Este régimen de gobierno y no el estado de alma que lo creó, según anotaremos que lo crea, se halla en crisis. Vale la pena comentar ligeramente la filosofía de esta inquietud, bastante fuerte para convulsionar hasta en sus cimientos la civilización moderna.
Al desencadenarse la guerra mundial, parecía haberse distendido por fin el resorte que mantenía en intolerable tensión el destino de la humanidad. No se veía claramente, a mediados de 1914, qué destino era éste. Aparentemente, el progreso material, la aceleración creciente de la vida, la procura a toda costa de riquezas, constituían el presente y el fin de la civilización oficial de Occidente.
Con la conclusión de la guerra, la situación no cambió. El resorte, flojo un instante, se armó de nuevo. Y permanece aún tendido, bajo la presión de un tremendo descontento. La civilización occidental cree aún en sí, pero se ahoga.
Si la guerra pasada pudo haber tenido por causa ocasional cualquiera de las que se fraguan a uno y otro lado del Rin, nadie ignora que su causa real es la precipitación de todas las naciones sobre la misma presa —el poder—, y que fomentada con el nombre de nacionalismo dentro de las fronteras, toma el nombre genérico de civilización, cuando dichos apetitos corren atraillados sobre otro continente.
La finalidad de la vida transmutada en presa de lobos: esto y no otra cosa es lo que ha lanzado al Occidente al choque de 1914, y lo que volverá a lanzarlo indefectiblemente a nuevos tumultos, mientras se considere a las riquezas el más noble blasón de un pueblo, mientras se recurra a la violencia para aumentarlas, y se convierta a los hombres en lobos, para desearlas.
El Occidente no tiene cómo evitar una nueva guerra y todas las que sobrevendrán, porque está organizado sobre la guerra, porque sus fines de expansión llevan la guerra a donde va, y porque su ideal de triunfo no se puede obtener sino con la guerra.
No posee todo el Occidente una aspiración que pueda ser noble y frugalmente colmada. Todo él es hambre: más industria, más riqueza, más territorios. No se saciará nunca, porque otros lobos acechan también hambrientos con sus mismos apetitos, que a su vez piden con las fauces abiertas más territorios, más yacimientos, más poder.
Es en balde que de vez en cuando, y desde la cumbre misma de nuestra civilización, se alce una voz desesperada por un anhelo menos material: un nuevo ronquido de hambre, una nueva pata invasora lanzará una vez más al Occidente a otra guerra, porque su civilización necesita de la guerra para satisfacerse.
Durante un instante pudo creerse en la liberación de este bajo fetichismo, cuando el Occidente erigió sobre su moral un altar extraño.
"Combatimos por última vez, y lo hacemos contra la violencia y la opresión", se dijo. "Luchamos por la libertad de los pueblos y la fraternidad de los hombres".
Con estas palabras, con ellas solas, se enloqueció a millones de hombres, que creyeron en esas palabras. Con sólo ellas se les embriagó de heroísmo, se les hizo correr, asaltar, morir.
La buena fe de estas promesas la vemos en cualquier conferencia sobre el desarme. Y si aquellos hombres, llamados un día a dar cuenta de la vida de sus semejantes, no podrán ofrecer en holocausto sino a tales palabras, ignoramos qué destino aguarda a los que, para extender el límite de sus industrias, no vacilaron en arrojar como cebo a millones de hombres un guiñapo de ideal, para precipitarlos a una atroz hecatombe.
Libertad, igualdad, fraternidad... Fue sólo un instante de esperanza; y el Occidente vuelve, con más fuerza, a adorar su sangriento becerro de oro.
Las oraciones persisten, sin embargo, y a cada instante oímos palabras como estas:
"Los pueblos no se acercan porque no se conocen" ... "Si el pueblo francés y el alemán se comprendieran, se habría evitado para siempre las guerras".
No; los pueblos se comprenden, porque el trabajo, el amor y la fe alientan por igual en los hombres que se sonríen de cerca, o se estrechan la mano a través de dos mil leguas. Alejados dos mil leguas de sus Estados, los españoles y los noruegos, los ingleses y los rusos, los franceses y los italianos, son libres de amar, porque también su corazón está en libertad. Nada separa a los pueblos, sino el Estado. Y para conseguirlo, recurre a dos violencias: la exasperación de su apetito y el ejército.
El Estado erigido en director de la humanidad: tal es la característica de la civilización oficial de Occidente.
En las masas oscuras, sin embargo, el individuo despojado prosigue su tarea intelectual, sordo a toda convulsión de pabellones. Es él quien sostuvo el viejo ideal humano con el nombre de Mozart, de Beethoven, de Goethe, cuando a los políticos de la Europa Central parecía imposible que nadie pudiera vivir con otro pensamiento que el del porvenir nebuloso de dichos Estados. Él, a resguardo de la agitación de arriba, persevera en su labor certera y fecunda, y salva el destino de la humanidad.
"Ha muerto", nos gritan de todas partes. "No importa en qué nación, se muestra ella impotente para resolver las crisis de la postguerra. La incertidumbre, la incapacidad de los Estados por ella regidos demuestran su fracaso total como sistema de gobierno".
Hubo un momento en la historia en que el individuo, multiplicado en mil cabezas, levantó sobre un mundo que comenzaba las tres sacras palabras de un pabellón tricolor. Hoy, no hay voces bastantes para prevenirnos contra la democracia.
¿Qué, entonces? El imperio despótico, con el parco nombre de dictadura militar.
¡Ah, no! La angustia económica y moral que nos ha legado la guerra no es imputable a determinado régimen político. La incapacidad de reacción de las naciones está en razón directa de sus penalidades sufridas con la guerra. Por ello vemos a Francia, democrática, ahogada de penurias, y a la Unión Norteamericana, democrática, lustrosa de salud.
El traspaso de un régimen a otro, en estos momentos, nada prueba, si no es la desesperada ansiedad de hallar en los que no tenemos, cura a nuestros males. Para salvarnos del naufragio nos arrojamos al fuego.
El error es más hondo todavía. El gobierno democrático podrá o no ser mejor que otro cualquiera; pero, entretanto, él es el único que nos da esperanzas, pues posee lo que no tiene ningún otro: un corazón.
Porque la democracia, mucho más que un derecho a gobernar, es un estado de la conciencia. La libertad, la igualdad, la fraternidad son virtudes que no están al alcance de gobierno alguno. Pero pueden, como un constante ideal, alentar en el alma de los individuos. Y es a este estado de alma a lo que se llama democracia.
A los jóvenes, pues, a los estudiantes, el deber de sostener como un fuego sagrado esta llamarada de ideal, sin la cual la vida del hombre no tiene valor alguno. No importa que para nosotros, hombres de corazón demasiado maduro o seco, la guerra sea una realidad sangrienta y la paz una utopía infantil. Ellos, los jóvenes, podrán realizarla un día. Y si no la realizan, la ansiarán eternamente —eternamente— que es lo que importa.
