La Pendiente de Griffith. Puro Corazón. —La cinta de este título fue estrenada en Nueva York en 1919, ignoramos si con éxito. Pero no debió ser grande, cuando la propaganda local, fiel siempre a la ídem neoyorquina, no columpió en sus brazos a esta cinta de Griffith con los efusivos cánticos comúnmente consagrados a las hijas de este director.
Puro corazón, sin embargo, no se aparta casi del género a que Griffith ha dedicado su amor en los últimos tiempos. Como en la mayor parte de estos filmes, se alza en el que nos ocupa una figura central, inefable, dechado de virtudes y nobleza; una triste y fea mujercita que sonríe ante la belleza de su rival, que llora de felicidad al entregar a una mala ficha al hombre que adora, y que transmuta sus penas de amor en ricos budines para endulzar las cenas agrias del ingrato amargado y de la mujer que lo inutilizó.
Naturalmente, es Lilian Gish esta virtuosísima niña —demasiado virtuosa, podría decirse, para los espectadores de este nuevo mundo. Gracias a esta absoluta supremacía de un solo actor divinizado de virtudes, el film adquiere un aspecto de vieja cosa, de vieja novela que apenas se comprende ya.
Desde el momento en que un héroe del film, del drama o de la novela reina solo coronado de excelencias, mientras los demás personajes no tienen otra misión que servir de puntos de referencia para aquellas gratuitas virtudes que se vierten porque sí, sin que nada las excite, desde ese momento el arte cinematográfico —como es el caso nuestro— se convierte en un simple arte aplicado de la expresión.
Esto, en efecto, y nada más, nos ofrece Griffith en Puro corazón. Una vez ya mencionamos esta pendiente a que se inclina el gran director. La misma Lilian Gish que hizo prodigios de expresión en Allá en el Este, torna a acaparar la pantalla en casi todo el film. Ni Carol Dempster ni Clarine Seymour lucen un instante en el film, con todo de haberlas elegido Griffith como protagonistas de otras cintas suyas. Los primeros planos son todos para Lilian; los desmenuzamientos de expresión, todos son de Lilian. Con lo cual el filme estrenado apenas llega a ser la larga exhibición de una misma cara en distintos estados anímicos, donde se ha simulado la vida de varios personajes en un fondo brumoso, para dar la impresión de un filme dramático, allí donde apenas hay un álbum de estudios de expresión.
Pero la expresión por la expresión es una pobre cosa, cuando no está al servicio de un drama o una historia cuyas emociones de arte son las que dan oportunidad y encanto a la expresión. Muchísimo más que en el teatro, en el film el juego fisonómico cumple simples funciones de comentario. Cuanto es grato seguir en un rostro las huellas de una idea o un sentimiento que desde la pantalla ha llegado a embargarnos, se torna estéril la contemplación de quince segundos continuos de visajes sin interés.
La rubia preferida del señor Griffith realiza ciertamente una labor extraordinaria, a favor de la inteligente movilidad de su rostro. Es capaz asimismo, como ninguna actriz, de comentar angustias o insignificancias de expresión.
Pero del mismo modo que describir por describir es en literatura una fría e inútil proeza, en el film hacer visajes justísimos sin causas emocionales que los justifiquen lleva directamente a una pendiente tangencial al arte, en cuyo fondo están todas las obras del teatro o del cine meditadas exclusivamente para lucir la voz, los trajes o los visajes de determinada actriz.
Hay algo más, sin embargo. En la función normal del cine como expresión de arte, el desenvolvimiento del filme con las leyendas que lo refuerzan y caracterizan, prima sobre el comentario fisonómico. En Griffith suele pasar a la inversa: sus historias, de subida sentimentalidad casi siempre, más poemas que novelas, con más divagaciones líricas que diálogos, no tienen de un tiempo a esta parte otro interés que el que les prestan las facultades mímicas de una actriz (Griffith tiene debilidad por los protagonistas femeninos). La expresión de teatro para caracterizar a estas obras de exclusivo espectáculo: "No resisten a la lectura", alcanza perfectamente a estos filmes del señor Griffith.
¿Pero es tan grande la escasez de escritores para el cine, que ni siquiera un director de esta talla logra un magnífico argumento? Nadie como Griffith posee el don del cine. Nadie tampoco tiene su poca suerte, admitido que en este punto todas las fuerzas creadoras de Estados Unidos —del mundo entero— están a su disposición. Lo cual viene a comprobar una vez más que allá como aquí, como en Europa y en el mundo entero, no basta en el cine la dirección de un Griffith ni la excelencia de cien estrellas para compensar la insulsez imaginativa de sus escritores.
Cine de Ultratumba. —Tres son las primeras figuras de Puro corazón: Lilian Gish, Clarine Seymour y Roberto Harron. Como a la luz del día, corren por la eléctrica pantalla, tan vivas, tan del momento, que por poco que extendieran los labios o las manos, alcanzarían a tocarnos. Viven realmente en ese instante. No son ellos fotografías de ropero o de vetusto álbum de familia: se ríen, se desvisten, se abrazan con la intensidad carnal de la vida misma, pues Clarine y Harron se abrazaron de verdad y prosiguen haciéndolo a despecho de la ilusión fotográfica.
Y he aquí que Roberto Harron y Clarine Seymour, unidos en este instante mismo por un beso de amor, están muertos. Ahora, mientras los vemos correr y desternillarse de risa, ha ya tiempo que murieron.
Si no recordamos mal, Clarine Seymour falleció en los últimos meses de 1920, a consecuencia de una operación. Meses más tarde Roberto Harron se mató accidentalmente con un revólver en un cuarto de hotel. Dos circunstancias, pues, sin trascendencia particular en la historia del mundo, que alejaron de la vida por un tiempo infinito a dos personas sin mayores dotes, a lo que creemos, si se descuenta su virtud de actores. Y aparentemente, parecería que nosotros no volveríamos a saber nada de ellos, ni mucho menos que ellos continuaran aún deslizándose en este mundo.
Porque es realmente curiosa la persistencia de los muertos del cine en sobrevivirse. Harron y Clarine pueden estar bien muertos y tranquilos, descansados por fin en sendas cajas de metal, y a quinientas leguas una de la otra distantes.
Tal vez no simpatizaron en vida, y en su tránsito ciego y fatal por el mundo de los vivos, aquella farsa de Puro corazón fue una de las tantas que se cometen ante el objetivo, con el ansia de concluir de una vez.
Pero si Clarine y Harron se amaron, y lo que la máquina registró como accidental metraje de filme fue su pasión misma, deben de estar satisfechos de su antiguo amor, en la desnudez eterna de sus esqueletos. A través de la caja, de la tierra, del más allá del tenebroso misterio, los amantes se encuentran noche a noche, vividos y flagrantes ante la electricidad. Adheridos así a la vida sobre una lámina helada, nada saben de la muerte, ni de las ocultas cajas de cinc, ni de la apendicitis y un tiro en el corazón. Espectrales como la pantalla misma, como la sala oscura y nuestro silencio, persisten en correr, en reír, en abrazarse, tal como lo hicieron una vez —y para siempre— en Puro corazón.
