La Ñandurihé

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Hasta el día de hoy, las gentes del norte no han podido ponerse de acuerdo sobre la ñandurihé. Esta víbora representa, sin género alguno de duda, al más venenoso ser de la creación.

Hasta aquí, el acorde es perfecto. Pero cuando deseamos especificar fisonomía, color y particularidades de esta lúgubre bestia, las lenguas se confunden.

Sólo un aspecto de aquélla permanece inalterable en todas las leyendas: su tamaño. La ñandurihé es una viborilla deslizante y fugaz, cuya breve mordedura anuncia cierta, segura, precisa, inexorable y fatalmente, la muerte.

En casa tuvimos una, a que mis chicos profesaron un afecto casi de hermanos mayores. La habíamos hallado entre los bambúes, deslizándose bajo las hojas caídas, que se arqueaban apenas a su paso.

Ante el anuncio siempre flotante en el aire tropical: "una víbora!", mis chicos corrieron a verla. Y un instante después se disputaban a la ñandurihé para jugar con ella.

Pues lo que yo acababa de poner en sus manos, ante el grito de horror de la cocinera, era una pequeña ñacaniná amarilla, como la llaman allí, y asombrosamente parecida a una yarará, en su tierna infancia.

Algunos peones que al atardecer pasaron frente a Casa, desviaron del paso al ver a la ñandurihé entre los dedos de las criaturas. No concebían semejante milagro, como no se lo concibió nunca en el país.

Más la culebrita aquella endulzó algunas horas de nuestra vida, no obstante los serios trabajos que nos exigía. En efecto, no comía sola. Era menester abrirle la boca y alimentarla a la fuerza con pedacitos de carne cruda que introducíamos en sus fauces, y que llevábamos hasta su estómago por medio de largos e inacabables masajes a lo largo del cuerpo.

Los chicos la sacaban todos los mediodías de invierno a asolearla en la arena del patio, habiendo llegado así, la viborita, no a conocernos, pero sí a admitir el roce de los dedos sin sobresaltarse.

Su resistencia a la dieta era asombrosa, como la de todas las serpientes. Por causas ajenas a nosotros, no salió un día de su jaula durante toda nuestra ausencia. Cuando volvimos había adelgazado tanto, que su espinazo parecía una lima; y a ambos lados, sobre el piso, la piel descansaba, achatada.

Había pasado siete meses sin comer.

Por segunda vez nuestra culebrita se vio abandonada en su jaula, pero entonces la culpa fue nuestra. Los chicos se olvidaron de entrar la jaula durante todo un interminable día de fuego. Y cuando nos acordamos por fin, nuestra pupila había muerto. Estaba caída dentro de su bañadera, con los ojos blancos; y en toda la porción de su cuerpo que yacía en el agua, la piel se había arrugado y descolorido.

Nunca quisimos tener otra ñandurihé.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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