La Tierra Purpúrea

Horacio Quiroga


Artículo, Crítica


La novela cuyo título encabeza estas líneas ofrece, bastante detallado y abarcando cuatro o cinco zonas del Uruguay, un cuadro de las costumbres guerreras que hacia 1870 imperaban en aquella república, o, como dice su autor, en la Banda Oriental.

El título de la obra se refiere, en efecto, al vaho de sangre que, a decir del protagonista de la novela, hervía sobre aquella fértil tierra en los ya remotos días en que la obra fue escrita.

"Yo me pregunto, sin embargo —dice el mismo protagonista— si la libertad sin freno, la energía vital y la barbarie de aquellos hombres no representaban un más alto grado de humanidad bien entendida que la rigidez de ciertas instituciones apocadas y chatas. Y me pregunto también si en una tierra donde rugen los apetitos y se cometen crímenes por ellos, no existe más libertad honrosa que en la civilización sin crímenes y sin libertad de los incas."

Pero no son estas curiosas consideraciones el aspecto más interesante de la magnífica novela. Es su autor el propio William Henry Hudson, quien va a ocuparnos con más atención.

Hudson nació en la Argentina y permaneció aquí hasta los veinte o veintidós años. Esto es lo único cierto respecto de su permanencia en su tierra natal. Desde este momento, y hasta pasados veinte años más, nada concreto se sabe sobre él. Por la extensión de sus conocimientos en la historia natural del país y de las costumbres de su tierra y las del país vecino, se supone que recorrió ampliamente las dos repúblicas.

En 1874 se encuentra en Inglaterra, y tiene lugar con ello uno de los más curiosos casos que registra la historia del mundo intelectual.

Su crítico y biógrafo Garnett lo anota detalladamente. Después de veinticinco o más años de permanencia en aquel reino, durante los cuales Hudson no ha dejado de escribir —"La Tierra Purpúrea", entre varios otros libros,— el ilustre naturalista y escritor se encuentra en la más negra estrechez. Sus amigos, conocedores de esta situación, de la que el sabio jamás se queja, intervienen ante el gobierno británico para que se conceda a Hudson una pensión literaria. Las gestiones del caso, encaminadas, fracasan de pronto ante un obstáculo: Hudson no es inglés, como se creía y esperaba, sino argentino. La generosidad del gobierno británico, naturalmente, se detiene ante ese insalvable escollo.

El naturalista y escritor, ya con sesenta años de áspera vida, pobre, casi miserable, si hemos de creer a sus biógrafos, enfermo probablemente, resiste a la insistencia de sus amigos. Ha escrito toda su vida en inglés; su ciencia, su literatura, son inglesas. Ha dado a Inglaterra cuanto puede observar en cuarenta y tantos años de vida libre un sabio y escritor de alto vuelo; pero ha nacido argentino, ama a su país natal, y morirá como es.

—¡Ah! —hubiera exclamado él mismo—. Es grato morir lanceado por los indios del Azul o por los blancos o colorados de las márgenes del Yi; ¡pero es duro morir de hambre en pleno Londres!

Hudson cierra los ojos; adquiere carta de ciudadanía inglesa, y el gobierno británico le concede una pensión de ciento cincuenta libras esterlinas por año.

Esto pasa en 1901. Desde este momento —en compensación, sin duda, de su cáliz de amargura— sus libros comienzan a venderse. Pero ¿qué rentas pingües, qué satisfacciones de ropa abrigada y paseos al sol invernal para un hombre de ya setenta años supone este comenzar de renta literaria?

Sus biógrafos no lo dicen, pero nos confían sus sueños dorados: renunciar a la pensión británica, para vivir exclusivamente de sus libros argentinos.

Llega un instante, en los últimos años de su vida, en que cree poder independizarse; pero un amigo lo disuade: ¡tan poco se venden sus libros y tan dura es la vida para un octogenario que pretende todavía vivir de sus ilusiones!

Hudson cierra de nuevo los ojos y renuncia a la pensión. ¿Cómo vivirá en adelante? Lo ignoramos. Pero algo más grande que sus penurias debía alentar al gran hombre, cuando en el prólogo de su libro "Pájaros del Río de la Plata" aparecido en 1920, exclama, refiriéndose a una carta de su hermano argentino, que muchos años atrás lo llamaba desde aquí, diciéndole: "¡Vuélvete a tu patria!"

—Leí esa carta —dice— con el corazón lleno de angustia, sintiendo que mi hermano tenía razón. Pero el pedido me llegaba demasiado tarde... Hoy, después de tantos años, me vuelve de nuevo esa angustia; y cuando pienso en aquella tierra tan abundante en pájaros, en aquellos montes frondosos y frescos pastos, donde tanto pude haber hecho, no puedo menos de pensar que, después de todo, tal vez escogí mal entre los dos caminos que se me ofrecían entonces...

¡Pobre gran Hudson! Hace apenas tres años Inglaterra ha levantado una estatua a su memoria. Dió a su patria de adopción lo mejor que tenía. Sólo su corazón quedó en su tierra natal.


Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.
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