La Locura De Las Trincheras

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Entre los mil aspectos de la guerra que escaparon al cine, ninguno menos explotado que esta locura del sistema nervioso entero, destrozado por un bombardeo. Después de la batalla de la Champaña, donde, como se recordará, las trincheras alemanas estuvieron sometidas a un cañoneo sin precedentes, dos mil soldados germanos, que habían soportado el fuego, fueron internados en sanatorios especiales, con una nueva forma de locura cuya manifestación típica era un estado constante de estupor ansioso, que sólo se rompía al menor ruido en atroces aullidos de sufrimiento. Las salas se mantenían casi obscuras, y los enfermos yacían acostados, inmóviles, y los ojos abiertos. Pero un poco de luz que entrara bruscamente, la caída súbita de un frasco, provocaba ataques de locura furiosa. Y así permanecían meses, años, y muchos por toda la vida, con los nervios destrozados. Y sin esperanzas de volver a ser los hombres que habían sido antes de ser bombardeados en una trinchera.

El cuadro de estos dos mil hombres internados en un lúbrego manicomio, convertidos en harapos humanos, es ya sobrado horizonte para una pieza dramática. Pero ha de ser, asimismo, pequeño, ante los mil dramas domésticos a que habrá dado lugar la vuelta al hogar del millón de soldados semilocos, con manías, tics, alucinaciones e insomnios de hombres bombardeados setenta y dos horas, y que después de eso no volverán jamás a ser lo que fueron.

Pues bien: no sabemos que se haya tocado en el cine este obscuro aspecto de la guerra, sino en la cinta La hora trémula, de reciente estreno. Un capitán del ejército norteamericano regresa del fuego con la locura de las trincheras. Los nervios rotos hacen de él un ser desgraciado. La sola caída de un plato en un banquete enloquece al oficial, hasta el punto de saltar al cuello del infeliz mozo. Lo envían a una estancia de California, al silencio fortificante de la naturaleza. Pero en vez de paz halla intrigas femeninas, y por suerte el puro amor de una chica, que a lo que parece debe de salvarlo de sí mismo. Mas esto no se realiza sin que antes haya estado a punto de estrangular al dueño de casa, en una noche de tormenta cargada de electricidad.

El solo asunto de este film merece que se le destaque, por constituir un hallazgo entre los pesados melodramas de espionaje que nos legó la guerra. Pero cuando la creación artística se desarrolla libre de trabas en los países beligerantes, hemos de hallar en no pocos dramas, novelas y films, crueles estudios sobre la influencia en los hogares actuales y las generaciones futuras, de estos locos de las trincheras.

La Impuisiva. —La protagonista de esta cinta —Ethel Clayton— es realmente artista cuando interpreta a mujeres que reprochan, contestan u odian violentamente. Tal es el aspecto agudo de su psiquis, y tal su físico, podríamos agregar, ya que sus ojos —sus pestañas mismas— sólo adquieren real carácter en las situaciones apuntadas. La comedia sienta mal a esta actriz; no obstante, la gracia de su cuerpo constituye un singular deleite.

Va, la señorita Clayton, marchando monótonamente por la senda de ligerísimas comedias bufonescas, en que la acompañan Vivian Martin, Billie Burke y Enid Bennett.

Las cuatro pequeñas rubias no tienen la culpa, seguramente. Pero es con todo doloroso para ellas, —y para nosotros, que sentimos subir a los labios una ligera hiel que no merece por cierto la constelación aludida.

Un Pobre Convencionalismo: Las Poses Estatuarias. —No hace mucho aún, un cuadro cinematográfico terminaba con la acción misma del asunto. Es decir, mientras el obturador se iba cerrando, la escena proseguía desenvolviéndose. Nada más justo y natural, desde que el cine es la vida misma, en punto a movimiento de los personajes. Pero un día, un director de escena recordó que en el teatro es costumbre que desde que comienza a caer un telón lento, los personajes queden inmóviles, en combinación de actitudes y gestos más o menos artísticos. Desde ese día, los cuadros de un film cualquiera nos ofrecen ese desagradable aspecto: hombres agitados, mujeres inquietas, grupos convulsionados, que de pronto se quedan inmóviles, porque el obturador comienza a cerrarse.

¿Qué puede llevar a los directores a esta curiosa transformación de seres humanos en figuras de cera? ¿El afán de explotar la energía fisonómica de una estrella? Seguramente; pero el efecto es contraproducente, pues la riqueza de expresión de un momento dado, se pierde del todo al sostenerla por tiempo interminable en la pantalla.

Sólo un actor, y de primera fuerza, parece haber escapado a la tiranía estatuaria y sosa de los directores: Roberto Roberts.

Es raro que en los últimos segundos de luz, no halle modo de cambiar de postura o de gesto, tal como lo hacía antes en la misma escena, tal como sucede en la vida, de la cual la pantalla, a despecho de lo apuntado, es su más fiel trasunto.


Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.
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