Uno de mis sueños de chico fue llegar a ver un día la avenida de las palmeras, en Río de Janeiro. Cuando pude realizarlo, vinieron a mi memoria las palabras con que un viejo señor observó una espléndida foto de dicha avenida, que yo en aquel momento contemplaba,
—Esto no da impresión de lo que es —dijo—. Es preciso verla.
Tenía razón el sujeto. Los testigos de comparación, humanos casi siempre, que se estilan al pie de los grandes monumentos, no logran nunca exaltar la grandeza de aquéllos. En las fotografías de la avenida en cuestión, se percibe claramente, por la pequeñez del hombre al pie de las palmeras, que éstas deben ser veinte o treinta veces más altas. Esta deducción se verifica ante una minúscula cartulina 9/12, bellísima de colores.
En realidad, las palmeras tienen 40 metros. Pero es preciso ver que es una columna viva de esta altura, en cuya sola cúspide, surgiendo como por fantasía, puede decirse que está la planta.
Nada en el suelo se advierte de apariencia vegetal. Ni un tono verde, ni una gota de rocío. A lo largo de la vista, sólo una doble y estrecha fila de columnas grises, casi blancas, perfectamente inmóviles e iguales. La vista se alza, y nada se percibe tampoco más arriba que tenga aspecto vegetal. Pudieran ser columnas de artificio, de algún orden arquitectónico pacientemente calculadas y construidas con dolor, piedra sobre piedra, en una demora sin fin. Sería esto, en verdad, un triste, frío y estéril remedo.
Pero cada columna de esas está viva. La inunda, desde el pie para arriba, una ardiente vida que la ha hecho surgir naturalmente de la tierra con sus solas fuerzas, y que la alza, la alza cada vez más, no para recrear nuestra vista remedando una columna sino para dar apoyo a sus inmensas hojas, que esplenden, por fin, hacia todas las rosas del cuadrante, a 40 metros de la tierra madre.
Los jardines suspendidos de Babilonia no debieron ser otra cosa. Sobre las columnas, lisas y como estucadas, que se afilan y acercan allá arriba, se extiende aquella selva de verde profundo, sin una liana de transición que la una a tierra, perfectamente sola bajo el cielo desierto.
Sus grandes hojas de seis metros, que la brisa balancea apenas en grandes arcos, caen a veces a través de la atmósfera cálida, como grandes pájaros dormidos.
Un par de enamorados, dos jóvenes rubios de raza nórdica, desembarcan en Río, en viaje de novios.
No hay dicha comparable a la suya. Ella, por haber realizado su sueño de trópico, y sentirse bien amada. El, por saberla feliz y adorarla.
Desde que la joven noruega ha abierto los ojos al sentimiento, el paisaje tropical ha constituido el imán de su vida. No ha sentido nunca la belleza de su clima natal, de sus abetos encapuchados de hielo. Su joven existencia se ha deslizado en un escalofrío glacial durante el día, y en un cálido ensueño, durante la noche, de islas ultraoceánicas, contorneadas de palmeras más negras, bajo la noche ecuatorial, que los rincones de cielo percibidos entre las estrellas.
La poesía y la salud, el amor y el encanto de dejarse vivir, lo ha aprendido, desde que abrió los ojos, en el paisaje tropical. Ha contemplado en sus carteles de escuela, en una perspectiva de aeroplano, las islas polinésicas dormidas en un lago que rodea un gran círculo de corales, y contra los que el mar rompe. El primer árbol que ha aprendido a dibujar con sus dedos infantiles, es la palmera. El ave ideal, es la de paraíso.
Daría ella la vida por una sola noche en los trópicos, arrullada por el mar, las palmeras y la voz de un bien amado.
Y helos aquí: el mar, las palmeras y su amor. Ha ofrecido su vida por ellos, y vive. Oye por fin la voz de su amado, y no ha muerto. Reclinada en el hombro de él:
—¡Oh, mi bien amado! —murmura— ¡Siento que nunca, nunca podremos despertar de esta felicidad!...
El ambiente, de suprema dulzura, se ajusta, grado por grado, al ensueño de la joven noruega. Pasa sobre el rostro como una lenta caricia de aire. Allá arriba, altísimas, las palmeras recortan sobre el esplendor de la luna sus inmensas hojas. Los ojos de la joven se alzan al cielo nocturno.
—¡Mira, Olaf! —murmura todavía— ¿Crees que el Señor puede haber otorgado sus mercedes a otros climas? ¡Oh mis palmeras! ¡Mis divinas noches tropicales!
Es el trópico, en efecto, dulce y sedante. Allá arriba, dulcemente, una gran hoja de seis metros acaba de desprenderse, y cae. Cae a través de la dulcísima atmósfera, planeando sin acierto ni medida, suspensa a veces en el aire, precipitándose otras como un cometa, con su gran cola a la rastra.
Esa caída desde 40 metros es demasiado grave para que la frente de una joven noruega pueda resistirla. Desde su primera infancia, ella ofreció su vida y su mismo corazón, si un día latía, por la dulzura sin límites de un paisaje tropical.
El país tropical le ha cogido la palabra.
