El arte es un lujo —dijo el hombre— He aquí un principio definido no sabemos por quién, y probablemente desde tiempo inmemorial. Creólo acaso la actitud del primer salvaje que en vez de utilizar su urgente tiempo en sobar a diente la piel del reno cazado, lo perdió pasando las horas en grabar en sus cuernos la efigie del animal mismo.
"Es ocioso lo que haces —dijéronle, sin duda.— En vez de convertir la cornamenta en algo útil, en alguna arma que nos permita subvenir a nuestras necesidades, la inutilizas con esas rayas y te vuelves tú mismo inútil para el trabajo."
Desde los remotos tiempos de la caverna, la frase, casi sin variante, viene pesando sobre el alma de todos los que pierden su utilísimo tiempo cincelando figuras en los cuernos del reno…
Conforme con este pecado original, el arte cobra su origen en un robo. En nuestros días no ha variado gran cosa el concepto; y en joyería sobre todo, por los carísimos elementos que las joyas exigen, el arte del cincel, del engarce y la decoración han perdido todo lo que debió tener de arte para convertirse en simple emblema de lujo.
Aquí como allá se ha robado también, aunque de distinto modo. Hasta ayer mismo, las joyas, los aderezos, las diademas, las pulseras, todos y cada uno de los aprestos de la belleza femenina, no poseyeron en substancia más arte que el que quería depararles el dudoso buen gusto del rico joyero que la vendía, y la gula de la dama millonaria, que la compraba. Siendo las piedras preciosas el elemento casi exclusivo de una joya, el arte capaz de convertir en sublime creación un tosco cuerno de reno nada tenía que hacer en las joyerías. Su valoración se definía en karates: tanto pesa una piedra, tanto arte revela. Descontamos, claro está, la rara obra de los orfebres.
Pero la joya común, la pulsera de escaparate, el collar de vitrina, nada pidieron al arte, ni necesitaban de él tampoco, porque su significación era otra: valían como pieza convertible en dinero contante, tanto más admirables cuanto más caras, y su ostentación medía, no el buen gusto, sino la riqueza en tierras, vacas o cédulas hipotecarias de banco.
Tan es así, que las joyas muy caras, los grandes solitarios de agua pura, las sartas de centenares de perlas, tenían casi siempre un duplicado, falso, claro está, pero que en su despreciable valor imitaba hasta el engaño a la joya original.
Temerosa de un contraste que pusiera su joya en peligro, la dama no usaba casi nunca el collar de verdad. Bien guardado en un cofre fuerte o en las arcas de un banco, cedía aquél su lugar en el cuello de la dama a la joya de pacotilla, a ciencia y conciencia de todos, que no por ello dejaban de admirarla. Pero lo que se admiraba, lo que esplendía ante murmullos de entusiasmo, no era la joya: era su tremendo precio en moneda corriente, y con ello la opulenta capacidad económica de su poseedora.
Por esta peregrina tergiversación de valores, el arte, puesto al servicio de la joyería, cubría con su nombre un alto mercado de riquezas materiales. No era menester siquiera lucir una joya: su sola imitación, al demostrar en su dueña capacidad económica, arrancaba aplausos.
Arte de lujo: Con algún millón de años más y disminuída a su más pobre expresión, la frase vuelve a su concepto original.
Pero lo que el salvaje perdió con su cuerno de reno, lo ha encontrado la joyería de estos momentos, creando, con piedritas que se sabe son falsas, con metales de franca e inferior calidad, con trocitos de terracota pintada, una serie de joyas, a veces magníficas, por el precio de cuatro, diez, treinta pesos, y cuyo valor no radica en sus carísimos elementos, sino en el buen gusto de los esmaltes, de las pátinas, del cincelado, de la entonación, de todo lo que en conjunto constituye la decoración artística.
Y con ello volvemos una vez más al salvaje de la caverna, que para realizar sobre el cuerno del reno una obra de arte no igualada hasta hoy, poco tuvo en cuenta el valor despreciable de su material. Como aquel hombre de genio, no necesitó Rude de un bloque de Paros o Carrara para esculpir su "Marsellesa", ni fuele indispensable a Beethoven un órgano de cuatrocientos tubos para componer sus sonatas.
El artista joyero, esterilizado en su creación por exigencias milenarias, ha hallado, por fin, cauce a su sentimiento decorativo en la joya que llena en estos momentos todos los escaparates. Por primera vez, acaso, la joya de mercado posee un valor que no depende del material empleado. Nada en esas joyas baratas que trate de engañar: las piedras no son diamantes, los cincelados lo son a máquina, el oro no es oro, ni las platas oxidadas son plata. Lo que vale en ellas es la feliz elección de los tonos, el fino acierto de la disposición de laminitas empañadas, de garfios, de esmaltes y pedruscos de cerámica.
Quien lleva una de esas joyas lleva también la conciencia tranquila. No simula fortuna ni engaña con su collar. Deléitase ornando su brazo con una chuchería que costó apenas centavos a su fabricante, pero tal vez noches de insomnio al artista que la dibujó.
Tal dijo el hombre. A lo que respondimos: "¡Ah señor! Mucho me temo que se haga usted ilusiones sobre la orfebrería, el reno, el hombre de las cavernas y el sentimiento artístico de quien compra en dos pesos una joya. ¿Cree usted que la mujer que luce por ese precio un collar de grandes piedras lleva la conciencia tranquila?"
—Sin duda —respondió el hombre— pero me he referido a las joyas de decoración, algo más caras. A las pulseras, sobre todo..." — Dicho lo cual me abandonó.
—Sin duda... —he repetido.— Son más caras, pero no tanto para que una persona de escasos recursos no pueda llevarlas... Y mientras me pierdo entre la muchedumbre.
—¿Será posible —me pregunto— que esa muchachita que lleva dos pulseras de bajo precio y de gran gusto, lleve también con ello la conciencia tranquila? Sí, es posible; pero ella no lo sabe.
