La Lata De Nafta

Horacio Quiroga


Cuento



Las rutas de la selva y las de la pampa ostentan dos características, paraíso en la una e infierno en la otra: falta o exceso de vegetación. 

No hay camino en la estepa digno de tal nombre mientras no se logre encauzarlo entre doble fila de árboles. No hay picada en el bosque que pueda resistir a la lujuria floral, si día tras día no se va extirpando la selva ambiente que pugna por cubrir la honda cicatriz abierta. Es, pues, obvio que el amigo del árbol a ciegas sufra trastornos conceptuales cuando trasplantada su existencia a una zona boscosa deba, para conservar aquélla, talar, rozar, aniquilar y quemar constantemente la selva ante el altar de sus pampeanos dioses. 

Nunca como en el bosque el caballo de Atila pudo ser útil. 

Esta disyuntiva: ahogar a la selva o ser devorado por ella se impone como un rito en las picadas y senderos del bosque. En sólo seis meses de abandono, la selva ha rastreado y se ha entrelazado sobre la roja llaga, al punto de tornarse más fácil la apertura de una nueva senda que el reabrir la trocha inextricable. 

Por esto el buen hombre de monte —hay buenos hombres de monte como hay buenos gauchos— va constantemente salpicando de machetazos su avance con la picada. Hoy aquí, mañana allá, el paso del hombre contiene y extirpa las guías ansiosas de la selva, que se lanzan oblicuas hacia el hilo central de luz. 

* * * * * * *

Cuando el noventa por ciento de los pobladores de Misiones eran brasileños, las picadas llevaban su hilo rojo a través del gran bosque con una nitidez hoy perdida. A pie, a caballo, el machete del brasileño iba incesantemente recortando el retoño montés a uno y otro lado de su hombro. Tras cada tormenta la labor aumentaba. Era preciso recurrir al hacha para despejar la huella de los árboles tumbados. Si éstos eran muy voluminosos, se abría un desvío. Pero sólo en este caso se recurría a tal arbitrio. 

Esta solicitud del brasileño hacia su senda nativa halla su raíz en las condiciones de vida impuestas por la gran selva que constituye gran parte su país. Descendiente de exploradores de bosque, nieto de bandeirantes, bandeirante él mismo, ha heredado la vigilancia perpetua de su camino. En todas las naciones limítrofes con el Brasil, donde la selva impera, el brasileño ha avanzado con su machete hasta la línea de la estepa. Allí ha concluido su acción de bandeirante. Más allá de ese límite comienza el reino de la pampa ganadera. 

El gaucho —venezolano o argentino— no se halla en la selva. Sufre con el trasplante, arraiga con dificultad, y de aquí la incomprensión de su nueva vida, manifiesta en el abandono en que mantiene sus caminos que hora tras hora se van cerrando tras su inerte paso. 

Hoy, en las grandes rutas de internación, el hombre montaraz ha desaparecido, desalojado por el camión. Instrumento de progreso urgente, que no aprecia su labor sino por el tiempo mínimo empleado en realizarla. 

La frase «No tenemos tiempo», propia de este instante, osténtase como patente en el radiador del camión. Él tampoco tiene tiempo para cuidar el camino. Y ya se halle al servicio de una empresa nacional o extranjera, el camión, pese a su nacionalidad de origen, a la de sus dueños o de sus conductores, se ha convertido a su vez en criollo hasta la médula, él, sus hábitos y su chofer. 

Un poblador recién llegado al territorio se ve en el caso de utilizar a menudo uno de estos camiones del tráfico montés. La picada es encantadora; la huella, no tanto. A ambos lados de ella, y en un ancho de treinta metros, el bosque fue talado, a fin de que el sol secara debidamente la picada. Con el tiempo la vegetación ha renacido, al punto de que hoy apenas queda libre, en el fondo de aquel mar sombrío, la huella roja. Y asimismo ésta se complica de vez en cuando en los piques de desvío ocasionados por la caída de un árbol —insignificante a veces— pero que «no hay tiempo» de retirar. 

Uno de estos desvíos efectúase en un mal paraje, con fuerte pendiente, en piedra viva. Ha llamado allí la atención del viajero la circunstancia de no distinguir obstáculo alguno de importancia que haya dado lugar a tan peligroso desvío. Nada percibe a través de la maraña que ha vuelto a cubrir la vieja trocha. 

—Debe de haber un gran obstáculo allí —comunica su impresión al chofer. 

—No sé —responde éste, conduciendo a tumbos su camión—. Cuando vine a acarrear aquí, ya estaba este desvío. 

Pero el viajero obtiene un día del chofer que se detenga un instante. ¿Quién sabe? Tal vez una grieta del suelo, un fenómeno cualquiera digno de observación. 

Desciende y examina el lugar. No halla nada: ni grieta, ni fenómeno, ni obstáculo alguno. Nada, fuera de una lata vacía de nafta. 

Nada más. Ése era el obstáculo. 

Antes, quién sabe cuándo, un chofer vertió la nafta en el tanque de su camión y tiró al camino la lata vacía. De regreso de su viaje, desvió la dirección al llegar a la lata, pues no tenía tiempo para retirarla de la huella. Viaje tras viaje, el desvío se fue ensanchando, hasta convertirse en picada maestra, cuando nuevos conductores, que ignoraban su origen, lo hollaron a conciencia. Pero en el fondo de todo este trastorno de arribadas y frenadas peligrosas, no había sino una lata vacía. 

Nadie, pues, tuvo tiempo para apartarla del camino. Nadie vigiló sus intereses: ni los conductores se cuidaron de las posibles multas por elásticos rotos, ni los patrones tuvieron consideración por su vehículo, aunque las cubiertas fueran dejando día tras día, en las aristas de piedra, tiras de su corazón.


Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.
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