La Sonrisa

Horacio Quiroga


Artículo


Sin excepción, todas las mujeres saben sonreír. Muchas lo hacen muy bien. Otras lo hacen mal y sin gracia; pero lo hacen. Y esto pasa así, porque esta virtud del término medio —tal la sonrisa—, de la esperanza a medias, de la concesión a medias, del perdón a medias, es eminentemente femenina.

Los hombres, en cambio, ríen con toda la boca si hallan motivos para estar alegres, y dicen terribles groserías cuando están enojados. Tal es su casta.

Y esto proviene de que siendo gente de ataque y no de defensa, se dejan ir a fondo. Prometen demasiado, y conceden también demasiado. Lo que hace que ambos sexos anden tropezando desde el caso Eva-Paraíso, y hasta su triste vejez. Porque entonces uno llora todo lo que rió al principio, y el otro ríe con el cigarro en la boca cuanto en el comienzo le fue preciso lloriquear.

El hombre —el varón, digamos— no sabe sonreír. La sonrisa es en él una cuestión intelectual, un signo externo de su cultura. Cuanto más frecuentes han sido sus escapatorias a través de los juicios y de los prejuicios, mayor finura adquiere su sonrisa.

Sonrisa fina: he aquí una cualidad de sonrisa exclusivamente masculina. La sonrisa de la mujer puede ser amable, graciosa, seductora, insinuante, cualquier cosa. Cualquiera que sea su carácter, ella es siempre una virtud del sexo mismo, que no tiene sino una finalidad y una manifestación: tornar más seductor el rostro que la ha bosquejado.

En el hombre, no. En él la sonrisa es una cosa de adentro, cuya finura creciente, hasta diluirse en una imperceptible luz de la pupila, va marcando la profundidad mental del sujeto.

¿Ha supuesto nadie una fina sonrisa en un querandí o en un campesino de la Galitzia?

Tampoco en la mujer, porque dichosamente para ella —y para nosotros— la hermosa criatura de diecisiete años que sonríe, no ha menester de otra cosa para valer en este bajo mundo, ella, lo que la Suprema Intelectualidad de cualquier cantidad de hombres.

Y si el hombre no sabe sonreír, es sencillamente porque su naturaleza no está hecha para ello. Cuando lo aprende, es porque su cerebro ha sonreído ya de una porción de cosas. De aquí que sonrisa e ironía sean flor y fruto del mismo árbol, y por idéntico motivo la sonrisa de un hombre de cabeza nevada que todo lo perdona porque todo lo comprende, tiene una finura que merece gran cariño y respeto.

Dios nos libre, sin embargo, de ser nosotros el motivo de su sonrisa.

Pero hay a todo lo apuntado una excepción, una sola, en la cual todo hombre —aún el campesino de la Galitzia— sabe sonreír. Este fenómeno se verifica cuando el hombre y la mujer, ambos jóvenes, están uno al lado del otro mirándose a una distancia que en el 99% de los casos no debe exceder de veinte centímetros: y el mundo exterior se ha retirado a distancias planetarias, y no queda del vasto mundo pululante sino dos seres que desde hace un minuto se están mirando mudos y sonriendo.

Pero esta clase de sonrisas nada tienen que ver con nuestro asunto.


Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.
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