La Moral Del Ford

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica



No es para nadie un misterio que la propiedad de un Ford lleva aparejado un sinfín de disgustos. No reza este contraste con los coches del último modelo. Trátase aquí de un automóvil de verdad, ajeno a la lúgubre nombradía de sus antecesores. El Ford verdadero y legítimo, maravilloso y desesperante, calamitoso e insubstituible, es el otro, catalogado con la letra T. Todos los pertenecientes a esta edición, provengan del año 1927 o hayan perdurado desde 1912 hasta hoy, han contribuido más a la fatiga, la neurastenia y la desesperación de sus propietarios que el resto de sus vicisitudes en la vida.

Cuéntanse estas vicisitudes por billones en tales seres, a causa de la miserable vida que han llevado desde el nacer. Todo puede sospecharse del dueño de un Ford, menos opulento bienestar. Su propiedad indica, denuncia y propala a grito herido la pobreza de su conductor. Y a esta vergonzante condición, dura ya de sobrellevar, se suman las penurias y fatigas sin cuento que la frágil existencia de su vehículo exige.

El Ford no es un automóvil —se ha dicho hasta el cansancio. Abundan sobre él los chistes, a punto de dar lástima y vergüenza. Como de un hijo enfermizo, nadie que lo posea reniega de él; pero sólo los padres, el de la criatura muy débil y el del Ford de segunda mano, conocen la extensión de las vigilias y tormentos que uno y otro les han costado.

Yo compré un Ford ya muy usado. Y su conservación, lograda a expensas de increíbles trabajos, marca una época en mi vida.

En un principio yo estuve sencillamente deslumbrado: poseía, por fin, un automóvil. Jamás había empuñado en mis manos un volante. Ignorábalo todo de su organismo, menos la técnica del motor. Pero los misterios del Ford, con sus cuatro cilindros y su aparente sencillez, alcanzan a un grado verdaderamente diabólico.

En un principio, como he dicho, aquello andaba. Y yo estaba encantado. En breves días, sin embargo, comencé a notar una marcada diferencia entre el ruido que hacían los otros motores y el mío. Yo conocía ya los golpes y estertores que producen las bielas y válvulas muy trabajadas. Había advertido más de una vez en tal cual auto un carraspeo especial cuya causa no se me ocultaba. Pero la disparatada anormalidad de ruidos con que irrumpía de pronto mi motor, sobrepasaba con exceso lo que un conductor de alguna vergüenza puede admitir.

Estudié, escudriñé, sondeé todo con sumo cuidado. Nada hallé que pudiera explicar aquello. Consulté a un vecino criado con un Ford entre las manos, el cual, después de oír impávido mi inacabable exposición de quejas, me observó:

—¿Camina bien su coche? Me ha parecido notarlo.

—A maravilla —le respondí—. Pero…

—No se preocupe —me interrumpió—. Son cosas exclusivamente del Ford. Y aprenda usted esto —concluyó poniéndome la mano en el hombro—: Cuando un Ford no hace ruido, tenga usted por bien seguro que no anda bien.

Ahora lo sé. Y en ello estriba la prodigiosa mecánica de ese coche. En aquellos primeros días, sin embargo, no lo comprendí; y mi empeño en exigir de mi motor el armónico y meloso zumbido de los otros, sólo dejó paso a la conservación del resto del coche.

Se me había dicho al adquirirlo que acababa de ser ajustado, lo que acaso es cierto, y que sólo había caminado honestos millares de kilómetros. Tal vez; pero el anterior conductor había impreso de tal modo su conciencia de propietario en el tablero del piso, que éste ostentaba un profundo hueco en el sitio reservado al taco de su botín. Mayor prueba de su milenario rodar no puede darse.

En consonancia con este vagabundaje sin tregua, todas las conexiones del mecanismo estaban gastadas a punto tal, que puedo calcular sin énfasis en metro y medio el juego sumado de todas las piezas. Día tras día me fue menester ajustar, reforzar, substituir y remendar. Adquirí juegos completos de pernos, chavetas y arandelas para dar al voluble mecanismo la rigidez necesaria. Día tras otro el coche salía bien y volvía mal. Esta frase resume la existencia que llevamos a dúo durante ese tiempo mi Ford y yo. Pasaba la mitad de la mañana con la cabeza dentro del capot, y la otra de espaldas bajo el chassis. No hay distorsión de músculos que ignore, ni mancha de grasa que no me haya alcanzado en la cintura, los hombros, los codos y las rodillas. Desde la tapa del radiador a la última grampa de la rueda de auxilio, no hubo sistema ni pieza que no requiriera diariamente observación, estudio, tanteo y compostura —siempre estéril, pues no es posible devolver la salud sino por contados kilómetros a un Ford ya muy fatigado de vivir.

Se comprenderá así, sin dificultad, que al final yo estuviera cansado, muy cansado. Y no en un sentido alegórico, sino llana y materialmente deshecho de fatiga. Inflar las cuatro gomas (192 bombeadas para cada una), tirar durante horas de la manivela cuando el motor de arranque se niega a hacerlo y otras tareas de más aparato que esfuerzo, no cuentan para el propietario de un Ford. El verdadero campo de batalla que éste ofrece se halla bajo él, celosamente defendido con una infección de grasa y goteras de aceite, entre las cuales es menester removerse como un gusano, retorcer la cintura, los omoplatos y la nuca, entre las llaves que jamás están a mano, para salir por fin anquilosado, negro de pringue y humor, y naturalmente sin haber logrado el ajuste que nos proponíamos.

Como simple particular, pues, y como propietario de un viejo Ford, me hallaba muy cansado. Calcúlese con esto las miradas que echaría yo a los demás coches, y no a los de alto precio: a los nuevos, solamente, cuyos dueños no conocen de su auto sino el matiz del color, o como aquel otro que ubicaba el diferencial en la caja de las bobinas... ¡Qué sueños, qué aspiración puede compararse a la de poseer un automóvil virgen de cinta aisladora y arandelas!

Una mañana, tras cinco horas de luchar bajo el Ford con tuercas sin ángulos y pernos oxidados, lleno de golpes y pellizcones en los dedos, me dejé caer sentado en un estribo, dispuesto a dar mi alma al diablo si me libraba para siempre de fatigas, substituyendo mi coche por otro flamante de 15, 18 o 23.000 pesos. ¡Rodar, caminar eternamente sobre fundas inmaculadas, sin más trabajo en la dirección que calzar y descalzar los guantes!...

Súbitamente, desde el fondo del pasado, subió a mi memoria una situación semejante, con idéntica depresión moral, cuando sentado a la orilla de un gran río que lamía la selva deseé, locamente, un motorcito fluvial y un miserable sulky que me libraran de las extenuantes remadas río arriba, de la ascensión de la barranca cargado con remos, toletes, timón y bichero, del sol y la arena quemantes hasta llegar a casa, donde por todo confort para refrescarme hallaba un poco de agua nauseabunda en el fondo de un barril.

También entonces quise vender mi alma al diablo por una brizna de riquezas que me evitara tanta fatiga. Y cuando algunos años después, logrados mis sueños, me trasladaba desde casa a la playa sin más fatiga que subir y bajar de la moto, y recorría horas enteras el río sin otro esfuerzo que el de mantener monótonamente la barra del motor, también entonces me di cuenta un día de que con el bienestar me había convertido en uno de tantos: ya no me gustaba caminar, ya no sabía remar. Y en el mercado propuesto aquella mañana, el diablo se había tomado la mejor parte al llevarse mi amor a la fatiga saludable, al esfuerzo salvador, hijos de la necesidad.

Conservo todavía mi Ford. Bajo las alas del capot o tendido de espaldas, paso la mejor parte de las mañanas. No importa. Gracias a él he recordado una lección que estuve a punto de olvidar.


Publicado el 24 de julio de 2026 por Brian.
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