La señora Swanson, estrella mack-sennettista en su recién perdida juventud, trocó un día faldas cortas y peinadores más breves aún por los trajes comm’il faut, con un éxito resonante que arrastró consigo al señor De Milie, su consecuente director.
No hay en efecto modo de separar a la actriz nombrada del influyentísimo supervisor, que parece no poder concebir escenarios de gran lujo sin la cooperación ineludible de Gloria Swanson. Desde la feliz Macho y hembra, esta estrella ha atraído y prestado su concurso al señor De Mille en casi todas sus grandes cintas —casi siempre más largas que grandes.
El resultado de este concurso a ultranza no ha sido para el público tan halagador como el previsto por el director de Los enredos de Anatolio y otras operetas cinematográficas. Lo que no pudo el señor De Mille obtener de doce estrellas juntas y una propaganda fastuosa, lo consigue ahora con El instante supremo, film relativamente breve, que cuenta solo dos estrellas en su reparto, y al cual apenas se ha hecho una honesta réclame.
Cumple, ante todo, mencionar la feliz actuación de la señora Swanson. Ya en otra cinta suya estrenada días atrás, Algo en que pensar —y dirigida naturalmente por el señor De Mille—, la actriz citada hizo excelente figura, cosa de que estaba bastante olvidada. Por la fatal propensión de autores y actores a estilizarse en sus virtudes o tics más celebrados, Gloria Swanson había desterrado de su juego fisonómico cuanto no fuera expresión de vampiro enigmático.
Sus ojos son ciertamente de enigma; pero no tenemos por qué perder el sueño atormentándonos en averiguar qué hay tras la mirada verde y fría de Mme. Swanson.
Antes bien, nos interesa que dé a cada mujercita por ella interpretada el real valor de enigma, o transparencia, o candor, u odio o tonta alegría que el personaje posee.
De modo, pues, que al aparecérsenos en sus dos últimos estrenos en un aspecto muy distinto del habitual, hemos sentido la tierna satisfacción de que vuelve a reencontrar en un amigo uno de los rasgos primeros que nos llevaron a quererlo.
Influye también no poco en lo anterior el cambio de cara de la estrella aludida. Anotamos ya una vez respecto de Tomás Meighan el capricho fotogénico atribuido al señor De Mille, que se placería en enharinar totalmente la cara de sus actores. Ya no las medias tintas del rostro: ni siquiera las ojeras ni la sombra de las pestañas escapan a su blanco estuco. Bajo su implacable albayalde, los actores se transforman en muñecos ambulantes, mimos más o menos trágicos capaces tal vez de exageraciones trágicas del semblante, pero no de los matices, esbozos e insinuaciones de sentimientos —que es la verdadera función del cine como expresión.
En Algo en que pensar y en El instante supremo, las líneas y sombras del rostro de la estrella conservan todo su valor. Y como en vez de la esfinge de mil y una cintas nos ofrece dos buenas chicas que ríen, lloran y mueven la fisonomía como todas las chicas del mundo, puédese valorar el cambio sufrido.
El instante supremo posee como filme dos virtudes dignas de mención: su sostenido interés dramático con la base de una simple historia de amor, y su excelente dirección.
Todos sabemos cuál es nuestra fatiga ante la moda de última data en el film, donde la trascendencia filosófica es apenas menos cursi que sus leyendas con grandes mayúsculas: La Verdad, La Regeneración, El Intimo Problema.
Estas tres cosas y muchísimas más pueden hallarse, sin que las pregonen infladas y hueras leyendas, en cualquier historieta de amor un poco complicada, tal la que representa El instante supremo.
En dos cintas nacionales nos fueron ofrecidos una vez dos pobres muchachos de campo, ambos primitivos e incultos, de los cuales uno leía Hamlet, mientras el otro estaba preocupado por este problema que lo angustiaba: "¿Existe la Verdad?". También aquí la verdad poseía una tremenda mayúscula.
Pero la verdad y la belleza y demás galimatías recargados de gratuita intención existen naturalmente en una buena cinta cualquiera donde los personajes no saben filosofía, como toda la botánica se encuentra en un sencillo y mudo árbol.
De conformidad con esta verdadera y modesta existencia, Algo en que pensar, filme traspasado de filosofía en su plan y leyendas, vale muchísimo menos que El instante supremo, donde no hay más enseñanzas que las que proporcionan a dos amantes desgraciados un padre autoritario, un novio corto de genio, otro largo de millones, y una serpiente de cascabel.
El Caso de Bebé Daniels. —Solamente para hombres... No es esta vez título de cinta alguna. El "solo para hombres" se refiere aquí a la seducción de una actriz, tan singular, tan gratuita, tan honda, como no hay ejemplo de que haya así efluido de estrella alguna: Bebé Daniels.
No se sufre respecto de esta criatura encantamiento alguno ajeno a su persona. Ni arrastra la excelencia de su arte, ni la sugestión de la propaganda ha influido en la masculina predilección. Fue bañista de Mack Sennet en un principio; luego eficaz compañera de Harold Lloyd, hasta llegar a su actual categoría de estrella de segundo orden. No es tampoco una belleza esplendente. Pero en esta criatura se siente la mujer con una obstinación tal que no hay varón que pierda uno solo de sus pasos en la pantalla.
Gratuita, llamamos más arriba a la seducción que ejerce, y cabe explicarlo.
Bebé Daniels no tiene el género de belleza fatal, y si lo posee es a guisa de propia creación. No hay en sus gestos ni en sus ademanes ni en toda ella lo que podríamos llamar directamente provocador. No cultiva las desnudeces lentas y graduadas de Gloria Swanson, ni el trémulo extravío de manos de Lidia Borelli. Ejerce más bien de muchachita aturdida, enseña la espalda no más que cualquier colega de pantalla, y muestra predilección por sentarse sobre las piernas en los divanes.
Pero cuidado con esta muchacha de tez mate y ojos larguísimos. Donde una hija y una esposa no ven indiferentes más que una de las tantas chicas monas del cine, el esposo y el padre sienten la presencia inequívoca y fatal que no se discute, no se analiza y se absorbe entera por los ojos: de la mujer.
¿De qué emana esta seducción profunda de Bebé Daniels? De todo lo que es suyo, calidad o defecto: de su color moreno pálido, de su larga mandíbula, de su nariz acentuada, de su boca poco académica, y de los veintiún matices con que hace jugar cada una de las comisuras de los labios.
Cuidado, pues, con esta mujercita. Linda sin hermosura, buena actriz sin gran temperamento, amable sin provocación: nada tiene de notable. Pero sobre su cabello de ébano y su tez mate se asienta toda la maciza simpatía de los varones.
Por muchísimo menos, otras criaturas han sido condenadas al fuego eterno.
Esposas Imprudentes. —Desde un tiempo a esta parte, el estreno de las cintas de gran metraje viene a ser en verdad un acontecimiento pecuniario. La persona seducida o inquieta por la propaganda sostenida desde meses atrás debe pagar espléndidamente su butaca si quiere gozar de aquellas primicias. Si en verdad llega a gozar, poco le importan en suma los dos o tres pesos gastados en su deleite. Pero si en vez de gozar se aburre, pregúntase entonces alterado por qué singulares motivos se le exige un pago dos o tres veces mayor que el habitual para cansarse el alma y los ojos a tan alto precio.
Esposas imprudentes consta de quince largos actos —ni uno menos— y el desarrollo de su acción alcanza a una hora con veinticinco minutos. Vale decir, que siendo el cine el espectáculo artístico de mayor tensión, y por ello de mayor fatiga, el filme que nos ocupa equivale en el teatro a un melodrama de nueve o diez actos, y en el libro a una novela por entregas.
Y más aún. La novela por entregas equivaldría a la cinta por series, dividida en episodios por aquellos mismos motivos de tensión y fatiga. Por estos motivos Los tres mosqueteros en el filme desempeñaron perfectamente su función de folletín por entregas —sin contar con el interés episódico y global de la obra de Dumas.
El argumento, la presentación de los personajes y el desarrollo de Esposas imprudentes habrían cabido en cinco actos. Y hubiéramos tenido entonces un melodrama interesante e interpretado con gran corrección. En vez de esto, el film se diluye en quince actos interminables, rellenos de repeticiones y plagados de escenitas poco menos que iguales entre sí.
La más concluyente prueba de este cansancio inevitable en cintas de tal extensión nos la ofrece el protagonista, Eric von Stroheim. Este actor es el hombre cinematográfico por excelencia, y durante los tres primeros actos no hay en la sala atención suficiente para seguir su persona de delante, de atrás, de costado, de cualquier lado que se le observe. Pero un hombre no puede dar a cada instante nuevas impresiones, si las escenas y sus estados de alma no varían. Por mucho que sea el valer de Stroheim como intérprete, este llega a fatigarnos con los mismos aspectos de su alma y de su mímica durante quince eternos actos.
La obra tal vez tenga éxito; pero con seguridad no al precio exigido en su estreno. Las piezas de largo metraje y ambiente de lujo tienen siempre público. El acierto consiste en ofrecer barato un melodrama de casi dos horas.
