de lleno en la lucha como un nuevo fermento, hasta hacer nuestros los dolores y las alegrías de la gran gestación selvática.

—Estos son turistas y nada más —han sentenciado los vecinos.— Cuando se cansen de admirar, el frío de la soledad les ganará el corazón.

No, no es cierto. El joven matrimonio —criollos ambos— ha demostrado en breve tiempo su temple. Él, naturalmente, llega con más rapidez a dominar el día entero. Ella tarda aún en sentirse creadora y sostenedora de su hogar, que no es sólo el chalet, sino la vida entera dentro y fuera de él; y el jardín, y las gallinas, y la vigilancia de la cocina y de la leñera; toda una tarea de conquistar un desierto donde nada había hecho, y que la conquista a ella misma al fin.

Hasta el día en que ha prohijado en un mismo afecto triunfal la coquetería de su casa, el arreglo de sus plantas y el porvenir de cuanto vive por ella y para ellos, han pasado largos meses. Ahora ve llegar la noche sin desear otra cosa que estar ante la gran estufa con su marido, bañada, vestida, bella y feliz, a la espera del amigo que llega a visitarlos.

En realidad, es una mujer, una amiga y de la joven a quien aguardan. Para la visitante, un viaje a la zona del Iguazú se halla preñado de encantos. Ya lo ha repetido por carta:

“Feliz de ti que has cumplido tu destino y puedes vivir tu vida, liberada de esta falsedad urbana que nos envenena.”

La joven casada sonríe al final: vivir su propia vida... ¡Es tan, tan fácil decir esto!

Por fin llega la visitante, y sus efusiones ante el hogar selvático, la naturaleza, no concluyen.

—¡Así, y sólo así, se comprende la vida! —exclama.— ¡Qué daría yo por hallarme en tus condiciones! Pero te hallo un poco delgada.

—No creo —responde la joven. —Por lo menos, me siento perfectamente. Tú, en cambio —prosigue, mirándola— me pareces más gruesa...

—¡Oh, no digas! ¡Es un tormento! ¡Figúrate que desde que nos dejaste he aumentado cinco kilos! ¡Un horror! Pero, ya verás: con esta vida y a tu lado me volveré una sílfide!

Las jóvenes ríen y van del brazo a recorrer el dominio.

—¡Ah, así se comprende la vida! —torna a repetir la visitante.— ¡Y pensar que tú sola, muñeca rubia, pones orden en todo esto!

—No sólo orden —sonríe la dueña de casa.

—¡Claro que sí! Bueno, despiértame mañana cuando te levantes. Verás cómo te ayudo.

Pero vanas han sido una y otra cosa. Muy tarde ya, la joven casada torna a despertar a su amiga.

—¡Levántate, por fin, haragana! Son las diez de la mañana.

—¡Oh, es que estoy muerta de sueño!...

—¿Y la ayuda que me ibas a prestar?

—¡Perdóname, Monona! ¡Es que estoy tan gruesa, tan pesada!

—Por lo mismo: ¡haz un esfuerzo!

—Bueno, me levanto. Entra, querida.

—Un instante, ya vuelvo.

Pero cuando la joven retorna y abre, presurosa, la puerta, queda inmóvil ante la actitud de su amiga, que en medio de la pieza, en pijama y con un brazo en alto, vuelca una caja de fósforos que se desparraman por el piso.

—¿Ves? —exclama la visitante.— Es una prescripción médica que sigo con todo éxito. Ahora tengo que levantar los fósforos, buscándolos uno por uno. Te aseguro que es un trabajo. Desde que sigo el tratamiento tengo menos vientre. ¡Fíjate bien cómo se hace: así y así!... Y ahora —prosigue— tengo que desparramar este juego de barajas y recogerlas también una por una. Como ves...

Ante la joven dueña de casa, creadora de una finca a la que presta todo su aliento y sus fuerzas, la gruesa amiga prosigue doblándose con pesadez, transpirando y gimiendo entre cuatro paredes, sorda a la vida que la solicita ardientemente a través de las dos ventanas, y contempla, atónita, a aquella joven sana y fuerte que simula trabajar de un modo horriblemente estéril.


Publicado el 6 de julio de 2026 por Brian.
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