La Ñacaniná

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Un hombre, cuya veracidad es para mí el Evangelio, me contó una vez que habiendo encontrado en un naranjal de Misiones una ñacaniná, le tiró, como por broma, una naranja desde diez metros de distancia. La culebra se había vuelto hacia él, observándolo. Como el hombre insistiera con otra naranja, la ñacaniná lo había atacado. Ni el hombre ni yo sabemos nada del carácter de este ataque, pues aquél huyó sin volverse a ver si le seguían. Cuánto puede haber durado la persecución, si llegó a haberla, lo ignora el hombre. 

Son estos los datos más concretos y fidedignos que poseo sobre la famosa acometividad de la ñacaniná. Personalmente, no poseo experiencia sobre ella. Las contadas veces que he estado al alcance de una ñacaniná, no he sido yo actor. En compañía de un peón de obraje, en el Chaco, hemos visto surgir por entre los troncos de un rozado una linda cabeza de ñacaniná al acecho. Nacaniná negra, brava entre todas, y con no menos de tres metros de cuerpo oculto, según era de sólida su testa. El peón ha contenido mi curiosidad volteando rápidamente el winchester sobre el animal. "Ya iba a saltar" —me ha dicho, tras la explosión. Es lo que ignoro.

Otro hombre fidedigno me ha contado que, yendo un día distraído por un sendero del monte, vio en el suelo, a sus pies, una cola de víbora. Siguiendo con la vista el cuerpo semioculto, llegó a volver la cabeza atrás, pues luego de hacer una gran curva, el cuerpo viraba hasta sus espaldas, al punto de que la cabeza de la víbora se alzaba a dos cuartas del suelo. Era una ñacaniná. Que habiendo ido a coger la escopeta, pues el tamaño y la actitud del animalito le imponían, no la halló de vuelta en el mismo lugar, y sí doscientos metros antes, avanzando a su encuentro por la picada, y con la cabeza esta vez a tres cuartas del suelo.

No poseo, como he dicho, más datos concretos sobre esta culebra, pero el repertorio de las hazañas llevadas a cabo por la ñacaniná es fantástico. Una persona culta sobre toda ponderación, me informó cierta vez de que en Corrientes se vio forzado a huir a todo escape a caballo, de una ñacaniná que se mantenía corriendo a su lado a la altura del estribo. Nada en el mundo aventaja a la imaginación en buena fe.

Me inclino a creer que no hay en serpiente alguna coraje e irascibilidad suficientes para perseguir a un hombre. Un oficial de la India cuenta, bajo su palabra, que habiéndose entretenido un día con una nidada de cobra capelo real, fue sorprendido por ésta, y perseguido tenazmente cuadras y cuadras, al extremo de que sólo debió su salvación al hecho de que su turbante cayera al agua, mientras cruzaba desesperadamente un río a nado, con la hamadrías tras él. La hamadrías atacó furiosamente al turbante, y el oficial narró luego lo sucedido. Pero las circunstancias, bajo el sol de fuego de la India, son sobrado dramáticas para admitirlas como artículo de fe.

Una vez, sin embargo, pude haberme cerciorado a fondo respecto de la ñacaniná, de presentarse la aventura con menos humor.

Monteábamos tres personas en Misiones, cuando en la resquebrajadura muy sombría de un alto paredón de piedra, uno de nosotros percibió un voluminoso hongo de árbol. Estos hongos leñosos, muy particulares allí, de dorso obscuro y parte inferior nacarada, recuerdan singularmente a una cabeza de víbora.

Extrañado de hallar tal hongo en tan insólito lugar, mi compañero se entretuvo en pasar una mínima varita —el dedo casi— por lo que podrían ser mandíbulas de la víbora. Procediendo así, llamóle la atención el que cada vez que la ramita pasaba por el sitio que simulaban los ojos, dichos ojos parecían vibrar imperceptiblemente. Mi compañero acercó más entonces la cara... y dió un paso atrás.

El hongo era real y efectivamente una víbora, una ñacaniná negra con su invisible cuerpo repleto de promesas, a juzgar por su tremenda cabeza. Tranquilizada con nuestro silencio y la actitud del hombre junto al paredón, la serpiente se había mantenido a la expectativa. Y cuando el curioso comenzó a hacerle cosquillas con la pajita, la víbora se halló, sin duda, en la plenitud de la gloria.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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