Cuando en la última guerra las mujeres, hallando un magnífico adorno el tener héroes en su familia, enviaron a la muerte a sus hijos y esposos, se levantó la voz de Latzko contra esa monstruosa coquetería.
Los hombres, ya se sabe, estaban borrachos de proclamas, mentiras y alcohol. Pero el matar es en suma una vieja y legítima coquetería del animal. Para el corazón de las mujeres no había lugar en esta terrible matanza, fuera del de hacerse arrancar desesperadas los brazos tras el tren que se llevaba, degollados ya de antemano, a sus propios maridos.
Pero como esta actitud no es gallarda, las mujeres inventaron la de tener héroes de su apellido. Y haciendo flamear banderitas desde los balcones o empujando hasta él mismo tren a sus hijos, no hubo una sola madre que gritara: "No sé si serás un héroe después de muerto; ¡pero te vas a matar, hijo mío de mis entrañas!"
No hubo una sola; tal por lo menos debemos de creerlo, desde que los periódicos europeos, retumbantes de madres y novias asesinas, no registraron un solo caso de amor. Tal fenómeno nos pareció insuperable, y lo es. Pero después de tres años los combatientes aliados hallan un corolario de propaganda post-guerrera.
En los últimos días hemos visto pasar una cinta de cine destinada a hacer lucir el generoso espíritu de los triunfadores. Mostrábase en dicha cinta la felicísima vida de los huérfanos de la guerra. Por decenas, cientos y miles iban desfilando las criaturas alegres, cuyos padres habían sido asesinados y cuyas madres habían muerto después. Pasaban unos tras otros, muy bien vestiditos, contentísimos de posar ante la máquina. Grandes oficiales, sonrientes también, guiaban a la piara de huérfanos por entre las baterías de los acorazados, dejándolos solazarse a su gusto.
Y todo esto con leyendas de propaganda que decían: "Los huérfanos orgullosos de visitar los buques que les dieron libertad". Y finalmente una vista con este título: "Un huérfano monta sobre el cañón que mató a tantos enemigos". La infeliz criatura contenta golpeaba con las piernas el cañón, mientras los conductores de la recua sonreían orgullosos ante el objetivo, pensando: "Y bien, vean cómo los aliviamos, vean cómo les hacemos olvidar de su desgracia".
Pues bien: yo tengo dos hijos. Y los veo saltando de gusto ante el cañón que me mató hace un año...
¿Lo hacen solos? ¿Serían capaces mis hijos de hacer tal cosa? No; les dan caramelos para que lo hagan.
Pasa los límites de la misma matanza este horrible engendro de hipocresía que pretende aliviar la orfandad paseando a los inocentes mártires por entre cañones cada una de cuyas granadas los dejó huérfanos; engañando con confites y ropitas de lujo a sus víctimas de una segunda generación; como engañaron a sus padres asesinados con una bandera de humanidad, como nos engañaron a nosotros con la libertad de los pueblos chicos.
